Nombre: Castro Valeriano Jhosselyn Andreina
Bajo las faldas del majestuoso cerro del cantón Montecristi, yace la tranquila, relajada y hermosa comuna integrada por sus cálidos habitantes. El gigante amarillo los saludó con unos pequeños y tibios rayos para que ellos puedan absorber de las vitaminas que contienen, el vaivén de personas y carros es constante, cada uno dirigidos a sus propios destinos para comenzar su día como de costumbre.
En el centro del corazón de esta comuna se encuentra su hermosura iglesia donde las personas profesan su fe y esperanza, al cruzar su calle principal se encuentra el parque. A un costado se escucha un peculiar sonido familiar, un hombre en su mano derecha sostenía un machete y a la izquierda un metal gris, los utilizaba de tal manera que estos dos objetos chocaban varias veces con la intención que el machete agarrara filo para su tarea. Al terminar con esta tarea Alberto Gómez se dirige al interior de su patio, al fondo se encontraban unas casas y una montaña de carbón que tal vez servían para su venta, en el también estaban unos alambres cruzados que servían como tendederos para colgar ropa recién lavada, pero a la entrada estaba un tubo de metal, en él estaba colgado por una cuerda verde la parte inferior de un cerdo que antes que cantara el gallo había sido ejecutado por Alberto. Con mucho cuidado comenzó a machetear sin cesar el centro del animal hasta partirlo por la mitad para llevarse una de las piernas hasta una carpa azul que se encontraba en la mitad de la vereda y una lámina gris, pegada a ella dos tubos desgastados que sostenían unos ganchos para sostener carne, en la mesa estaban unos materiales que Alberto siempre usa para su labor como: balanza, cuchillos y fundas plásticos.
Las deliciosas costillas y lomo de cerdo estaban atravesados por los ganchos a la intemperie listas para ser llevados por los consumidores a sus hogares,
-A vender señor Alberto- vociferó una señora ya mayor varias veces a Gómez quien había salido por unas cosas a su casa.
-Buenos días mi estimado ¿Qué se le ofrece? ¿Qué va llevar? – interrogó Gómez a Daniel Piloso que llegaba a hacer unas compras.
–Deme dos libras de carne y dos libras de pata de cerdo, véndame bien esa carne y que tenga mucha grasa-, pidió Piloso, mientras esperaba por su compra.
– ¿Y si compras cuero para la noche? –
-no, mejor compro unos huevos y ya- murmuraban Cecilia Mendoza y María Gonzales unas señoras mientras pasaban por el local con unas fundas.
En una esquina estaba parqueado un carro de cajón, – Lleve veinte naranjas por un dólar, jugosa la naranja- clamó Carlos Enrique Luzardo de setenta y tres años de edad, caminando de un lado a otro mientras sacudía un trapo. Luzardo lleva cargando en su espalda veinte años de labor, dedicándose a la venta de las coloridas naranjas, mandarinas, limones y plátanos, cuando estas delicias se escasean su mente cae en la penumbra de no saber qué hacer para llevar a su familia el pan de cada día, como un ave que le lleva lombrices a sus pichones recién nacidos.
Pensando en que hacer se le vine a la mente su familia, “mis hijos y mi mujer son el faro en medio de la tormenta, ellos me dan las fuerzas que necesito cuanto siento que ya no doy más”, aseveró Luzardo, por ellos tiene que conseguir trabajo de lo que sea para subsistir en este plano terrenal. “Si es de trabajar de sol a sol o cargando ladrillo de un lado a otro, hay que hacerlo”, añadió Carlos Enrique.
Recostada sobre el filo de una mesa, Carlota Acosta observaba la calle sin color, los sesenta y ochos años han pasado por ella, una mujer de edad avanzada y llena de sabiduría a quien le toca estar desde las ocho de la mañana hasta las doce del mediodía, vendiendo deliciosos ceviches preparados con sus propias manos. Tiene más de diez años en esto y ha tenido que atravesar muchos obstáculos, pero el más duro ha sido la pandemia del covid 19, le dio un duro golpe a su economía, “me tocaba cuidar cada centavo, mi familia ya no se podía dar un gusto porque eso desbalanceaba la economía”, confesó Acosta, mirando al horizonte mientras recordaba esos momentos de angustia que todo el mundo vivió.
-Mi seño, sírvame un ceviche de dos dólares, con vaso de jugo de naranja por favor- pidió una persona de gorra roja en tanto tomaba asiento para deleitarse con el sabroso plato preparado por la señora Carlota.
En una esquina se encontraba un señor mayor pelando una mandarina, su cabellera era de unos tonos grises y negros. Carlos Edmundo Delgado lleva mirando veinticinco años viviendo en este lugar, esta tierra que ha visto nacer y crecer a sus hijos, ha sido una zona tranquila como un lago en calma. “Mi hija ya está a punto de graduarse de la universidad y estoy tan orgulloso de ella”, asevero Delgado, feliz como una lombriz.
Él es oriundo del campo, toda su vida se ha dedicado al monte y al machete que está orgulloso de donde son sus raíces. Cuando llegó a vivir a este lugar, las calles no estaban asfaltadas y poco a poco se ha construido una vía transitable para que el comercio se pueda mover con la debida seguridad que requieren las personas, pero no todo no es color de rosa para Delgado, como toda persona ha tenido que sufrir por salir adelante, es un comerciante que depende de lo que produce la tierra y cuando las verduras están escasas los proveedores les toca subir el precio , él también tiene que hacerlo y es lo que no entienden las personas que hasta enojados se ponen, cuando no hay estos productos nos toca traerlos de un país vecino y eso también conlleva un gasto adicional, “yo he sido también chofer profesional y comprendo que al tener un vehículo hay que darle mantenimiento para los viajes largos, se unió el incremento de la gasolina lo que provoca los altos costos”, confesó Delgado.
En la comuna Los Bajo del Pechiche se está presenciando una evolución de comercio desde los más superficial hasta los aspectos más esenciales, la conexión entre los comerciantes y clientes ha llevado a la formación de relaciones duraderas, marcadas por la confianza y el compromiso del pueblo. Aunque no tengan un mercado propio, las personas han tenido que invadir espacios tanto en la calle como en parques.





