Por Keyla Mendieta.
Tarqui, el corazón comercial de Manta, aún late con fuerza, aunque sus calles cuenten una historia de dolor, resistencia y transformación. El terremoto del 16 de abril de 2016 marcó un antes y un después, pero los desafíos actuales van más allá de aquella tragedia. Hoy, Tarqui enfrenta problemas de abandono, inseguridad, falta de ventas y deterioro urbano, pero también muestra señales de esperanza y resiliencia. Hoy, Tarqui lucha contra el abandono, la inseguridad, la falta de ventas y el deterioro urbano. Sus calles, que alguna vez estuvieron llenas de vida y comercio, muestran ahora el paso del tiempo y la falta de atención. A pesar de ello, el barrio se niega a desaparecer; su gente sigue resistiendo, esperando que la regeneración prometida se convierta en una realidad tangible.
Las calles de Tarqui, especialmente en la zona alta de los módulos comerciales, están deterioradas. Huecos, falta de señalización y problemas de alcantarillado han alejado a los clientes. “Aquí no se vende nada. A veces pasan, miran, pero no compran”, expresó José García. Su testimonio refleja el sentir de muchos, quienes día tras día abren sus locales con la esperanza de que las ventas mejoren, aunque el panorama siga siendo incierto.

Más de 100 locales han cerrado por la falta de ventas. “A veces no saco ni para la comida. Trabajamos a pérdida”, comentó Luis López, quien solo abre su local una o dos veces por semana. Aunque el proyecto de alcantarillado en Tarqui no registra avances, hay sectores donde esta situación afecta más, especialmente a las personas que viven cerca del monumento de Tarqui, donde vecinos y comerciantes denuncian un olor insoportable que perjudica la vida diaria y la actividad comercial. La crisis económica y el abandono urbano han convertido a Tarqui en un reflejo de la desigualdad y la falta de gestión pública.
En esa zona, las descargas de aguas servidas han generado focos de contaminación. El sistema actual no tiene la capacidad suficiente para evacuar correctamente las aguas residuales, lo que provoca que estas se acumulen y generen olores fétidos, especialmente en días de calor o lluvia. “No se puede ni caminar cerca del monumento. El olor es tan fuerte que los clientes se van antes de entrar al local”, afirmó Pedro Moreira, comerciante del sector.

Tarqui no es solo comercio. Es historia, identidad, cultura y una tradición pesquera y comercial. El sector busca regenerarse; sin embargo, los habitantes sienten que las obras prometidas no se han cumplido. “La plaza no cumple con las expectativas. Se recortó el presupuesto y se destinó a otros fines”, expresó Miriam Cedeño.
Pero la cultura no puede florecer entre calles rotas. La avenida 105, por ejemplo, ha sido descrita por los vecinos como “piscinas de camaronera” por los huecos llenos de agua. En la zona alta de los módulos comerciales, la mayoría de los locales han cerrado por la falta de ventas y accesibilidad. A pesar de todo, Tarqui no ha perdido su esencia, los comerciantes, pescadores y vecinos siguen luchando por mantener viva la memoria de su barrio. En cada conversación, se escucha el anhelo de un futuro mejor, donde las calles vuelvan a llenarse de gente, los locales de clientes y el aire de esperanza. Tarqui sigue en pie, esperando que su historia de lucha inspire la verdadera reconstrucción que tanto merece.







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