Por: Keyla Mendieta
En San Juan de Manta, el polvo no solo cubre las calles, también apaga la ilusión de su gente. Las promesas de asfaltado se han convertido en ecos lejanos, mientras los caminos se desvanecen entre baches y tierra suelta. Lo que debería de ser un cambio hermoso para el barrio se ha vuelto un camino de rabia y olvido. Las calles, como heridas abiertas, claman por un poco de pavimento.
El proyecto de regeneración vial anunciado por las autoridades locales ha dejado más dudas que soluciones. Aunque se evidencian tramos asfaltados en las avenidas principales, las calles interiores de San José, San Ramón, Santa Marianita y Valle Claro siguen siendo un laberinto de huecos, piedras y charcos.
Los vecinos sienten una indignación que les oprime el pecho al saber que el progreso solo ha tocado la puerta de un grupo selecto, mientras la gran mayoría queda atrapada en una rutina diaria de incomodidad, peligro y el constante riesgo para la seguridad personal y la de sus vehículos.
“Nos juraron que iban a arreglar hasta el último rincón, pero las máquinas solo pasaron por el centro. Las calles donde vivimos nosotros, los que hemos estado aquí desde siempre, siguen exactamente igual o incluso peor”, cuenta con tristeza Arturo Salvador, residente de San Juan. Relata con impotencia cómo su entorno se enferma al ver que su calle se ha transformado en una nube constante y sofocante de polvo fino que se cuela por todas las rendijas, invadiendo cada rincón de su hogar y afectando la salud de su familia de forma directa.
Se pudo constatar que las calles de Santa Marianita presentan condiciones alarmantes, donde el asfalto brilla por su total ausencia. Los moradores, en un acto desesperado, han tenido que improvisar, rellenando algunos caminos con escombros viejos, tablas y tierra.
Jorge Vera, un comerciante que ha trabajado toda su vida en la zona, advierte con preocupación que el mal estado de las vías ha golpeado directamente a su negocio. “Los clientes han dejado de venir; me dicen, con toda la razón, que sus carros no suben por el abundante polvo y tierra. El asfalto que nos prometieron en muchas ocasiones nunca llegó a esta esquina”, relata con las manos en la cintura y con una voz cargada de decepción que se siente a flor de piel. Los moradores han llegado a la dura conclusión de que el asfaltado ha sido selectivo.

“Solo se dan prisa por asfaltar en los lugares donde hay cámaras de seguridad o donde vive gente con apellido reconocido. Cuando lo único que queremos es que por fin nos noten y se acuerden de que existimos”, denuncia abiertamente Rosa Cedeño, madre de familia. Ella cuenta que se ha tomado la tarea de documentar cuidadosamente con fotos y videos la situación de su calle, manteniendo la esperanza de que alguien pueda ayudarlos a mejorar su realidad.
Rosa describe con desgarro cómo los niños, al salir de sus casas, tienen que caminar por el medio de la vía, pues no existen veredas seguras ni señalización alguna, quedando expuestos al peligro de un accidente.
La acumulación de basura es otro problema grave derivado directamente del mal estado vial. Los recolectores solo pasan dos veces por semana, y en algunos casos una sola vez, lo que provoca la formación de focos de contaminación. “Tenemos que lidiar también con la aparición constante de ratas, gallinazos, moscas y otros animales que invaden todo. Esto no es un estilo de vida”, advierte Jorge, señalando la basura.

La indignación crece al ver que otros barrios vecinos a San Juan han recibido obras completas y funcionales. “Nos preguntamos constantemente si existe algún favoritismo o trato preferencial”, cuestiona Arturo. La desigualdad en la ejecución de las obras públicas es una herida abierta que divide y fractura a la ciudad.






