Por Stefano Alvarez.
Entre ecos de un pasado nostálgico, se encuentra el sector Tarqui, ubicado en la ciudad de Manta. Hoy, sus muros aún conservan los colores del recuerdo. El bullicio de los mercados, los aromas de la comida costeña, el sonido de los vendedores, los niños corriendo por los pasillos del malecón y las familias reunidas frente al mar.

Tarqui fue, durante décadas, el motor económico y cultural de Manta. Sin embargo, tras el terremoto del 16 de Abril de 2016, su principal crisis social, quedó como un eco persistente de lo que alguna vez fue. Un sitio vibrante y lleno de esperanza.
A pesar del paso del tiempo y de las adversidades, la esencia del barrio sigue viva en sus habitantes. Una sola labor comunitaria entre vecinos refleja el cariño que sienten por este sector que tanto les dio. La presidenta de la junta cívica de Tarqui, Margarita García, comentó la situación actual y los planes en desarrollo para reactivar el sector.
“Nos hemos reunido con estudiantes de instituciones como Fe y Alegría, Leonid Aviad, San José, María Auxiliadora, Séneca y del mismo colegio conmemorativo del sector, el fiscomisional Tarqui, en conjunto con el grupo ManArte. Creemos firmemente que la educación, la cultura y el arte son lazos que nos unen. Esta unión nos permite llegar a la ciudadanía”, manifestó García con una sonrisa cansada, pero llena de convicción.

Sus palabras resumen el espíritu que aún habita en Tarqui: el deseo ferviente de renacer como comunidad. No se trata solo de reconstruir estructuras físicas, sino de rescatar la esencia emocional de un espacio que fue considerado el corazón de Manta. Las actividades comunitarias, como los murales artísticos, los encuentros estudiantiles y las ferias culturales, buscan revivir ese brillo perdido. El camino es lento. La resiliencia, constante, pero llena de obstáculos.
Geomar Cárdenas, analista de procesos documentales en el GAD Manta, explica que Tarqui es un sector lleno de historias y con una población muy talentosa. “El 9 de octubre de 2024 se oficializaron los símbolos parroquiales. Se contaba con la presencia no oficial del escudo y del himno, pero faltaba la designación de la bandera. Se realizó un concurso donde ganó una joven del sector, y gracias a ello logramos oficializar todos los símbolos patrios”.
El acta de oficialización no fue un protocolo institucional por mera formalidad, para muchos. Fue un gesto de reivindicación.

Ver la bandera flameando sobre el barrio no solo representa a la parroquia, sino también la resistencia de su gente, negándose a rendirse ante el abandono constante y la aparente indiferencia. Sin embargo, entre los esfuerzos visibles y las ceremonias oficiales, se asoma un sentimiento de inconformidad. Una sensación colectiva de promesas que, hasta el día de hoy, no terminan de cumplirse.
En medio de la aparente calma, hay voces que prefieren mantenerse en el anonimato por temor. Se desprende una disconformidad inmensa: a pesar de los esfuerzos, nada parece suficiente. Un testigo, contactado por el equipo de Click Digital, se negó a proporcionar su testimonio, no quiso registrarse ni revelar su rostro por razones de seguridad, pero declaró que no se está llevando a cabo ninguna acción concreta para mejorar la reactivación del sector mediante la cultura y el arte.
“Nos tienen abandonados. Las autoridades no hacen nada y eso suele dar paso a otras consecuencias fuera de nuestro control”, denunció con angustia.
Aun así, en medio de la desolación, surgen chispas de luz. Algunos jóvenes del sector han formado pequeños colectivos de arte urbano que buscan embellecer los espacios olvidados mediante murales coloridos que narran la historia de la parroquia. Otros se han unido en grupos musicales o teatrales que rescatan tradiciones mantenses, presentándose en escuelas o parques improvisados. Cada acción, por pequeña que parezca, se convierte en un acto de resistencia cultural.
Tarqui no solo enfrenta el desafío de una reconstrucción material. También afronta el reto de reconstruir su tejido emocional y social. Esto refleja la resiliencia y determinación del ser humano frente a adversidades que escapan de su control, como los desastres naturales y la creciente delincuencia.
“Tarqui fue el corazón de Manta y volverá a serlo”, dijo Margarita García con esperanza. Sus palabras no solo expresan un anhelo, sino una declaración de fe. La fe en que la unión, la cultura, el arte y la educación pueden reconstruir lo que los desastres y la indiferencia destruyeron.
Entre los escombros de la desilusión, aún brotan las raíces de la resistencia, porque con un pasado tan glorioso y un presente tan desafiante, Tarqui refleja a un país que lucha día a día por no olvidar quién es.
Más allá de las cifras, las reuniones y los discursos, lo que realmente define al sector son las personas que siguen creyendo. Aquellos que, pese a la inseguridad, la falta de recursos y el abandono, continúan apostando por la cultura, la educación y la esperanza de que, algún día, el eco del pasado se transforme nuevamente en un canto de vida.
Porque Tarqui no está muerto. Solo está esperando volver a despertar.





