Por Sashenka Lozano
Tarqui, aquella parroquia que alguna vez fue el corazón comercial de Manta, hoy sigue batallando por conservar su energía. Fue la zona cero del terremoto del 16 de abril de 2016, el epicentro de la adversidad y la esperanza. Si antes era un río de gente, hoy es un mar que, pese a las olas de la tragedia y la inseguridad que lo golpean, se mantiene a flote.
Andar por Tarqui es observar heridas abiertas. El asfalto agrietado es visible en algunas calles, como si la Tierra aún temblara con el recuerdo de ese día. Los negocios, muchos de ellos levantados con sudor y lágrimas, exhiben la determinación de quienes lucharon por seguir adelante.
En la avenida 109, un anuncio desgastado muestra la “Clínica del Calzado El Nica”, propiedad del señor Jorge, un maestro zapatero con décadas de experiencia. “Lo más duro fue cerrar el negocio y sentir que todo se tambaleaba… era como ver caer mi propio mundo”, relató mientras lustraba con esmero un par de tacones femeninos. Afirmó que en aquel entonces “se transformó en un campo de batalla”, donde la ansiedad y el polvo lo evaluaban todo. No obstante, puntualizó que, a medida que pasaba el tiempo, pudo superar los obstáculos gracias a su fe y a la confianza de sus clientes. Hoy asegura que sus ventas mantienen un ritmo sostenido, con la firmeza de quien sabe lo que hace.

Un par de calles más adelante, en la intersección de la calle 102 y la avenida 4 de noviembre, Pedro Moreira, dueño del “Almacén Pedrito”, afirmó mientras limpiaba hélices de un ventilador: “El terremoto fue un desastre total, pero la pandemia… eso estuvo cerca de matarme”. Él contó que estuvo ingresado en el hospital más de 20 días, sujeto a un tanque de oxígeno. “Cuando volví a respirar sin ayuda, sentí un nuevo comienzo”, confesó. Su emprendimiento, dedicado a la reparación de licuadoras y ventiladores, resurgió progresivamente. “No podía tirar la toalla, mis manos deseaban trabajar”, recalcó con convicción. Hoy, mientras disfrutaba de un crucigrama, admitió que el trabajo se ha convertido en su mejor antídoto contra el miedo y la nostalgia.
Por su parte, Miriam, de 53 años, describió su vida con la paz de quien ha sanado sus heridas. En su taller de confección, entre tejidos y costuras, puntualizó que “la inseguridad es una fuente de preocupación continua”. “Los tiempos han cambiado, ahora vivimos con temor”, lamentó, al ajustar una prenda azul sobre la máquina. Con la voz temblorosa, recordó a un cliente joven que solía usarla: un docente asesinado hace poco. “Yo iba a hacer su traje de bodas… pero eso nunca se concretó”, expresó con tristeza.
La costurera aseveró que el gobierno “ha decepcionado a la ciudadanía y ha sido incapaz de controlar la violencia”. “Nos duele ver como está el país, como está Manta… como está Tarqui”, subrayó. A pesar de eso, enfatizó que se siente afortunada por su vida y por su empleo.







Muy buena información
Muy bien.