Por Leandro Rivera
Aquel recuerdo de un Tarqui limpio y ordenado aún viven en las memorias de sus moradores y comerciantes. La parroquia lucha por mantenerse en pie tras el abandono y los desagradables olores que invaden sus calles. Tras esa realidad se ocultan años de descuidos y promesas incumplidas. Era un lugar donde el esfuerzo y la dignidad definían la identidad de la comunidad.
A las nueve de la mañana caminábamos por la Calle 101 y Avenida 108 en busca de respuestas, un rincón de Manta muy reconocido por sus comercios y negocios, pero ahora se ha convertido en un lugar lleno de nostalgia y resistencia. El olor de las calles estaba cargado de humedad, con algo que no dejaba respirar bien, las rejillas oxidadas del alcantarillado.

El primer testimonio llegó desde una pequeña zapatería, José, un hombre con una voz de confianza y serenidad, mientras ilustraba sus zapatos con delicadeza y calma, alguien que ya ha aprendido a convivir con el tiempo. Describió que el fétido olor no se comparaba con el de antes. “Hace años era más insoportable que ahora, uno no podía ni comer a gusto”, recordó. Aun así, el problema no había desaparecido del todo. “Ahora es menos, pero sabemos que el municipio no va a actuar. Ellos prometen, pero nada ha cambiado, todo sigue igual.
A pocos pasos, entre ventiladores apilados y cables colgantes, Pedro Moreira contaba su versión. Su voz, con angustia, miedo y cansancio, revelaba más

que sus palabras. Afirmó que el hedor varía según su clima. “Cuando sube la marea, la peste se siente más fuerte, cuando baja, parece que el aire se limpia un poco”. Mientras hablaba, recordaba cómo ha visto esa situación durante años, sin que nadie arregle ese problema. “Esto viene desde hace muchos años. Uno se acostumbra, pero eso no quiere decir que todo esté bien”, enfatizó con frustración.
Más adelante, entre paredes descascaradas y negocios que resisten durante el pasar del tiempo, Miriam Cedeño barría la entrada de su local de costurería. Al preguntarle si sentía diferencia entre el olor de antes y de ahora, negó con la cabeza. “Es lo mismo. La peste sigue siendo igual de desagradable”,

comentó. Su deseo es simple, que el municipio hiciera algo, que las calles tengan un aroma diferente, que el barrio donde nació y se crio, sea un lugar limpio y agradable. “Uno solo quiere vivir todos los días, sin ese aire contaminado”, recordó cómo eran las calles de antes.
La presidenta de la zona, Margarita García, comentó que, tras el terremoto, varios moradores han dejado desolado el sector Tarqui. Esta situación ha dejado calles más vacías, lo que genera sensación de inseguridad en quienes trabajan y pertenecen a esa zona. Ante este escenario, la presidenta prometió. “Vamos a realizar un nuevo censo para determinar con precisión cuántas personas residen actualmente

en Tarqui y cuál es el promedio de residentes por hogar”.
Tarqui fue durante décadas el centro del corazón económico de Manta, pero el terremoto del 2016 y el paso de los años dejaron heridos y malos recuerdos. Desde ese entonces, el sistema de alcantarillado no se ha recuperado por completo. Las tuberías dañadas, las conexiones improvisadas y la falta de mantenimiento provocan que el vapor nauseabundo se filtre en las calles, mezclándose con el aire marino y creando esa fetidez que ya forma parte del ambiente.
Los moradores, vendedores y vecinos de la zona aseguran que los reclamos al municipio se vuelven invisibles. Algunos técnicos han prometido obras, otros anuncian planes de renovación, pero los resultados siguen siendo iguales. Según la empresa pública de agua potable y alcantarillado de Manta, las labores de rehabilitación en la parroquia Tarqui registran un avance del 80%, aunque las personas del barrio dicen no haber sentido alguna mejora.

También frente al monumento del Pescador, símbolo de identidad tarqueña. Decenas de gatos callejeros merodean entre muros y descansan en piedras calientes, ajenos a la pestilencia que emana el desagüe cercano. Algunos vecinos de la parroquia les dan alimentos, otros solo observan pasar. Entre los maullidos y aire contaminado que flota en el ambiente, el monumento parece mirar en silencio un futuro, una realidad, un tiempo que ni el viento logra disipar.
El ambiente cargado no solo molesta, también enferma. En días de calor, los vapores y gases que emerge del alcantarillado provocan

dolores de cabeza, náuseas y fastidio. Algunos padres evitan que sus hijos jueguen fuera por miedo a infecciones. Las lluvias agravan la situación, el agua estancada se mezcla con la basura y desechos. La pestilencia se vuelve cada día más insoportable, como si el barrio entero no existiera.
Pese a todos esos inconvenientes, los habitantes siguen ahí, resistiendo el día a día. José Gracia siempre mantiene ordenado y organizado su puesto de venta, Pedro Moreira siempre se levanta cada mañana con la tranquilidad de que todo va a mejorar y de que le va a ir bien en su negocio de zapatería, Miriam Cedeño siempre mantiene su lugar con un aroma fresco y bien reestructurado, siempre lista para actuar durante cualquier situación. Cada acción representa una forma de lucha frente a un sistema que parece haber quedado en el olvido. Por eso, Tarqui, no es solo una zona que huele a desagüe, huele a vidas que se niegan a rendirse.
A las once de la mañana, el recorrido concluyó, pero la sensación agria flotaba aún en el ambiente, haciendo un recordatorio qué no se ha resuelto nada. Tarqui sigue esperando con fe una limpieza profunda y remodelaciones. Porque mientras el viento continue soplando por el abandono, también seguirá viva la esperanza de quienes, días tras días, resisten entre la contaminación, los gatos y la memoria.





