Detrás de cada diseño de uñas hay una realidad signada por largas jornadas de trabajo, por una inversión permanente y por sacrificar en ocasiones la propia persona a la que uno puede llegar a olvidar dentro de lo que es la cultura de la belleza. El trabajo de una manicurista no sólo es estética y creatividad, se da también el esfuerzo, la disciplina y la construcción de la clientela en el campo de un oficio cada vez más competitivo.
La labor de las manicuristas no se limita a las tendencias, los esmaltes y los diseños. En el fondo de cada cita, hay jornadas extensas, inversión constante y la necesidad del esfuerzo en la construcción de una clientela para una profesión que requiere dedicación, precisión y a fin de cuentas una práctica diaria.

El televisor y el aire acondicionado marcan un ritmo constante en los movimientos de Fabiola, mientras va colocando con precisión las manos de una clienta. En su modesto espacio de trabajo, unas luces blancas resplandecen en los frascos de esmalte, las herramientas y la agenda casi siempre repleta de citas. El lugar es acogedor, aseado y silencioso, alejado del fuerte olor a productos químicos que mucha gente suele asociar a los salones de uñas. No obstante, tras cada diseño que parece ideal existe una alternativa poco asumible. Jornadas que se inician a las siete de la mañana y se extienden hasta altas horas de la noche, materiales costosos y la gran presión de atraer clientes en un oficio que parece crecer día tras día. Lo que para muchos constituya un hecho estético, para otras personas se ha convertido en un trabajo sacrificado y en una buena praxis.
Comenzar desde cero
Fue por eso que antes de disponer de un propio local y de tener la agenda llena de citas, Fabiola empezó a practicar con personas allegadas. Las primeras modelos fueron sus amigas, sus familiares y hasta su esposo, utilizando las sesiones para ir puliendo poco a poco sus técnicas a la vez que se iba habituando a realizar un trabajo donde el pulso y la paciencia tienen la misma importancia que los materiales de trabajo.

A la edad de 32 años, la manicurista rememora que fue muy importante durante su formación al realizar un curso de pedicura en Gabriela Calderón. “El curso de pedicura que hice en Gabriela Calderón fue una experiencia increíble, pude aprender una barbaridad”, relata mientras va disponiendo ordenadamente sus utensilios sobre la mesa de trabajo.
La calidad de la formación también es destacada por quien han sido atendidas por Gabriela. Camila Zambrano subraya el desempeño de Gabriela Calderón gracias a su meticulosidad y la paciencia que mantiene en todos y cada uno de los procedimientos, ya que para la clienta el proceso no es solamente el resultado en sí. “Siempre me siento muy a gusto en la fecha establecida y demuestra la atención que realiza con mucho cuidado. Jamás he experimentado dolor ni he tenido ninguna herida en mis uñas”, responde. Por otra parte, Camila Zambrano realiza una valoración a la calidad de los diseños y la atención en cada servicio.
Con el paso del tiempo, las recomendaciones comenzaron a convertirse en nuevas citas. Lo que comenzó como simples prácticas se convirtió en una clientela hecha poco a poco, principalmente por referencia con familiares y amigas. Igual que un esmalte que se endurece bajo la luz, la confianza de sus clientas se hizo robusta con cada servicio.
Hoy en día buena parte de la actividad que tiene lugar en el ámbito de la manicura y la pedicura se realiza también en soportes digitales como YouTube, TikTok o Pinterest, espacios en los que todos los días circulan diseños, técnicas, tendencias renovadas, elementos que se utilizan para aprender o para promocionar servicios de belleza.
El costo detrás de cada diseño
Detrás de cada diseño también existe una inversión continua. Lámparas UV, esmaltes, acrílicos, pinceles, decoraciones, herramientas específicas son parte de un oficio en el que trabajar es reinvertir permanentemente.
Para Fabiola, uno de los principales retos ha sido poder sostener una buena calidad de materiales sin perjudicar la atención a sus clientas. «Son materiales que muchas veces son caros, pero siempre intento trabajar con buenos productos», dice mientras va colocando en su lugar una serie de herramientas a medida que limpia y acomoda su lugar de trabajo.

Esta realidad también es percibida por quien comercializan insumos para uñas. Diego Macías, personal de la tienda de cosmética Valentino expuso que el aumento de precio de los artículos de uñas, aún así no ha afectado notablemente a las ventas. Según expone, las promociones y los descuentos permiten que muchas profesionales sigan reponiendo insumos. «El producto que más se vende sigue siendo el acrílico, lo son en especial las tonalidades nude, porque son las más solicitadas por las clientas y se adaptan a muchos diseños», concreta. Para Macías, la expansión del rubro ha facilitado también la requisición incesante de insumos especializados.
En tiendas donde se comercializan insumos de belleza y afines, como es el caso de Tecnobelleza, los precios son inestables, moviéndose en función del tipo de producto y de la calidad. A esto es necesario añadir que constantemente están surgiendo nuevas tendencias en plataformas como Tiktok, Pinterest e Instagram, donde día a día los diseños y las técnicas que se muestran provocan una mayor exigencia dentro del trabajo.
De acuerdo con la plataforma Fresha, la manicura de las ciudades de la costa ecuatoriana puede costar entre cinco y treinta dólares dependiendo del tipo de servicio. Sin embargo, por detrás de esos valores existe un trabajo silencioso que muchas veces no se ve, limpiar herramientas, organizar materiales y aprender continuamente.
Entre citas y sacrificios
Fabiola inicia sus jornadas laborales a las siete de la mañana, aunque en ocasiones culmina a las once de la noche. Entre las citas el tiempo se reduce al ruido del televisor, conversaciones breves con las clientas y el sonido de las herramientas mientras Fabiola va trabajando sobre la mesa.
El hecho de poseer una agenda repleta de actos implica el hecho de poder tener una cierta estabilidad, y también sacrificios que son pocos visibles. En más de una ocasión, la manicurista se ha visto obligada a olvidarse de la comida o a alejarse durante momentáneamente de su pequeña hija de tan sólo tres años para poder cubrir cada uno de los servicios que tenía agendados mientras las luces del pequeño local que ocupaba permanecen activas durante horas, el cansancio se hace también parte de la rutina.

Una experiencia similar vivió Alejandra Cedeño quien compartió el mismo espacio en el que hizo sus practicas Fabiola. Alejandra a principios de este año logró abrir su propio local y empezar camino como muchas de las manicuristas que comienzan desde cero y construyendo su clientela. “Los comienzos fueron complejos, pero había un tipo de logros que nunca me imaginé dejar”, dice ella. Un sostén importante del proceso ha sido el apoyo de su marido. “Cuando mucha gente no creía en mí, él estuvo a mi lado y me ayudó a empujarme para seguir”.
Sin embargo, de lo que sí se percatan sus clientas es del cuidado y la confianza que logra expresar en cada cita. “No siento dolor cuando trabaja sobre mis pies”, indica Lilibeth Ponce, quien hace hincapié en que Fabiola opera con total delicadeza en cada uno de sus procedimientos. La experiencia también está ligada al concepto de seguridad y comodidad para Mariana Delgado, quien afirma que “es muy relajante dejar en manos ajenas a alguien de confianza”
Al interior de un oficio en el que las recomendaciones pueden dar el paso hacia nuevas oportunidades la confianza resulta tan significativa como la técnica. Más allá de esmaltes y de diseños minimalistas muchas manicuristas levantan sus espacios de trabajo en torno a largas jornadas de trabajo, a la precisión y al esfuerzo continuo.
Más allá del esmalte
No todas la personas llegan a este oficio por la misma razón. La historia de Yuliana Andrade personifica una realidad diferente en el oficio ya que tras finalizar la universidad y no encontrar trabajo, se acercó al ámbito de la manicura como modo de trabajo. Las primeras prácticas fueron llevadas a cabo en las manos de familiares y de amistades íntimas. Se considera, en la actualidad, en estado de aprendiz aunque ya tiene algunas clientas regulares. «Empecé porque necesitaba una salida laboral, pero con el tiempo descubrí que también me gustaba», confiesa. Sigue formándose mientras va sumando experiencia en el sector, que cada vez seduce a más personas que buscan salir de la precariedad de la economía del día a día.
De una buena pieza de diseño nace una buena razón absolutamente ajena a la realidad que a menudo nos da la espalda. Lo que para algunos sólo es estética o tendencia se ha convertido en el trabajo que se construye por prácticas, inversiones y constancia diaria. A menudo, en pequeños espacios con poca luz, rodeados de esmaltes, muchas manicuristas tienen que pasar extensas jornadas de todo un oficio en el que la competencia y las demandas de cada cita aumentan continuamente, y que requiere no sólo creatividad, sino también serenidad, precisión y responsabilidad por el cuidado de las clientas.
Como capas de acrílico que se van haciendo más fuertes con el tiempo, la práctica en este oficio se va llevando lentamente adelante. Entre consejos, sacrificios y largas horas de trabajo, la luminiscencia perfecta de cada diseño acaba mostrando mucho más que estética muestra el esfuerzo discreto que permanece por detrás de cada mano asistida.




