Por Yandry Anchundia
Dentro de las estrechas paredes de una casa repleta de habitaciones, en el rincón más silente de la casa, se encuentra una habitación que yace como un enigma, su presencia se refleja en las paredes como si fueran páginas de un antiguo libro de secretos. A medida que el tiempo transcurre, el reloj avanza incesantemente, contando los segundos con un tic tac que estremece a todos los presentes, como si cada latido marcara el suspenso de una historia aún por desvelar.
Mientras postrada con su mirada fija al techo, en vuelta en sábanas blancas, como una princesa durmiente, como si fuera una esclava encerrada esperando su liberta. Su cuerpo cansado y fatigado pero lleno de vitalidad.
La casa, con sus ventanas antiguas y desgastadas, permitía que el aire fluyera a través de ellas como un suspiro en la distancia. La luz del sol, radiante y dorada, se filtraba, y sus rayos se convertían en los marcadores de cada amanecer y anochecer en la vida de la señora Asunción. Sin embargo, en su estado actual, ella solo podía recibir la luz del día, pero no podía disfrutarla plenamente. Cada nuevo amanecer se alzaba como una promesa susurrada por los médicos, mientras ella, con una fe inquebrantable, aguardaba pacientemente como si observara el reloj de arena, viendo cómo cada grano de arena caía sin ilusiones de continuar la lucha del mañana.
Cada desayuno es diferente, aunque deseara comer lo mejor, el médico le ordenó lo mas natural, mientras ella desde lo mas profundo grita querer que se acabe este mal sueño, la crisis le llega, las hijas y quien le ayuda no pueden contralarla, se desata la desesperación, y el conocimiento se desvanece, sin poder conocer a quienes están presente, la frustración de cada día se aumenta y sin poder hacer nada solo esperan las dosis fuertes de los medicamentos que logran calmar un poco la tormenta que se desata diariamente.
Cada día, Telma Delgado, hija de la señora Asunción, narra la vida dura de tener a su pobre madre enferma, mientras la lágrimas recorren su rostro, y su voz sin aliento, solo espera la pronto recuperación y lo que Dios permita con su mamita, la vida era normal y sencilla pero su madre envejeció y todo se complicó, “recuerdo a mi mami ser una persona tranquila y luchadora, nunca fue mala con nadie solo espero que se recupere pronto o que Dios la lleve para que no siga sufriendo más”, confiesa Delgado con una voz temblorosa.
Solo se escucha el estruendo de cada visitante al usar el sillón, mientras la cama cada vez absorbe a la desanimada enferma Asunción. Verónica Anchundia, vecina, confiesa de manera triste como los años han consumido a su amiga, solo está de esperar una pequeña esperanza que cada vez se acaba,” cada vez que la miro sin fuerzas me dan ganas de llorar y solo le pido a Dios que decida por ella”, acota Anchundia con una mirada triste.
Pablo Delgado, hijo de la señora Asunción, detalla como su madre fue cayendo lentamente a un abismo que los doctores no le dan esperanzas, la edad que tiene no da para tratamientos fuerte, siendo una de las principales desventajas, junto con el Alzheimer, que hace que pierda repentinamente la memoria, tal como si fuera un mar inquieto sin poder calmar sus aguas,” me da mucha tristeza no poder hacer nada, me duele estar con ella, y no poder ayudarla”, detalló con gran pena.
Patricia Quijije, quien cuida a la señora, relató lo difícil que es trabajar cuidándola, es super complicado cada día solo espero que se recupere, pero hay día que todo se vuelve triste, tanto que llora al ver en agonía a la pobre enferma,” me da lástima verla, en ocasiones parece que será el último día de vida y de golpe da un suspiro que le llena otra vez el aliento de alma, “acoto con tristeza Quijije.
En la mente de quienes pasan con ella, la recuperación es una montaña inalcanzable, Asunción lucha, no con músculos, pero lucha con su alma con toda su fuerza interior que había acumulado toda su vida, aunque cada día su batalla es peor, mientras que su habitación es solo su campo de concentración esperando ser la elegida de Dios fatigada y sin esperanzas.
Rosa Delgado, hija de la señora, entre lágrimas suplica a Dios que no tenga sufriendo a su madre así. Entre suplicas y pena por ver a su madre en su lecho de muerte esperando el día menos pensado su último suspiro,” estoy sin ganas de nada, me duele tanto ver a mi madre que le suplico a dios que ya no la tenga sufriendo”, acotó con llanto Delgado, una mujer que sufre en silencio la agonía de la madre.
Asunción seguirá esperando, como una semilla bajo la tierra, tal como su postrar en su cama, esperando pacientemente y estremecida la llegada de su muerte, mientras su habitación se convierte en el símbolo de resistencia y poca esperanza, donde la vida y la muerte debaten por la vida de ella.
Jessica Anchundia, nieta de la señora Asunción, lamenta ver a su abuela de una forma tan triste y deprimente, sé que está dando sus últimos pasos, esperando el día menos esperado para partir de esta vida, quien esta feliz y triste a la vez, como una tormenta en espera del arcoíris,” viví con mi abuela desde que nací, estoy triste por verla así, tan mal sin poder levantarse con crisis que siento como el mundo de ella desaparece lo cual me da una inmensa pena”, confiesa Jessica con quebrantante voz.
En esa habitación triste donde la melodía de los pájaros son los únicos que alivianan su dolor, la lucha constante de todos y principalmente de ella, esa lucha que se hace eterna por aferrarse a la vida, incluso cuando todo parece perdido, su fuerza se debilita con cada minuto que pasa. Su agonía espera como una vela que a pesar del fuerte soplar del viento se aferra a apagarse, quien mantiene su espíritu aferrándose a la zona de guerra de su habitación y la lucha interna de su corazón.
Con la edad avanzada, Asunción Delgado, en un estado donde la esperanza de los médicos se desvanece como la niebla de la mañana, tan solo aguarda el día de su despedida final. Su existencia se convierte en una agonía, y se aferra a su lucha silenciosa como un faro en medio de la oscuridad, que es el olvido de las cosas y la pérdida de su identidad. Los llantos de sus hijos y allegados llenan la habitación como un eco melancólico, impotentes ante su sufrimiento. Solo les queda elevar súplicas a Dios, implorando que ponga fin al tormento que sufre la señora Asunción.





