En el centro de Manta siempre parece despierto. Desde temprano, las calles se llenan de vendedores que acomodan su mercadería, clientes que caminan apurados y buses que atraviesan el tráfico dejando ruido y humo. El calor se mezcla con el olor a comida recién hecha y con voces de quienes intentan vender algo. A simple vista, el movimiento parece normal, casi igual al de cualquier otra mañana.
En una esquina esta Rosa Mendoza, abre su pequeño local de tarrinas y artículos plásticos. Mientras limpia unas repisas llenas de vasos desechables y fundas transparentes, sus ojos se escapan constantemente hacia la calle. Recuerda que hace varios años el sector respiraba tranquilidad. Los comerciantes conversaban afuera de los negocios y las noches todavía conservaban algo de calma. Ahora el ambiente parece escondido bajo el peso de la desconfianza.
La inquietud no cayó de golpe. Fue avanzando lentamente, como la humedad que trepa una pared sin hacer ruido. Primero aparecieron comentarios aislados, historias que algunos repetían en voz baja. Después comenzaron las miradas nerviosas cada vez que una motocicleta frenaba frente a un negocio. Nadie quería pronunciarlo directamente, pero el miedo ya rodeaba las calles.
En una papelería cercana, Jorge Zambrano acomoda cuadernos de colores mientras escucha el ruido constante de los motores afuera del local. Cuenta que al principio pensó que todo eran rumores exagerados. Sin embargo, los comentarios empezaron a multiplicarse como sombras al caer la tarde. ‘‘Uno escuchaba que llegaban hombres pidiendo una ‘una colaboración’, murmura. La palabra sonaba suave, casi inocente, pero detrás escondía presión y amenazas.
Con el tiempo, los comerciantes dejaron de mirar las motos con indiferencia. Cada motor que se acercaba tensaba el ambiente como una cuerda a punto de romperse. Jorge asegura que ahora muchos prefieren bajar puertas temprano, antes de que oscurezca completamente. ‘‘Las calles siguen llenas, pero ya no se sienten vivas’’, comenta mientras desliza unos marcadores dentro de una vitrina.
A pocas cuadras, María Cedeño dueña de un pequeño local de ropa, acomoda prendas sobre perchas de metal mientas atiende a algunos clientes. Dice que antes pensaba que las extorsiones solo golpeaban a negocios grandes. ‘‘Jamás imaginé que también iban a perseguir a quienes vendemos en la calle o en locales pequeños’’, confiesa.
Según relata, algunos hombres llegan en motocicleta, observan alrededor y luego conversan unos minutos con ciertos comerciantes. Después desaparecen tan rápido como llegaron. ‘‘Aquí todos entienden lo que pasa, aunque pocos se atreven a nombrarlo’’, dice mientras dobla un pantalón con movimientos rápidos, como si el trabajo la ayudara a no pensar demasiado en el tema.
Jeffrey Fernández, comprador frecuente del sector, asegura haber presenciado escenas que antes parecían imposibles. ‘‘A veces uno está comprando y ve cómo entregan dinero delante de todos y nadie reacciona’’, comenta. Para él, lo más alarmante no es únicamente la presencia de quienes cobran las llamas vacunas, sino la manera en que el miedo terminó instalándose como un vecino más al barrio.
Poco a poco, la tensión fue devorando la tranquilidad del sector. Algunos comerciantes reforzaron puertas, otros instalaron cámaras y varios dejaron de quedarse solos en sus negocios. El centro todavía conserva el ruido de siempre, pero debajo de ese movimiento se percibe un silencio extraño, pesado, parecido al que antecede a una tormenta fuerte.
Sin embargo, no todos coinciden en que el panorama sea totalmente dominado por el miedo. Emily Paredes, dueña de una estética, considera que en algunos casos la situación se ha generalizado más por rumores que por hechos constantes. ‘‘No en todos los negocios pasa lo mismo, hay sectores donde todavía se trabaja con relativa normalidad’’, sostiene mientras atiende a un cliente. Para ella, la organización entre vecinos y comerciantes puede ayudar a reducir la sensación de vulnerabilidad.
El centro continúa su jornada entre ventas, pasos rápidos y motores que se encienden y apagan. Debajo de ese movimiento constante, el ambiente ya no es el mismo de antes. Lo que antes era solo comercio, ahora también es vigilancia, cálculo y silencio.
Y aunque cada mañana los locales vuelven a abrir, el día no empieza desde cero, empieza desde el miedo acumulado del anterior, como si el tiempo en el comercio avanzara, pero la tensión se quedara siempre un paso adelante.






