Redacción: Nicole Ruiz
El reloj marca las 9h00. El recorrido empieza, las carreteras están pavimentadas teniendo un color negro, sobre las que recorren los vehículos, donde las casas se pintan de diferente infraestructura. La vía avanza desvaneciendo las casas y estas siendo reemplazadas por las suaves hojas verdes, de los árboles, que se hacen presente acompañando este sendero de movimientos y aprendizajes.
El viento direcciona a los árboles gigantes, formando diferentes formas son las ramas, de los llamados ceibos, que según cuentan los mayores ahí habitan almas de antepasados, donde florecen una vez al año dependiendo de las condiciones climáticas donde se encuentran enraizados.
Las raíces de los ceibos la amarra fuerte para que crezcan y se eleven dónde le hacen compañía al gran “Cerrito”, como lo llaman los comuneros de los Bajos del Pechiche, el recorrido sigue en pie, los árboles ya se han perdido, por la tala que se va involucrando en medio de esta comunidad.
De lejos se ve como han cortado los árboles para construir viviendas y unos cuantos terrenos más para emprender sus negocios de “ladrilleras”, el sector se vuelve desolado, con los túneles que traspasan una barrera de plantas, y es ahí donde se encuentra una “pampa”, con implementos para hacer ladrillos.
A lo largo del trayecto de Los Bajos de Pechiche, se encuentra un cartel de color verde y blanco llamativo donde señala en letras grandes el “kilómetro 7”, a mano derecha donde está ubicada la ladrillera de “Don Duglas”.
Duglas Anchundia, descalzo, lleno de lodo, con los dedos desgastados, sube el ritmo de su respiración, y en sus miradas se puede ver el cansancio, pero no declive la tarea de seguir majando lodo, es el proceso de convertir tierra en un ladrillo.
Anchundia, propietario de la ladrillera lleva 4 años trabajando en la explanada del sector, describe el proceso para hacer un ladrillo. Empieza desde comprando una tierra “virgen”, que luego de ser transportada por volquetas, es botada a la explanada, luego es esparcida con brazos fuertes y bien alimentados, moviéndola de un lado a otro, labrando con la herramienta que los acompaña del pesado azadón, para luego hacer como un rectángulo, realizando una capa encima, posteriormente colocan aserrín, vacían baldes con agua, e inmediatamente se deja descansar.
Es la luna y las estrellas que aportan, a que la nueva combinación de tierra con aserrín tenga más propiedades, y al siguiente día el hombre continue con sus garras rápidas él nuevo proceso. Revolviendo la tierra para que éste manejable, porque debe ser una contextura adecuada ni tan suave, ni tan dura, para así llevarla al molde donde se formará el ladrillo.
Al ya tener el molde del ladrillo se hace el “botado”, que es donde, colocan los ladrillos para que sean secados de forma natural, el secado puede tardar entre 15 a 20 días, dependiendo del clima. Para continuar el proceso, se lleva en una carretilla, para llevar al horno, dónde se hace como una casa, que debe tener 2 orificios para poder encender la llama y que este empiece arder en 24h, y al fin el ladrillo estará listo para ser enfriado y vendido.
Añadió Anchundia que cuenta con 5 colaboradores, donde todos hacen el mismo proceso, sin embargo, lo que los diferencia, es la cantidad de cuantos ladrillos se hacen a diario, el horario de ingreso es de 6h00 a 14h00, el horario depende de cuanto quieran ganar, ellos ven hasta que tiempo se quedan trabajando.
Es así, el caso de Marcelino Posligua, con manos cubiertas de lodo y una voz agotada, y cansancio en su mirada. Lleva dos años trabajando de sol a lluvia en esta comuna, donde a diario se hace 500 ladrillos, la rapidez de sus manos, el movimiento del “bailejo”, es la clave para lograr esta cantidad, tiene 15 años dedicándose a esta labor, es por eso también que trabaja de 6h00 a 11h 00 de la mañana, esto es debido a que el sol es muy fuerte y muchas veces le empieza a doler la cabeza y por eso prefiere hacer más rápido y salir temprano, para evitarse los achaques de la edad.
Una de las desventajas de trabajar de esta forma informal, es que no cuenta con un seguro de vida, debido al poco dinero que gana, también es por eso la libertad que tienen los trabajadores, de poder llegar e irse a la hora que deseen, así lo rectificó Posligua, cuando estaba terminando ya su día de trabajo.
El arduo trabajo que realizan estos hombres fuertes de manos rápidas, ayuda a que muchos ciudadanos tengan una casa digna hecha con ladrillos de esfuerzo y dedicación, también le ha dado la oportunidad a varios jóvenes estudiantes que no cuentan con un trabajo fijo por el poco tiempo disponible que le dan, sin embargo, en esta ladrillera tienen la libertad de escoger y saber cuánto puede ganar. Dando la oportunidad de seguir con sus sueños y ayudar a sus familiares.





