Por: Jean Carlos Pinoargote Loor
Como es de costumbre, la frialdad del amanecer entumece los rostros de los cazadores del océano, los incansables obreros de las aguas saladas. El mar, a esa hora es casi oscuro por la ausencia de luz solar. Las brisas, acompañadas por las aguas cristalinas, balancean las lanchas al ritmo de las olas, mientras sus ocupantes preparan los motores y los suministros necesarios para la extenuante jornada que les aguarda. El inicio de una larga faena de pesca, y los trabajadores del muelle de San Mateo se apresuran a dirigirse hacia nuevos destinos.
La niebla y el inconfundible aroma a peces llenan el ambiente, aunque estas sensaciones son evasivas y escurridizas. Son las “cuatro y algo” de la madrugada, y los marinos del océano comienzan su travesía antes de que el amanecer se apodere del horizonte. En las profundidades de las aguas infinitas, las luces destellan como luciérnagas, pintando el lienzo de la madrugada con una paleta de colores. El muelle es un testigo silente de que aquí solo labora gente tenaz, cuyos corazones están llenos de historias por contar.
Cada día, más de cincuenta lanchas se lanzan al océano en busca de su presa. Algunas de ellas regresarán después de tres días, otras después de quince o incluso veinte días o un mes en alta mar. Los tripulantes varían, incluyendo pescadores y capitanes, pero todos comparten un destino común, como la inquebrantable conexión entre el mar y la arena. La elección de la vestimenta es una cuestión personal, como señala Luis Pillasagua, experimentado navegante de esos mares, mientras prepara sus cosas para partir a su nuevo viaje por alta mar. La mayoría de los pescadores visten trajes de plástico para protegerse de la humedad, aunque algunos optan por la sensación del agua salada en su piel, incluso si eso significa enfrentar picazón y sarpullidos.
El veterano pescador, Pillasagua se embarcará en una travesía de tres días. Su rostro revela las quemaduras causadas por el sol, y sus ojos enrojecidos por la exposición al sol reflejan la fatiga que conlleva esta labor, donde las noches gélidas y los días abrasadores son moneda corriente. En medio de las aguas cristalinas, los días parecen infinitos, como un viaje que nunca llega a su fin, pero sus almas se fortalecen para sostener a sus familias. «La suerte no siempre está de nuestro lado, algunos días a pesar de nuestros esfuerzos, regresamos con las manos vacías”, aseveró Luis.
En las primeras horas de la mañana, en la parte inferior del desembarcadero, se encuentran los encargados de procesar y desviscerar los peces, que incluyen «picudos, albacoras, rabones, gachos y dorados, estas son las especies más solicitadas en el mercado», explica Einer Avila, un experto en la extracción de vísceras, con más de cinco años de experiencia, quien ha dedicado una gran parte de su vida a esta labor.
La comercialización de la pesca depende de la elección del comerciante, ya sea en puntos públicos o privados en todo el país. «El pescado siempre es fresco, con un máximo de tres o cuatro días desde su captura», sostiene Avila, mientras observa los peces. Algunos pescadores gestionan la venta y el transporte por sí mismos, mientras que otros prefieren dejarlo en manos del muelle para ahorrar tiempo.
La algarabía de las gaviotas, tan blancas como las nubes, y los pescadores que regresan después de varios días en alta mar llena la mañana de vitalidad. Sus esposas e hijos los esperan con entusiasmo en los alrededores del muelle, ansiosos por reunirse. Viviana Avila, esposa de uno de los pescadores, da la bienvenida a su esposo, que finalmente aparece y Lo abraza con fuerza, una sonrisa radiante en su rostro y las perlas de su boca a la vista. En el muelle de San Mateo, el amor puro se manifiesta en cada gesto, como dos almas que se fusionan en una.
El muelle de San Mateo permanece en pie, un faro de la comunidad que se aferra a las tradiciones, a la vez que mira hacia el futuro con valentía y determinación. Y así, en la frontera entre el mundo conocido y el vasto océano, el muelle sigue siendo un lugar de encuentro, de historias compartidas y de la promesa de un nuevo día en alta mar.
En este rincón del mundo, donde los corazones de los pescadores laten al ritmo de las olas, las estadísticas cuentan una historia de determinación y esfuerzo. Cada año, más del 80% de la pesca realizada en estas aguas abastecen los mercados locales y nacionales, brindando sustento a miles de familias. Si bien las cifras pueden cuantificar el volumen de capturas, no pueden medir la pasión y el compromiso de aquellos que se aventuran en las profundidades del océano en busca de su preciado tesoro. Aquí, en el muelle de San Mateo, los números pueden ser impresionantes, pero son las historias detrás de cada porcentaje lo que hace que esta comunidad marítima sea verdaderamente especial.





