Por David Reyes
La tarde del 16 de Julio, la apacible ciudadela San Vicente, perteneciente al cantón Jipijapa, se vio envuelta en un torbellino de indignación. Habitantes del sector, hastiados por la sed insaciable que azota sus hogares desde hace dos meses, tomaron las calles en un grito desesperado.
No fueron solo los residentes de la ciudadela quienes alzaron sus voces. Vecinos de diversos rincones de la ciudad se unieron al clamor, formando una marea humana que colapsó la calle principal de esta zona. El rugido de sus protestas resonaba como un lamento ancestral, un canto a la vida que se extingue gota a gota.
«Ya no podemos más», exclamó Rocío Chiriboga, moradora del sector, con la voz ronca por la impotencia. «Es inhumano que nos tengan así, sin lo más básico para vivir. ¡Necesitamos agua!», clamó reflejando el sentir de una comunidad al borde del colapso.
Carolina Parrales, secretaria de la directiva del sector, ha sido la voz que guía a sus vecinos en esta lucha por el líquido vital. «Hemos ido al municipio una y otra vez, pero la única respuesta que recibimos es que están reparando las tuberías y que eso tomará hasta seis meses», enfatizó con frustración y desesperanza.
La promesa de las autoridades, lejos de calmar los ánimos, ha avivado el fuego de la indignación. Sin embargo, moradores guardan la esperanza de una ayuda inminente por parte de estas.
La escasez de agua en Jipijapa no es un oasis en medio de un desierto, sino una gota amarga que refleja la sequía que azota a diversas comunidades en Ecuador. Un clamor que resuena como trueno en las montañas.






awesome