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La fe es esperanza

Entre la fe y la incertidumbre, los habitantes de San Juan encuentran en sus festividades religiosas un motivo para seguir adelante.

Carlos Cedeño por Carlos Cedeño
28 octubre, 2025
in Noticias
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La fe es esperanza

Iglesia activa del barrio San Juan, en Manta, punto de encuentro espiritual y símbolo de fe para una comunidad que busca mantener vivas sus tradiciones y esperanza.

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Por Stefano Alvarez

En el sector San Juan, de la ciudad de Manta, la comunidad se prepara para celebrar las festividades religiosas en honor a San Pedro y San Pablo, con la esperanza de recuperar la alegría y reforzar la unión que la carencia económica y social ha dejado en los últimos meses. Para muchos, la fe es su último recurso y refugio, que los mantiene firmes ante la incertidumbre y la soledad actuales.

Catherine Delgado, esposa y ama de casa, relataba con desconfianza lo màs relevante en las ùltimas semanas

A veces solo un rosario y unas plegarias bastan para mantener viva la esperanza. Para los moradores de este sector la chispa de la fe se apaga día tras día. “A veces pasan muchos jóvenes a fumar por el monte. Por suerte a mí ni a mi esposo nos han robado nada, pero vivo con un miedo constante”, afirmó Catherine Delgado, ama de casa que lleva más de veinte años residiendo en el barrio.

El temor ha crecido con el paso del tiempo. Los vecinos coinciden en que la inseguridad se ha vuelto insoportable, incluso en espacios donde antes reinaba una mínima tranquilidad. Muchos prefieren resguardarse temprano y solo salir por necesidad.

La desconfianza es tanta que casi nadie conversa con los demás. La gente parece huir de los nuevos rostros que aparecen por el sector. En medio de este ambiente tan tenso las festividades religiosas se han convertido en un escape emocional y espiritual.

La influencia de la religión abunda en el sector a pesar de la naturaleza cruda de sus acontecimientos. La iglesia del barrio se levanta como un punto de encuentro, no solo para la oración sino también para el diálogo y la ayuda mutua. La comunidad está unida por un solo credo y su voluntariado nace del corazón, con el deseo de ofrecer una mano amiga a quien más lo necesita.

La unión también se refleja en la organización de las fiestas a los santos patronos de su devoción. Los vecinos les atribuyen protección y esperanza. Aunque las celebraciones ya no cuentan con la misma congregación de años anteriores, San Juan sigue siendo un punto de referencia indiscutible.

Las festividades de San Pedro y San Pablo se conmemoran a inicios de octubre, cada barrio tiene fechas espcificas, suelen realizarse entre los meses de julio y agosto, son repartidas para evitar aglomeraciones en una sola festividad. Son una celebración religiosa y cultural importante en la zona que atrae a comunidades locales, vecinos y turistas. Incluyen procesiones, música en vivo, orquestas y bailes populares. Es considerada una tradición ancestral que fortalece la cohesión social.

Lara Córdoba, moradora y madre de familia, no cree que la devoción haya disminuido. “Las festividades religiosas como San Pedro y San Pablo duran semanas aquí. Viene gente de otros sectores a congregarse y acompañarnos”, aseguró.

Maribel Vega, madre de familia, recordando con añoranza tiempos mejores con su hija en brazos.

Para ella y su familia la religión sigue siendo un lazo que une generaciones y recuerda la importancia de mantener vivas estas tradiciones. Son una herencia de siglos pasados. Estas celebraciones cargadas de vida y amor son fruto de la participación comunitaria y de actividades como las comilonas y los cortes de cinta.

 

También se han conmemorado anteriormente la fiesta de los Juanes y la devoción a la Virgen María. Los moradores se organizan para realizar estos tres eventos que están presentes cada año. Usualmente participan unas diez personas comprometidas distribuidas según el año de organización. Los presidentes barriales también brindan su apoyo en la realización de la misa en la iglesia y existe una programación general que se repite anualmente.

“Me gustaría que sigan las tradiciones porque uno se divierte y en cierto modo despejamos la mente”, puntualizó Maribel Vega, madre de familia. Ella recuerda con nostalgia cómo se llenaban las calles de música, banderas y bailes populares.

Hoy, aunque los recursos sean limitados, los vecinos se las ingenian para mantener el espíritu festivo. Las familias donan lo que pueden, flores, velas y alimentos. Quienes no pueden aportar económicamente ayudan con la decoración del lugar para que reluzca con vida propia.

Mauricio Flores, conserje que documenta la vida comunitaria y las tradiciones locales, desd esu perspectiva.

Mauricio Flores, conserje de la escuela fiscal Carabobo de San Juan, señaló que es importante conservar las tradiciones y no solo inculcar valores sino también cultura y creencias a los niños y jóvenes. Si no, terminarán idolatrando figuras erróneas y seguirán malos pasos. Su mensaje cargado de una verdad cruda refleja la preocupación de muchos padres. Temen que las nuevas generaciones pierdan el sentido de comunidad, la devoción a los santos y el sentimiento de pertenencia.

Las formas de vida y las expresiones de una sociedad determinan su cultura. La cultura se compone de costumbres que son representadas por el ser humano que vive en comunidad.

A pesar de los problemas la comunidad se aferra a la idea de que la fe puede transformar la realidad. El sonido de las campanas marca el inicio de cada jornada y recuerda a todos que la esperanza no ha desaparecido.

Los adultos mayores son los guardianes de estas costumbres. Son ellos quienes relatan cómo hace décadas las festividades duraban hasta la madrugada con procesiones, danzas y comidas típicas que reunían a barrios enteros. “Antes la gente participaba más, pero los tiempos han cambiado. Ya no hay tanto dinero ni la misma seguridad, pero mientras tengamos salud y fe seguiremos celebrando”, aseguró una moradora adulta mayor.

Aunque las dificultades son evidentes los moradores de San Juan se niegan a rendirse. La religión, más que un acto ritual, se ha convertido en una forma de resistencia colectiva.

En cada misa y en cada procesión hay un mensaje silencioso de fortaleza. Las plegarias se mezclan con los murmullos de esperanza y los rostros cansados se iluminan al ver pasar las imágenes de los santos.

A veces las festividades se realizan más por compromiso que por verdadera devoción, pero incluso eso demuestra la voluntad de no dejar morir lo que durante años les dio identidad. La fe se mantiene, aunque a veces tambalee, porque es lo único que sostiene a quienes todavía creen que la unión y la esperanza pueden vencer al miedo.

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