Por: Mauricio Mendoza
Las luces del semáforo destellan como estrellas fugaces en la noche, se despliega un espectáculo cotidiano que a menudo pasa desapercibido, como una obra de teatro silente bajo un cielo de concreto. Son los vendedores ambulantes en las farolas artistas anónimos de la supervivencia, desafiando la orquesta de motores y bocinas con su danza de ventas.
En la intersección de la av. 24 y Flavio Reyes de la cuidad de Manta existe un grupo de personas que por necesidad tiene que ganarse la vida en los semáforos vendiendo juguetes o limpiando los parabrisas de los vehículos que esperan el cambio de color del semáforo.
“Por mi edad ninguna empresa me quiere contratar, he mandado carpetas y por adultez avanzada soy rechazado, por eso me dedico a este oficio para que mis hijas y mi esposa tengan algo de comer sin recurrir a la delincuencia como lo hacen muchos jóvenes en la actualidad”, detalló Ajelvis López de 55 años, mientras espera el rojo del semáforo para trabajar.
“Veo como el señor trabaja desde la ventana, mi oficina esta cerca, y observo que es amable con los conductores y no te esta obligando a que le compres, ni le pagas por lavar tu parabrisa, eso lo deben aprender muchas personas que se dedican a este oficio que te obligan a recurrir a sus servicios de una manera soez y poco amigable”, exclamó Alexandra Mendoza vendedora de muebles en Colineal mientras tomaba un descanso.
Cada semáforo, es una función única, con una audiencia efímera que se desvanece en el horizonte de la ciudad. Y así, los vendedores ambulantes en los semáforos continúan su actuación en la intersección de la vida, con la esperanza de que algún día sus sueños se vuelvan realidad, mientras el telón de los semáforos cae una y otra vez en esta interpretación cotidiana de la lucha por sobrevivir en la jungla de concreto.





