Por: Frederic Caicedo
Domingo, la ciudad amanece calurosa como siempre, pero el fervor invade los corazones de sus ciudadanos, la pasión que recorre por las venas como fuego, genera una ilusión y éxtasis desde el primer cantar del gallo.
Ya es medio día, el puerto principal se empieza a teñir de un color en particular. El amarillo reluce en las esquinas, y un oleaje de personas van camino a una cita especial con un viejo y querido amigo.
La música no puede faltar, los latidos empiezan acelerarse con cada paso que se da, camino a esta cita tan especial, un imponente y colosal estadio da la bienvenida a corazones calientes esperanzados de que esa tarde y noche la fortuna les vuelva a sonreír.
Más de 40 mil almas emergen en este escenario, cada una con historias en particular. Kevin Ramírez, con una sonrisa, muestra su esfuerzo de llegar a ese escenario, luego de haber recorrido 460 kilómetros.
Llega la hora 0, el pitido inicial resonó como el acorde que inicia una sinfonía, desencadenando un torbellino de pulsiones en cada rincón del campo. Las gradas, abarrotadas de almas ansiosas, eran testigos de un drama que se desenvolvía con la intensidad de un aria dramática.
El balón, un pincel cargado de historias, se desplazaba con gracia y vigor, saltando de pie en pie como una nota musical que flota en el aire. Los jugadores, cual bailarines entrenados, ejecutaban piruetas y giros, en un intento de conectarse con la red como si esta fuera el público deseoso de ser conquistado.
El mediocampo, cual puente entre mundos, se convertía en el escenario de duelos épicos. Los centrocampistas, como hábiles narradores, tejían historias con sus pies, moviendo el balón con la precisión de un escritor que elige cada palabra con esmero. Los quites y las recuperaciones se asemejaban a giros inesperados en el argumento, manteniendo en vilo a la audiencia que se debate entre la esperanza y el temor.
En el minuto 15, el equipo local desató una sinfonía de toques precisos. El balón, cual cometa fugaz, zigzagueaba entre los defensores, dejando estelas de desconcierto. La multitud, un coro ensordecedor, coreaba con fervor cada avance, como si las gradas fueran el eco de un himno ancestral.
El gol, ese clímax tan ansiado, era el clímax que todos anhelaban presenciar. Llegó el minuto 27 del cotejo, cuando la pelota se deslizó entre las redes, tras un cabezazo de Paco Rodríguez. Los hinchas, convertidos en coro ferviente, entonaban cánticos de éxtasis mientras los jugadores celebraban con la intensidad de actores que han conquistado el aplauso del público.
El partido no carecía de sus tragedias. Una entrada brusca era un desafinado en la armonía, un silencio en la delicada coreografía del juego. La tarjeta amarilla para Leonai Souza en el minuto 40 fue advertencia de los dioses del fútbol, recordando a los jugadores que la elegancia y la disciplina eran fundamentales.
El equipo visitante intentó orquestar su propia epopeya. Cada embate era un relámpago en la oscuridad, iluminando la posibilidad de una remontada. El portero, un guardián en su catedral, se lanzaba hacia los destinos inciertos para evitar caer su valla.
Un nuevo silbatazo determinó que la primera parte de este choque titánico había concluido, la grada rumoraba y el sentimiento a pesar de la victoria parcial era de mesura, dado al nivel del equipo local. “El equipo estuvo impreciso, no hubo grandes jugadas, pero lo importante es que vamos ganando, esperemos que el juego mejore en la segunda mitad”, señaló Martin Cuero aficionado del cuadro local.
Los 15 minutos de descanso, se hicieron eternos para una hinchada impaciente con ganas de saber el resultado final de este trascendental partido, cuando por fin los equipos volvieron a salir por la boca del túnel, el aliento no se hizo esperar.
Un nuevo silbatazo, marca el inicio de los últimos 45 minutos donde se definirá el destino de un año entero de trabajo, los nervios invaden a la grada, cuando el conjunto visitante se apodera de la esférica y realiza muchos embates hacia el arco local.
La defensa y el portero dueño de casa resisten como espartanos en guerra, con la única misión de sostener el único gol de ventaje que tiene sobre su rival.
En los minutos finales, el tiempo se estiraba como un elástico, cada segundo era una eternidad. Los equipos, exhaustos pero determinados, se lanzaron al último acto con una intensidad renovada. Cada despeje, cada pase, se convertía en un gesto heróico en la danza final.
Minuto 90, y el desespero invadía corazones en unas gradas abarrotadas por camisas amarillas, el final del partido se hacia esperar, y los latidos eran cada vez más débiles.
En el minuto 95 de juego el juez central, hizo sonar su silbato por última vez y el sentimiento de alivio bajo por las gradas, en forma de un grito de desahogo que estremeció el estadio. “No fue un gran partido del equipo, pero se logró la victoria que es lo más importante, para llegar a obtener el titulo de este año”, enfatizó Romel Burbano socio del equipo local, en un tono de alivio.
Barcelona Sc, acaba de derrotar por 1-0 al Técnico Universitario de Ambato en el marco de la octava fecha de la segunda etapa, de la Liga Pro, emergiendo como el nuevo líder de esta competencia y a víspera de una final de campeonato con la que su vasta hinchada sueña.





