Por: Gabriela Macías
En un día nublado que podía estancarse por el viento que azotaba a los visitantes, los emprendedores llegaban con sus cofres llenos de creatividad y talento para mostrarle al mundo su amor por el arte, son como unos artistas que pintan un cuadro en el lienzo del parque.
Entre risas unos con otros, empezaron a darle forma y vida a sus proyectos como si se tratase de semillas que plantan en el suelo fértil, con entusiasmo e ilusión anhelan que su público quede maravillado con las obras de arte que plasman con sus ingeniosas manos.
El clima dio un giro al ambiente, el sol tomó lugar como una lámpara que iluminaba el entorno y los artistas preparados para ser los protagonistas.
La adolescencia se hacía presente con su alegría que prevalecía a la distancia, tres jóvenes se apoderaron de las áreas verdes y armaron un picnic mientras fotografían ese feliz momento que quedará en la memoria de cada uno de ellos, más que en un aparato móvil.
La vista al mar es la mejor aliada y compañía que tienen los manteses, el sonido de las olas es como una sinfonía perfecta para los asistentes. El canto de las aves y las risas de los niños son una melodía de inspiración para los artistas.
El reloj marcaba las siete de la noche y las luces se adueñaron del ambiente, los tallos de los árboles se vistieron de colores para embellecer la naturaleza.
Horacio Silvanio italiano, que aterrizó en tierras ecuatorianas aproximadamente hace 20 años, no piensa en su retorno hacia su país natal, porque en el Ecuador es donde ha encontrado el amor y es el país que le ha devuelto la alegría a su rostro por su amada esposa.
Desde su asiento de madera y con una vestimenta formal que da elegancia a su manera de expresarse, Silvanio da a degustar a la ciudadanía los diferentes sabores de mermeladas que ofrece, acompañado de una rosquita para darle un toque único y original.
La pesca era su mayor motivación por ella agarró un vuelo sin pensarlo y venirse al Ecuador, “me contaron que el pescado es bueno y barato, pero llegando pude observar decepcionado que este no es comestible acá”, rezongó hacia su compañero de a lado, mientras su rostro denotaba desagrado.
Otros padres observaban los libros de literatura que ofrecía Luis Loor, quien con su carisma atraía al público para que llevaran a casa un ejemplar. Las piletas fueron un baño frío para los niños que disfrutaron de estar en medio de las aguas coloridas por las luces, gozando como si estuviesen en un día soleado en la playa.
Desde lejos se podía observar cómo Paco y Sebas fueron la emoción de la noche, dos mascotas que estaban en un coche como si fuesen dos bebés recién nacidos, las personas eran paparazis de los animalitos y ellos como si tuvieran conocimiento del momento mostraban sus dientes para ser fotografiados.
Se dice que una mamá nunca abandona a su hijo, este es el caso de María Menéndez que junto con su madre luchan cada día para solventar el hogar, vendiendo artesanías elaboradas a mano como: llaveros con resinas, aretes de tagua, de paja toquilla, collares de concha, recuerdos de Manta en porcelanato y botellas decoradas a base de piedra.
Mientras María llamaba al público con su fuerte voz, un joven se acercó y fijamente miró un collar que tenía la letra M, su rostro reflejaba picardía, sacó unas monedas del bolsillo y compró la hermosa fantasía.
Las familias mantenses son amantes de los domingos, es el día de escape y refugio para compartir con sus demás familiares, es un espacio que tienen entre tanto agobio laboral y estrés académico.
En medio de la algarabía, una pareja de esposos que pronto serán tres, se acercan al negocio “Lía vanidades”, donde la propietaria Rosa Garai, una adulta mayor que tiene 20 años trabajando en bisutería y 10 años en manualidades para niñas hechas desde la comodidad de su hogar.
Garai miraba con ilusión a la pareja, el esposo con sus manos fuertes sobaba la barriguita de su esposa, mientras que ella elegía los lacitos para su bebé en camino.
En la otra cara de la moneda se podía observar como una pequeña demarraba lágrimas largas por su rostro, porque su madre no quería complacerla con un capricho, quería unos moños para sus muñecas que la esperaban en casa.
La adulta mayor ofrece un producto de calidad para que los visitantes no se olviden de ella, aparte de eso es muy creativa en la elaboración que realiza, “también trabajo con retazos que me dan las costureras, es un proceso porque las lavo, plancho, mido y corto para luego tener el lazo finalizado”, destacó Garai mientras su rostro reflejaba orgullo por todo lo logrado.
En una ruidosa noche, las estrellas aparecen y se adueñan de El Espigón, un lugar en tierra, pero con una cercanía al mar, espacio para los diferentes emprendedores de la ciudad pesquera, para la reactivación económica y cultural del puerto marítimo.
Estos puntos de exhibición permanentes del programa Emprendimiento y Reactivación del desarrollo productivo, son especialmente para los ciudadanos que tengan las agallas de exponer un negocio a la palestra pública, mostrando sus destrezas sin miedo a intentarlo, “brindamos un espacio de promoción y venta de los productos, para que aquellos emprendedores que aspiren sus propios ingresos”, puntualizó Fabian Vera director del programa y encargado de los emprendedores.
Una discapacidad no es un impedimento para hacer realidad los sueños, María De mera es un claro ejemplo de dedicación, con una vestimenta que abrigaba todo su cuerpo desde los pies hasta la cabeza y desde una silla de ruedas demostraba a toda una ciudadanía que con trabajo duro se logran las cosas.
Cinco años tiene el emprendimiento “Delicias de Mare”, en donde María explota su talento en repostería y en El Espigón lleva tres meses endulzándoles la vida a los asistentes con su stand de dulces, para alterarles la dopamina a todos.
El Espigón ubicado en la avenida malecón Jaime Chávez Gutiérrez, frente al Parque de la Madre y junto a la construcción del mega parque, es un sitio que se ha convertido en el lugar preferido para los amantes del deporte y las familias mantenses.
Quienes además en sus pasillos las diferentes esculturas expuestas en el lugar, que al momento de fotografiarse no pueden ser rozadas por temor a ser manchadas o derribadas.
La ciudad de a poco se iba apagando, los emprendedores empezaron con su labor de guardar sus productos en cofres, las familias con pasos largos se despiden con una sonrisa de oreja a oreja de El Espigón hasta su pronto retorno.





