Por: Ginyer Vèliz
Las mañanas de Jordan Pillasagua comienzan cuando el sol todavía no baña de oro los contornos del horizonte. Sus ojos achinados y un suspiro que termina en sonrisa indican que empieza su día con buena actitud, aunque en su taller lo espere una larga jornada, sabe que una taza de café y un humeante bolón de verde son como combustible para su cuerpo. El alimento para su alma en cambio es la sonrisa de su hija, para él es un regalo invaluable como el diamante más costoso sobre el planeta.
Al igual que la palabra «perpetuo», que permanece para siempre, el cariño de un padre hacia su hija parece derrumbar las paredes del tiempo, una jornada estresante se vuelve tolerable y las manecillas giran como remolino, absorbiendo rápido las horas y bañando de dorado el camino de regreso a casa. Así lo describe Jordan, pero la jornada acaba de empezar, con su rostro serio y sus ojos apuntando cada rincón de su maquinaria, camina lento como tortuga en una inspección rutinaria antes de comenzar la producción.
El rostro del artesano cambia de matiz al evocar el fatídico año del 2020, que comenzó lleno de alegría y sueños, pero perdió su belleza como una planta atacada por plagas. De manera inesperada, el destino trazó un camino distinto para el mundo, la llegada de una pandemia opacó los sueños de la humanidad y ciñó su brújula directo al mar de incertidumbre. “Sinceramente creí que el mundo no vería la luz nunca más”, confesó el hombre, mientras sus ojos brillaban como una estrella a consecuencia de unas lágrimas deseosas de salir.
Algunos vieron en la pandemia una oportunidad para reinventarse y encontrar nuevas formas de enfrentar obstáculos. Sin embargo, para otros, fue un tiempo de desafíos económicos, dejándolos a merced de una situación que parecía no tener fin. La pandemia se extendió como una mancha de café en la hoja blanca, llevándose los colores vibrantes que iluminaban la vida de muchas familias. La economía se vio afectada dejando sin empleo y a la deriva a millones de personas.
Jordan Pillasagua sintió los estragos de la pandemia en la ciudad de Manta, contaba con un trabajo estable donde exportaba todas las semanas su producto a otras ciudades del Ecuador. Llegó el 12 de marzo y la pesadilla comenzó en todo el país. A finales de abril, Pillasagua notó una disminución significativa en los pedidos que solía recibir, sumergiendo su economía en un abismo de tristeza diaria. Con el paso del tiempo, la situación empeoró. Sin embargo, el artesano no se dio por vencido y encontró esperanza en las conversaciones que mantenía con su esposa, buscando soluciones a los desafíos diarios que enfrentaba.
Como un barco a la deriva en un mar de tristeza, el hombre se las ingeniaba para mantener a su familia con los escasos ingresos que obtenía. Con determinación, decidió salir de ese laberinto en busca de un futuro mejor para aquellos a quienes debía proteger. Su esposa, siempre llena de ánimo, se convirtió en su faro de esperanza, inspirándolo a luchar por el bienestar de su hija. “Sin las palabras reconfortantes de mi esposa, de seguro ya no estaría en este mundo”, aventuró. Con su pequeño taller y la maquinaria que tenía a su disposición, decidió emprender en nuevos proyectos que generaran ingresos adicionales. “Yo siempre he sido innovador y creativo, son los dones que Dios me dio”, recalcó con una mirada al cielo y sonrisa de satisfacción.
Sin embargo, había otro familiar que siempre lo apoyaba en cada instante de dificultad: su padre. En medio de las tormentas, su progenitor brindó su apoyo incondicional, encendiendo las otras máquinas en el taller para que Jordan pudiera ingeniar nuevas formas de llevar productos al mercado. Así nació la empresa «El mundo del botón», que le proporcionó ingresos estables y una economía próspera.
El reloj dicta su veredicto sobre la piel de cualquier humano. A medida que los años pasan las personas desisten en perseguir sus sueños, a veces solo quedan en pensamientos como un boceto que el dibujante olvidó empezar. Sin embargo, Pillasagua, junto a su padre, lograron mantener su pequeña empresa hasta el día de hoy, con sudor y sacrificio forjaron el éxito, saliendo adelante a pesar del azote de aquel enemigo invisible que se ocultaba bajo las mascarillas de algodón. “Trabajando es que se tiene, sino no hay que dejarles a los hijos”, sentenció el artesano, mientras en sus manos sostenía la tagua con la que trabaja.
El canto de los gallos sobre algún árbol cercano adorna la jornada matutina de estos fervientes hombres. El sonido es sereno y tranquilo, mientras enciende las máquinas que están cerca de su casa. El tañido de estas se escucha de manera impulsiva, como si estuviera tocando una puerta de forma brusca. Los vecinos están tan acostumbrados que simplemente el zumbido se desvanece entre sus sueños.
Conservar un negocio es como cargar el peso del mundo sobre tus hombros. En el caso de Pillasagua, cuenta con 4 trabajadores que son como hormigas laboriosas, aportando cada uno en diferentes máquinas del negocio. Dos de ellos son familia, sin embargo, cumplen con las mismas obligaciones de trabajo que los otros. Así, cultivan con paciencia y cuidado, donde cada semilla plantada se convierte en frutos de satisfacción y realización. “Aquí somos tagua de la misma mata”, ironizó el artesano.
La jornada termina tal como comenzó, con el canto de los gallos a lo lejos, y con un sol gentil, bañando de oro el camino a casa, donde espera una princesa impaciente como esperando a su príncipe, su padre. Una sonrisa difumina el cansancio en el rostro de Jordán, y un abrazo candoroso como el calor de las máquinas que acababa de apagar emerge de su pecho, no cabe duda de que el amor de su familia lo salvó.





