Por: Miguel Zambrano
Bajo el cielo estrellado de la noche, en la que el firmamento parecía un inmenso lienzo salpicado de destellos, se desplegaba una escena que al principio parecía insignificante. El campo, se convertía en el telón de fondo de un evento que a primera vista se antojaba como un mero parpadeo en el universo.
En medio de la oscuridad, un discomóvil compuesto por, luces, cajas amplificadas, bajos, una potencia, una consola, un controlador y una computadora se unieron a un solo ritmo para empezar con el baile. Sus luces, un remolino de colores vivos danzaban en armonía con la música que resonaba por los altavoces. Aquel lugar se convertía en un oasis de sonidos, como si la naturaleza quisiera unirse a la fiesta.
Los asistentes, al principio un poco resistentes, pronto sucumbieron al ritmo de la música, como hojas mecidas por el viento se dejaron llevar por el ritmo de la música pegajosa. La pista de baile, que minutos atrás parecía vacía, se pobló de almas en movimiento. Las parejas gritaban y se deslizaban como estrellas fugaces en una danza cósmica, cada paso una constelación en el universo efímero de la fiesta.
La pista de baile que al principio había sido un lugar tranquilo, ahora era testigo de una explosión de vida y movimiento, donde la multitud se movía en un frenesí coordinado, como si todos los presentes en esa noche compartieran un mismo latido.
El humilde rincón donde se encontraba el discomóvil se había convertido en el epicentro de la magia. La máquina de luces giraba y parpadeaba como un faro de ensueño, guiando a los asistentes en su baile. La pista se convertía en una alfombra mágica que acariciaba los pies de los bailarines, mientras la música los envolvía como un abrazo cálido en una noche fría.
En otra esquina, se encontraba un puesto de comida, antes modesto y poco frecuentado, el cual se llenaba de vida a medida que la noche avanzaba. Las mesas de madera, se llenaban de comensales que compartían risas y conversaciones convirtiendo el lugar en un fondo de camaradería. Al lado una parrilla ardiente transformaba el aire en una sinfonía de chisporroteos, mientras filetes de carne giraban como astros en la órbita.
Las opciones culinarias eran tan diversas como los colores de un arcoíris. Sus aromas se mezclaban en el aire invitando a los asistentes a satisfacer sus gustos culinarios.
“Ofrecemos arroz colorado, aguado, pollo estofado, fritadas de chancho y de res, carne asada, papas fritas y empanadas de queso y pollo. Y de tomar tenemos jugo de maracuyá y de naranja, chicha y colas”, detalló Francisca Morales mientas preparaba una fritada para servir a un cliente.
Al frente se encontraba el puesto de bebidas alcohólicas, un espacio cercado con cañas y una carpa vieja, el cual, en sus primeras horas, era como un refugio en el que los asistentes se acercaban con parsimonia, como exploradores antes de adentrarse en una selva desconocida.
A medida que avanzaba la noche, el bar de bebidas alcohólicas se convirtió en un epicentro de experiencias sensoriales. Las copas tintineaban como campanas de media noche, y los brindis llenaban el aire con la promesa de alegría y camaradería. Cada bebida con su carácter único acompañaba los momentos compartidos en la pista de baile, como un socio leal en la danza efímera de la vida.
“Tenemos whisky, cristal, cerveza, tequila, y tabaco para los tomadores, y también, pony malta, colas, agua, y frutaris para calmar la sed de los bailadores”, puntualizó Nexar Fajardo, el encargado del bar en esa noche.
El tequila, con su tono ámbar y aroma embriagador era como un desafío para los valientes. Su sabor ardiente conquistaba los paladares más intrépidos.
El Cristal, como una joya en su envase transparente, ofrecía su carácter fuerte. Era la elección de aquellos que buscaban, “un trago para hombre”, como se los escuchaba vociferar a los asistentes en las esquinas.
El whisky, dorado como un tesoro perdido, se alzaba con elegancia en su botella, su sabor profundo y enigmático como un abismo sinfín, ataría a aquellos que buscaban el calor y la intensidad en cada sorbo.
La cerveza con su espuma efervescente, se ofrecía en una variedad de marcas. Desde la Pilsener refrescante, hasta la Club verde con su sabor inusual.
El tiempo avanzaba y las personas se unían, en un éxtasis compartido, encontrando en las bebidas alcohólicas un elemento que realzaba los sabores de la noche y estimulaba los corazones.
Cinco de la mañana. El eco de la música y los pasos desvanecidos en el aire eran como una melodía lejana. La pista de baile se transformaba en un paisaje desolado, un reflejo sombrío de la fiesta que alguna vez fue. Las botellas vacías y la basura en la pista yacían como testigos mudos de la fiesta pasada, como las huellas en la arena después de una tormenta.
Los borrachos ahora rendidos, eran como marionetas sin hilos, sus cuerpos inertes como sacos de arena y algunos dormidos en las esquinas del lugar. Sus ronquidos se mezclaban con el susurro del viento, como una sinfonía disonante en medio del silencio de la madrugada.
En ese panorama desolador, el lugar del baile se transformaba en un recordatorio fugaz de la diversión y la euforia. Pero con el objetivo alcanzado, “se recaudaron entre 1500 a 1800, dólares, fuera de la inversión”, afirmó Jenny Vergara, presidenta de la comunidad La Mocora.
La diversión en la celebración puede tener un propósito noble y trascendental, la razón por la que se realizó el baile, fue para recaudar fondos para la construcción de una capilla en la comunidad de La Mocora de la parroquia Convento perteneciente al cantón Chone.





