Por: Miguel Zambrano
En un rincón humilde de un pueblo, donde el sol del mediodía parece desvanecerse con el color del tiempo, hay una mujer que con las manos curtidas por los años y su rostro cargado de experiencia sostiene una tradición ancestral, una guardiana de un saber que trasciende generaciones.
El escenario es una humilde casa de ladrillos, con techo de zinc y piso de madera, en la cual en una esquina se encuentra un horno a gas, un poco deteriorado por el paso del tiempo es su fiel compañero en su diario vivir.
El maíz amarillo, un producto naturalmente cosechado en el campo, el queso hecho por los ganaderos de las comunidades y el chicharrón sacado del chancho por los pesadores en las tercenas, son los actores principales de una mezcla de sabores únicos en la zona.
Su jornada diaria es un baile que comienza a las cinco de la mañana, antes de que cante el primer gallo al amanecer, y culmina bajo el resplandor dorado del atardecer. Con precisión mezcla maíz amarillo rallado, agua caliente y una pizca de sal y otra de azúcar en una olla de plomo, sus manos experimentadas saben la consistencia exacta que debe lograr la masa, suave, moldeable y pegajosa. Cada mezcla es una representación de las generaciones de conocimiento que han transmitido a lo largo de los años.
Angélica Rodríguez, su nombre sencillo, pero con una resonancia que perdura en el alma, es quien guía a su familia a través de las turbulentas olas de la vida. “Es muy cansado estar amasando hasta que la masa logre la textura exacta”, puntualizó Rodríguez, denotando en su rostro cansancio.
Una vez que la masa está lista con la ayuda de su esposo Ramón Mite, comienzan con maestría a formar pequeñas bolas de masa y las rellenan de queso y chicharrón, las cuales luego las aplanan en discos finos y uniformes. Sus manos hábiles y experimentadas realizan esta tarea con la misma gracia que se ejecuta una danza ancestral.
“Mi esposa me enseñó a hacer tortillas de maíz y ahora le ayudo para que salga adelante con el emprendimiento”, afirmó Ramón, mientras les daba forma a las tortillas sentando en un banco de madera.
Terminando de formar las tortillas, enciende el horno a gas y las coloca dentro en latas de aluminio para darles su forma final. Al contacto con la superficie caliente, comienzan a cocinarse. Angélica, vigila de cerca cada tortilla girándolas con cuidado a medida que se doran, cada una es un pequeño milagro en sí misma, una obra de arte culinario que lleva consigo el legado de su familia y la historia de su pueblo.
Mientras las tortillas se cocinan el aroma del maíz dorado inunda el hogar y se mezcla con el aire que ingresa por las ventanas. Con el pasar de las horas el aroma embriagador de las tortillas se eleva como una promesa en el aire, llamando a los vecinos y a todo aquel que cruza por la zona a servirse de las deliciosas tortillas de maíz.
Junto a su pequeña casa, la señora Angélica tiene un pequeño local que se convierte en su puesto de venta de las tortillas, y a medida que el sol alza su esplendor en el cielo, el aroma de las tortillas llena la pequeña instancia que se prepara para recibir a sus fieles clientes, que como golondrinas en busca de un refugio empiezan a llegar al local.
Los rostros cansados de los trabajadores del campo, de los residentes que se acercan al lugar a servirse y de los niños que regresan de la escuela, se iluminan al ver las tortillas de maíz. Como un faro en la noche su sonrisa les da la bienvenida y les calienta el corazón. Los clientes se agrupan alrededor de la mesa de madera del local formando una especie de comunidad efímera, unidos por el lazo invisible del hambre.
Los sabores, como una sinfonía de maíz calientan el paladar de los comensales. El maíz crujiente y tostado se fusiona con el queso fresco y el chicharrón creando un arcoíris de texturas y sabores. Cada tortilla es una obra de arte comestible, como si el arte y la vida se hubieran encontrado en un abrazo cálido en el pequeño local, el que se llena de risas y conversaciones como si fuera una fiesta espontánea, los amigos y familia se reúnen, y los viajeros que pasan por el lugar se detienen para probar el sabor único de doña Angélica, el cual se convierte en un faro de vida y comunidad, en medio del ajetreo diario.
“Me da un dólar de tortillas con una taza de café”, pidió Edgar Arteaga mientras se sentaba en una silla para servirse.
“Muy ricas y deliciosas las tortillas señora Angélica”, recalcó Viviana Intriago después de terminar de comer.
A medida que el día avanzaba y la última tortilla encontraba un hogar en el estómago de un cliente agradecido, su mirada se llena se satisfacción.
Juan Cedeño un visitante que pasó por el local para probar las tortillas declaró que quedó encantando y espera volver pronto para disfrutar de la sazón culinaria de la señora Angélica, añadiendo que llevó dos dólares de tortillas para su familia.
Con el sol descendido en el horizonte, concluye su jornada de venta, el aroma de las tortillas que había llenado el local se desvanece gradualmente en el aire, como si cada bocado compartido con los clientes hubiera sido un verso en la canción de su vida.
Al caer la noche, con un gesto de gratitud en su rostro Angélica cierra las puertas de su modesto local. El sonido de la puerta al cerrarse es un suspiro suave que marca el final de otro día de trabajo.
Al llegar a su casa, abre la puerta con suspiro de alivio y se adentra en la tranquilidad de su espacio, se toma un momento para reflexionar de su día y saca cuenta con cuidado de cuantas tortillas ha vendido, como si cada una de ellas fuera un tesoro que ha contribuido a su lucha diaria.
Angélica Rodríguez, residente de la encantadora parroquia Convento, perteneciente al cantón Chone, sonríe al darse cuenta que ha vendido ese día la cantidad de setenta tortillas de maíz, lo suficiente para poder sobrevivir y mantener su casa, debido a que las tortillas son su sustento diario, una fuente inquebrantable de esperanza en su vida.





