Por Jairo Vera
El viento de la mañana movió lentamente las servilletas húmedas sobre el cemento, mientras pequeños fragmentos de vidrio brillaban bajo el sol como si fueran pequeñas luces regadas por el suelo. El lugar conservaba marcas de una celebración, parecía haber despertado cansado, desordenado y cubierto por restos que nadie quiso recoger. El olor mezclado entre cerveza derramada, comida fría y humedad permanecía atrapado en el ambiente, mientras el silencio de la mañana contrastaba con el ruido que seguramente había llenado el sitio horas antes.
A cada paso el desorden se hacía más evidente. Botellas vacías, cajas de cerveza aplastadas y basura dispersa ocupaban varios rincones del lugar. Algunas servilletas y restos de arroz permanecían pegados al piso por la humedad, mientras el viento arrastraba pequeños papeles cerca de las mallas. El terreno reflejaba las consecuencias de un festejo que terminó entre desperdicio y descuido. En ciertas partes de la pista podían verse manchas oscuras de líquidos derramados.

A las siete de la mañana, seis deportistas llegaron para comenzar su rutina diaria, pero encontraron el espacio en pésimas condiciones. Antes de ingresar tuvieron que detenerse a observar el panorama que cubría gran parte del área. Uno de ellos apartaba botellas rotas con cuidado, mientras otro grababa con su celular el estado en que había amanecido el campo. Durante varios minutos, los mismos jóvenes recogieron parte de la basura para poder utilizar el espacio y evitar accidentes.
¿Y dónde están las autoridades? Si usan este lugar para eventos, también deberían venir a limpiarlo. Aquí entrenamos todos los días —respondió uno de los jóvenes con molestia mientras apartaba una botella rota con el pie.
Nadie respondió de inmediato. Algunos solo movían la cabeza con molestia mientras continuaban recogiendo desperdicios. Otro joven tomó una escoba improvisada hecha con cartón y comenzó a arrastrar los cristales hacia un rincón para despejar la entrada.
El sonido de las botellas chocando unas con otras interrumpía por momentos la tranquilidad de la mañana. Cada movimiento dejaba en evidencia la cantidad de basura abandonada en el sitio. El viento levantaba pequeños trozos de papel que terminaban atrapados en las mallas de la zona. Con el paso de los minutos llegaron dos miembros más, caminaban lentamente observando el estado del lugar. Un hombre que pasaba en bicicleta por el sector, observó el suelo lleno de desperdicios y comentó en voz baja:
—Después se preguntan por qué las canchas duran tan poco.
Las palabras quedaron flotando entre el ruido de las fundas arrastrándose por el piso y el sonido de los vidrios siendo apartados hacia un costado. Aunque varios jóvenes intentaban limpiar, el lugar todavía mostraba señales evidentes de la celebración de la noche anterior. Cerca de las gradas permanecían acumuladas varias bolsas negras mal cerradas. Algunas estaban rotas y dejaban salir platos desechables, vasos y restos de comida. Las moscas comenzaban a aparecer alrededor de los desperdicios, mientras el calor de la mañana aumentaba poco a poco.

Pese al desorden, los deportistas decidieron continuar con su entrenamiento. Después de retirar parte de la basura, comenzaron a correr alrededor de la superficie intentando ignorar el olor y los residuos que todavía permanecían en algunos sectores. Cada cierto tiempo alguno se detenía para mover una botella o apartar algún vidrio que seguía en el camino.
El contraste era evidente. Mientras unos intentaban mantener el espacio limpio para practicar deporte, las huellas de una fiesta seguían presentes en cada rincón. Las mallas sostenían vasos plásticos atrapados entre los huecos y varias latas permanecían aplastadas cerca de las líneas blancas del área de juego. El lugar, que normalmente suele utilizarse para actividades recreativas y entrenamientos, amaneció convertido en un escenario marcado por el abandono.
Con el paso de las horas el sol comenzó a secar lentamente las manchas sobre el cemento. Sin embargo, la imagen del lugar seguía transmitiendo la sensación de descuido. Los jóvenes terminaron su rutina cerca de las nueve de la mañana y antes de retirarse dejaron acumulada gran parte de la basura en un solo sector, esperando que alguien finalmente llegara a recogerla. El sitio quedó en silencio otra vez. Solo el viento continuó moviendo algunas servilletas sobre el piso, como las últimas señales de una celebración que terminó dejando más basura que recuerdos.
Horas antes, en ese mismo sitio ubicado detrás del shopping de Bahía de Caráquez, se había realizado una confraternidad organizada por el Municipio de Sucre el pasado 22 de mayo. Tras culminar el evento, gran parte de los desperdicios quedaron abandonada en la cancha de tenis, dejando el lugar cubierto de botellas, latas de cerveza, cajas, restos de comida y basura hasta la mañana siguiente.





