Por, Mero Zavala Nathaly Carolina
Cuando la alarma suena el calvario empieza, donde cada minuto de esas agónicas 8 horas se convierten en la enemiga de cada noche. La armadura de batalla se basa en delantal, botas amarillas, mascarilla, redecilla en la cabeza y manos llenas de fuerzas para un día más de guerra.
Las mujeres ingresan a retirar su herramienta de trabajo para la ardua noche de un sábado que tiene hora de entrada más no de salida. De lunes a viernes sus horarios son estables y con dos turnos rotativos se dividen su ejecución. Pero en esta semana se aumentan horas para exportar el pedido de inmediato.
El personal se mira entre ellos con cansancio y dolor de una espinosa semana y un día más que están obligados a producir. Solo les queda poner fe de que finalizarán temprano y se marcharán a sus casas a descansar.
Miriam Zavala, obrera, es una de las empacadoras considerada la más vertiginosa, líder del empaque, lleva más de 15 años en su trabajo y confiesa que sus hijas son ese pilar fundamental para mantenerse de pie. Con rostro macado de ojeras, piernas hinchadas y manos rasguñadas. Está a la orden de su jefe y de la tarea que tiene por entregar, como todos los días.
Los encargados en la noche productiva son 3 “un ingeniero, un experto en la calidad del producto y un supervisor general”, infirió Miriam mientras acomodaba su mandil. El grupo en total ronda alrededor de unas 250 personas entre limpiadoras, despellejadores, volteadores, operarios de cocina, entre otras funciones. El turno de la noche es el conejillo de india para laborar la noche del sábado.
Momentos de sufrimiento
Como pájaros enjaulados están en un lugar donde se debe obrar como máquinas de acero y donde el agua se hace la gasolina para esos motores pulmonares sin opción a renunciar. María Vélez es la primera en desmayar en esa noche calurosa e intensa. Cae al suelo y de inmediato la camilla la lleva al departamento médico donde la dirigen al Hospital, entre los rumores están que sea solo un simple desmayo o un bajón de presión arterial. Mientras tanto Rosita siente no poder más, su cara de “zombie”, delata su falta de fuerza. “Son situaciones que pasan diario y a las que uno al salir de casa ignora. Sabes cómo sales, mas no como llegarás”, resalta Miriam.
De a poco la situación se torna color de hormiga. La alarma de primeros auxilios se activa como un estruendo que anuncia una desgracia, y por la mente de todos pasa la idea de que ha vuelto a ocurrir otro accidente. Se trata de Rosalía la encargada del peso neto del producto final, una desconcentración la llevó casi al borde de la muerte, luego de su caída riesgosa solo sollozaba “quiero ver a mis hijos”.
La concentración para Rosalía es dificultosa, en medio de ese pantano, es un reto al que se arriesga diariamente, “tengo a mis hijos delicados de salud, pedí permiso, pero me lo negaron “, puntualizó mientras sus vistas enrojecidas reflejan un mar de tristeza por la preocupación de haber dejado a sus hijos solos. La supervisión se hace la ciega ante la falta de personal que de a poco retrasa el proceso.
La labor se vuelve más exigente, la cantidad que están entregando ya no es suficiente, se programa una cantidad que se tiene que entregar para ganar su día y están yendo a paso de tortuga. Accidentes como cortes, caídas son recurrentes y pasan por desapercibidos. El único objetivo que es válido es lograr la cantidad propuesta por los jefes.
Noche forzosa
El reloj parece congelarse, las horas se alargan y el entorno es angustioso. Afuera la luna brilla e ilumina esta oscura y cruel realidad. Llega la madrugada del sábado ,3 de la mañana y los obreros alzan su propuesta de no trabajar un segundo más, el agotamiento se apoderó del sitio. La responsabilidad de los jefes se les va de las manos como agua entre sus dedos.

El contrato de esa noche consistía en, laborar y retirar su pago esa misma noche, situación que se pasó por alto. La prueba de fuego aun no era superada, pero la producción estaba consciente de que luego de esa huelga muchos quedarían despedidos. Sin embargo, la esperanza y energía ya estaban por los suelos, creían haberlo perdido todo.
La amenaza se presentó, las palabras exactas fueron “el que quiera irse se va, pero regresa el lunes a retirar su liquidación. No se quiere gente ineficaz y el resto a seguirle”, vociferó una de las autoridades encargadas del personal con tono exigente. La bulla empezó a disminuir llegando a un silencio augusto, “a agachar la cabeza como animales y terminar”, infirió Rosita con mirada fija en el reloj. La labor tuvo su macabro final, el 70% de la producción fue pagada y el 30 % restante quedó citado para una liquidación espontánea y sin opción a reclamos.
Un tenebroso fantasma ronda en la ciudad de Manta al ser puerto atunero y exportador. La oscuridad que hace parte de este panorama fantasmático se le llama la otra cara de las empresas, lugares donde cada hora vale. Cada minuto es como ganar un centavo más para ese anhelado sueño familiar. Problemática que persiste y se pasa desapercibida.
Las ilusiones de satisfacer las necesidades de sus hijos y brindarles una vida digna llenan de energía a las mujeres de este mundo empresarial. Sus reclamos se centran en un sueldo digno al que no están acostumbrado, pero al que si están designados a merecer. La explotación laboral es un fenómeno que está arrasando vidas y normalizándose en la sociedad actual. Las voces de los trabajadores de fábricas atuneras son un susurro inmerso en una ola de injusticia.





