Por: Melany Montero
Día 27 de septiembre de 2023, 21:00 PM, el silbido de la noche se hacia pequeño en comparación con el volumen de la televisión. La serie que disfrutaba junto a mi amiga pasó a segundo plano cuando un estruendo entró por todos lados como lluvia en una casa con goteras. Las fiestas de fin de año vienen a medio camino, así que, el sonido no era de fuegos artificiales.
El silenció huyó desesperado con la misma dirección que el sollozo de una mujer, que, con el corazón en la mano clamaba a Dios por piedad. No podía creer lo que sus ojos habían visto, hombres desconocidos acribillaron a su conviviente mientras a ella le perdonaron la vida.
Nadie sabía cuántos eran y que armas usaron, pero los sentidos de la gente del sector “7 Puñaladas”, están acostumbrados al grito de un fusil, el olor de la sangre corriendo por el asfalto y la pólvora danzando en un espiral de humo espectral. El populacho volcó a las calles siguiendo el eco desgarrador que salía del pecho de la fémina y en instantes habían rodeado la escena como hormigas a un caramelo.
La puerta de caña fue abierta a la fuerza por un morador para atender el llamado de la dueña de casa antes de que la Policía llegue. Los verdugos en cambio habían entrado como ladrones por un costado del cerco, ante la mirada impune del cielo estrellado. Habiendo cometido el acto atroz, huyeron en un auto que vociferaba sobre el asfalto una victoria más del hampa.
La Policía hizo su arribo, las balizas de sus autos bañaron de colores el rostro gris de los vecinos que miraban atónitos. Las paredes de la casa ocultaban celosas el cadáver de la víctima, los curiosos movían su cabeza como péndulo intentando ver algo hacia adentro, las mujeres en bata de dormir y los hombres sin camisa, aguantaban el frio de la noche que no se debía a la temporada, sino al helado paso de la muerte que arrastraba su guadaña por las calles aledañas.
“Mataron a Guanábana”, musitó un hombre con rosto triste y voz apagada, “sí lo conozco, es hijo de Don Pedro”, respondió otro. Los susurros se apoderaron de la cuadra y al mismo tiempo un silencio sepulcral invadía todo, excepto cuando la viuda recuperaba el aliento y volvía a reclamar a Dios elevando quejas hacia el cielo. “Por qué, por qué, ay Dios, por qué”, cuestionó diez mil veces la mujer, con su rostro ahogado en lágrimas.
“A ver señores, despejen la zona por favor”, sentenció un Policía que sostenía en su mano una cinta de color amarillo, vieja y estirada de tanto presenciar escenas del crimen, la amarró en la cerca de la panadería y cruzó la calle hasta marcar una frontera impenetrable, que solo sus compañeros de turno podían cruzar.
A lo lejos el aullido de una ambulancia rebotaba en las paredes de la fábrica que custodia el barrio más peligroso de la ciudad. Su paso por la escena del crimen fue efímero y tímido, ni siquiera se estacionó, perdiéndose en el horizonte, regresando a su estacionamiento porque ya era inútil, no había un herido sino una víctima.
“La ambulancia se fue nomás, ya han de haber dicho por la radio que ya no venga, que estaba muerto”, apostó uno de los presentes, otros asentían dándole la razón. Poco a poco llegaban los periodistas con celular en mano, acaparando la atención de los presentes, con sus frases celebres y sus chalecos distintivos, “comprar, comprar, comprar esta transmisión”, vociferaba uno de ellos mientras era cubierto de miradas.
Las calles aledañas se habían llenado de autos, las sirenas eran mudas, pero el rojo y el azul cegaban a los conductores que hacían maromas para cruzar la avenida hacia su destino, no sin antes echar una miradita hacia ese mar de gente que se había agolpado al pie de una casa.
Los radio comunicadores en el pecho de los gendarmes empezaron a zumbar como abejas y enseguida cada uno subió a su moto. Eran unos 10 motorizados que salieron precipitadamente con la misma dirección, “van a hacer operativo”, cuchicheaban los vecinos, “ya han de haber cogido a los sicarios”, adivinaba otro, lo único cierto es que las piernas ya dolían y el frio nocturno carcomía los huesos de los adultos mayores que habían caminado pesadamente hasta la escena del crimen.
Los minutos transcurrían y la curiosidad eclipsó los relojes, la noción del tiempo se evaporó y ya eran las 11 de la noche, de uno en uno la gente se fue retirando, llevándose imágenes tristes con las que posiblemente sueñen esa madrugada, y un tema de conversación que tocarán temprano en el mercado, en la tienda o el comedor.
Finalmente, cuando quedaban pocos moradores al pie de la casa, una camioneta de colores familiares se acercaba por el otro extremo de la vía. Medicina legal arribó al lugar para llevarse el cuerpo del desafortunado vecino, llevándose con su cáscara sus sueños y sus anhelos en este mundo terrenal.





