Por: Angie Intriago
Cuando se escucha el primer canto del gallo a las 6h00, una mujer valerosa, constante y guerrera de la vida, pone en pie su día con la mejor actitud, mentalizándose en la aventura que tendrá hoy y como lo ha sido durante 4 años.
Lleva su pelo corto hacia atrás, con una diadema que está en la corona de su cabellera y zapatos que combina como si se tratase de su uniforme diario, los aromas de sus cremas empapan su vivienda, va dejando a su paso su agradable olor en cada rincón del hogar. Su rostro luce, feliz, enérgico y fresco.
Esta Inspiradora mujer de dulce nombre es Ana Yolanda de 79 años de edad, quien ilumina los pasillos de las terapias del Hospital con su brillante carisma y sonrisa.
Sus pasos al salir de su hogar son cuidadosos y cortos. Hace el esfuerzo por caminar de su casa hasta la calle para coger un taxi que lleve en su angosto maletero su silla de ruedas. Sigue su curso hasta el IESS de Manta a esperar ser atendida. Mira a lo lejos la pantalla que marca su nombre. La hora de la terapia se acerca.
Las agujas del reloj marcan las 8h30 y Yoli, como le dicen de cariño entra saludando a todo el personal.
- Buenos días licenciadas- exclamó
En el largo y amplio corredor camina atrás de ella camina su hija Jazmín Delgado, quien es encargada de llevarla a consultas que tiene mes a mes.
El terapista Efraín Espinales es quien la recibe tres veces por semana, camina a su costado y alza el brazo hacia su cuello para poder levantar a Anchundia y situarla en la camilla para el inicio de sus ejercicios
Con mucha sutileza revisan la presión de Ana para evitar fuertes palpitaciones. Inician poniéndole compresas calientes, sacadas de lo que pareciera un congelador, luego envuelven su cuerpo con mantas para mantener el calor, envolviéndola como si de una flor se tratase.
Después de un tiempo procede a bajarla de la camilla e intenta que su adormecido cuerpo camine, apoya su mano en el largo y frio tubo, da pasos lentos pero seguros. De fondo las voces de apoyo de las licenciadas adornan sus oídos exclamando que ella puede que respire y siga.
A las 12h00 es el horario de salida de Ana, después de una serie de ejercicios, se despide, da las gracias y camina con recelo a su silla, se sienta y es llevada por su hija por los pasillos para llamar un taxi y marcharse del lugar, se siente cansada y su respiración la delata.
Llega casa a la 13h00 es el horario que habitualmente acude a casa, sin embargo, con voz baja susurra que no desea comer, desea descansar. Su hija va preparando la comida, trata de hacer el menor ruido posible, pasan los minutos y se escucha el sonar de su estómago, despierta por el dulce aroma de la comida, limpia su rostro con un paño húmedo y procede a arreglar su negra cabellera, respira e intenta con todas sus fuerzas dar pasos para sentarse en su silla y poder comer.
-Hay días en los que puedo caminar sin miedo y otros en donde necesito mi silla de ruedas, mis hijas siempre están pendientes de mi bienestar- sollozó Delgado
Debido a los cuidados que necesita, sus hijos buscaron a alguien que esté pendiente de las necesidades de Ana, sin embargo, optaron por darle esa responsabilidad a su hija menor Jazmín porque se encontraba desempleada.
Para aliviar la carga de su hija, Ana trata de realizar los oficios de su casa, después de comer, llama a su nieta para que le lleve su ropa al patio y poder lavar, saca su silla y la pone a un costado de la lavadora. De esta forma, su hija se encarga de limpiar la casa y hacer comida para las dos.
Los hijos de Delgado sonríen al verla alegre, pero eso es solo momentáneo, al mirar atrás y recordar la enérgica mujer que era su mamá y que ahora desean desde lo más profundo de su corazón vuelva a ser, después de pasar a saludarla y salir de casa se revela en su rostro tristeza y nostalgia.
Después de terminar de lavar, es hora de un pequeño descanso, comienza a hacer crucigramas para fortalecer su mente, abre su cuaderno y busca en la sopa de letras.
El único día que tiene que ir a terapias es el martes, una vez por mes, los otros días los dedica a fortalecerse en casa, regar sus plantas y ver novelas.
Pero no todo es color de rosas, las caídas que ha tenido su salud muchas veces son un martirio. Pero aun siente que tiene que ver muchas cosas más, su familia sirve de motivación para seguir adelante.
Al retornar su esposo a casa, Yoli recibe el abrazador beso de su esposo, una escena que derrocha ternura y amor. No hay mujer más feliz que el ser abrazada por la persona que amará hasta el último respiro de sus días.
A su corta edad perdió a su madre, recuerda muy poco de ella relata muchas veces verla en su sueño y darle un cálido abrazo en su mejilla, se pregunta si su vida sería diferente si hubiese estado durante más años la figura de su madre.
Lo que no sabe Ana es que sus hijos la toman de ejemplo en la vida para seguir adelante y no desmayar ni por condiciones físicas que son limitantes y aunque a veces quieren tirar la toalla por la situación del país, pasa en su mente la imagen de su madre y todo lo que ha logrado y hecho por ellos, logrando salir de esa ola de problemas que genera su mente.
El morado y el verde habían calado el lado derecho de Ana, por las veces que las medicinas y caídas pasaban por su frágil cuerpo, poco a poco ha ido rompiendo las cadenas del miedo a caminar y volver a caerse y seguir intentando.
Hace 5 años, Ana sufrió un derrame en su parte derecha del cuerpo, causada por el estrés, desde entonces ha tenido que pasar dolorosos tratamientos para volver a caminar. Sus gastos hacienden a 100 dólares semanales en pastillas, dinero que sale del bolsillo de sus hijos quienes semana a semana, realiza actividades para poder recolectar la suma. Sin embargo, en descuidos ha tenido caídas que le han costado su oportunidad de caminar, para volver a la silla de ruedas.





