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Once atmósferas

Yandry Anchundia por Yandry Anchundia
27 octubre, 2023
in Sin categoría
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Pasillo del Hospital de Especialidad de Portoviejo

Pasillo del Hospital de Especialidad de Portoviejo

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Por: Priscila Andrade

Cae el meridiano y en un pasillo del hospital de especialidades se oyen pasos de once amigos, compañeros y hermanos para darle vida a sus cuerpos. Se reúnen en la sala de descanso para alimentar su mente, cada bocado es llevado con cansancio, las cucharas tiemblan como si fueran un chinesco. Se pinta un caos cuando el reloj anuncia la entrada para su zona de espera.

Incontables cabezas en una larga línea como piezas de jenga, con mascarillas en sus manos, recipientes pocos casuales, otros guardando puesto al hermano que se desvío por respiros. Pasan lista como si fueran niños de jardín, dicen presente, ingresan a la sala, se colocan su bata, y con la mirada más eterna dicen hasta luego.

De repente entre el silencio se oyen los primeros pasos del medio día, el nefrólogo. Nelson Mora, director de la sala, está de observador. Sus ojos revelan trasnocho, están rojos. Un gesto de cansancio cubre su cuerpo, se queda seco de ideas, mirando hacia el horizonte llama a la jefa de la zona 4 de la sala.

Cinco nefrólogos y un auxiliar de enfermería destinan al equipo, “apenas entraron y ya don Macías se alteró”, murmura un familiar. Los especialistas se dispersan en medio de la sala, parecen una burbuja que cae al suelo para estallar.

Después de una hora los familiares salen de la sala, se dirigen a observar tímidamente el sol mientras hacen chistes negros para pasar el tiempo. Llegó “hierba luisa” vocifera con voz de amistad María, familiar de Juan Carlos.

Empiezan a conversar acerca de la psicología social, Flerida saca una botella de jugo, ella sudaba a litros, saboreando y suspirando se terminó su bebida. El guardia se les acerca sonriendo para conversar, en eso la nefróloga Katiuska Almeida se aproxima, y les pide traer la inyección del día.

Pasaron dos largas horas, era un vaivén de emociones, unos familiares cansados, otros energéticos, pero los médicos parecían estar en una carrera de rinocerontes, “mamá de Juanito”, grita el doctor Elvis Macías, necesito las gotas para controlar a “Juano”, él padece de esquizofrenia, al parecer tuvo una crisis en medio de la sesión.

Los familiares nuevamente van pasando uno a uno a la sala de espera, el aire acondicionado transporta el olor a hospital y aterriza en la nariz. Mientras el tiempo corre lento, se acerca el licenciado de enfermería Carlos Figueroa, le anuncia a la mamá del paciente Eddy Mora que la doctora María Cárdenas necesita hablar de urgencia. Ella se levanta desesperada, deja en el vacío su cartera y se va corriendo. Mientras, los demás familiares en espera, se cabecean, y otros cosquillean sus redes sociales.

Afuera, el candente sol está que muerde, y las cabecillas del reloj no se mueven, la secretaria está inmersa en su computadora, no presta atención al enfermero quien requiere de un informe médico. Asoma el director de nuevo, se acaricia el cuello, al parecer le duele, sigue caminando hasta el fondo del pasillo, e ingresa al consultorio derecho con su rostro desesperado.

El reloj marca las tres cuarenta y cinco de la tarde, los demás familiares reaparecen, saludan con sus bromas representativas, son como el agua en medio del fuego, ellos son la calma. Llega el guardia, observa minuciosamente a su alrededor, se acerca a extenderle la mano a cada uno como seña de bienvenida.

Al fondo del pasillo están los jóvenes encargados de la limpieza. Llevan un brillo sutil en sus ojos, como el amanecer de cada día. Encarcelados de la rutina destinan la mirada al suelo, mientras hacen bailar el trapeador de izquierda a derecha sin parar.

“Linda tarde”, se deja oír la voz de una señora, “hoy sale temprano la tripulación”, aseguró con voz de felicidad, después llega el esposo de la paciente Italia Cedeño y anuncia que, ya se puede retirar la medicina para la semana en la farmacia del hospital.

Se escucha el tictac de un reloj anunciando que ya son la cuatro de la tarde, el primer paciente se asoma, su aspecto es cansado, casi desmayado, solo pide una manzana y se sienta. Comenta que todo estuvo bajo control, pero fue fatigosa la sesión de hoy. Pasaron los minutos y la sala de espera parecía llenarse, y el rostro de los familiares lentamente se fruncían con dirección al agotamiento.

Sale el segundo paciente, René Alvia, su semblante es reluciente, a él le fue bien, “hoy me quedé dormido por cuatro horas”, bromea. Pasadas las cuatro de la tarde, aparece el paciente Nolverto Dueñas, su brazo izquierdo goteaba sangre, el auxiliar de enfermería le colocó un parche, él hizo muecas de dolor, sus hombros se encogieron, “me mareé”, rezongó.

Un optimismo y cuatro horas de lucha acompañan a Simón Aguayo y sus diez compañeros de diálisis al Hospital de Especialidades en Portoviejo a enfrentarse cual gladiadores contra un mal que les aqueja.

Se nota el brillo de esperanza en los ojos de Dolores Vera cuando cada martes se enfrenta cara a cara a la deficiencia renal, un padecimiento que no mira edades, Eddy Mora es ejemplo de ello, a sus 22 años ya la sufre a niveles de gravedad extrema, su madre es aliento de vida y su segunda oportunidad porque existe la esperanza como ajena de que su riñón salve a su hijo, dándole vida por segunda vez, se someterá a un trasplante directo vivo que se lo donará la luz de su existir. Su caso es peligroso, sus riñones no funcionan, no hay goteo, todo está en que su organismo no rechace su oportunidad de vida.

A Eddy se suman diez vidas más en la lista de espera para un trasplante de riñón en el Hospital.

El gasto por cada paciente es de 120 dólares por día que se hacen diálisis. En total, los días martes, jueves y sábado el Hospital de Especialidades de Portoviejo, en el área de diálisis es de 1,320 dólares. Una lucha por salvar vidas, cada uno de ellos con una historia diferente, pero con un mismo objetivo, darles vida a sus vidas.

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