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Temple de acero

Carolina Molina por Carolina Molina
27 octubre, 2023
in Crónicas
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Temple de acero

La señora Ana vive en el barrio Nuevo Montecristi con su esposo

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Por: Steven Pérez

En el desértico y apagado barrio Nuevo Montecristi, donde el tiempo parece avanzar como tortuga y los destinos parecen ser inciertos, se emana un ambiente de dificultades en una pequeña casa de caña y ladrillos.

Entre paredes sucias y desgastadas, la señora Ana Arteaga con una dulce sonrisa, un cabello de brillo plateado y manos encurtidas por el paso del tiempo da la bienvenida a las dificultades que día a día debe lidiar con su negocio para subsistir y seguir erigiendo felicidad a su vida.

A sus 81 años, Doña Ana ha hilado su propia saga de resiliencia en medio de una situación económica inhóspita. Con un esposo enfermo, una hija que la cuida y dos nietos que a veces carecen de compañía, son su única fortuna en su circunstanciada vida.

Cada día, desde el alba hasta el ocaso, se mantiene con los brazos abiertos a la visita de clientes frecuentes ante su humilde negocio. Venta de bidones de agua y tanques de gas son su fuente sagrada de ingresos.

Cada mañana, antes de que asome el sol, Doña Ana se levanta a desayunar. Uno de sus seis hijos vela por su bienestar así como la de su esposo, Alfonzo Tubay de 80 años que por naturaleza de la vida se encuentra en un estado incapaz de moverse, la causa, un derrame cerebral.

La hija Benita Tubay de 49 años es la viga que sostiene el bienestar de sus padres, Doña Ana y Don Alfonzo. La señora Tubay asevera que a pesar de trabajar en una fábrica siempre está al corriente de la salud y bienestar mental de sus padres. Sonríe nerviosa.

 

Una pequeña mesa rectangular es el punto del –buenos días- con todos los integrantes de la familia, hijos y nietos. Con lo poco que tienen sacian su hambre de seguir adelante. El resto del día, Doña Ana y Don Alfonso se quedan solos en casa.

En el silencio del hogar yacen allí en la espera de cálidas manos que los atienda. Sin embargo, entre pasos pausados y una mirada serena se para frente a la llegada de sus vecinos y clientes.

Algunos se detienen para hablar hasta por los codos, quizás buscando en Doña Ana una pizca de inspiración en su propia rutina diaria. Otros, conmovidos por su situación, dejan una moneda extra, entendiendo que las mejores personas tienen una vida de constantes batallas.

Las personas que entran a su morada observan con desconsuelo como vive ella. Un cordel con ropa tendida, paredes lúgubres y con redes de telarañas, un techo en mal estado por el clima, una vieja cocina y dos camas a plena vista es la primera impresión de quienes lo observan. Es una imagen que entristece la mirada de sus clientes. Muchas veces recalcando lo valiente y fuerte que es por adaptarse a este entorno de dificultades.

La vivienda carece de seguridad, y en los inviernos el techo no aguanta las fuertes lluvias

Otra razón de pena para los moradores, es como la señora Ana ayuda a su esposo con cualquier rutina fácil, pero que para Don Alfonzo ya le es difícil. Con los pequeños susurros que le dice a su esposa Ana, ella trata de entender lo que dice. Lo ayuda alimentándolo, aseándolo e incluso vistiéndolo, pero claro con la mano de su hija cuando se encuentra en casa. Don Alfonzo y Doña Ana son testimonio de una pareja que están siempre en las buenas y en las malas.

Doña Anita, a pesar de sus años, es una prueba viviente de que la edad no es un límite para la dignidad y el trabajo. Cada pequeño paso que da con su bastón  es una afirmación de su propia existencia y una declaración de que su valor como ser humano rompe esa barrera social de que tenerlo todo no es necesario para escalar a la  felicidad, la perseverancia que lleva en su corazón la hace ver como el ser más fuerte del mundo.

A pesar de ello, no podemos ignorar la cruda realidad que enfrenta. La pobreza se cierne sobre ella como un malvado ser omnipresente, limitando sus posibilidades y perturbando su bienestar. De igual manera, consiente de su situación  hace lo posible para levantarse cada día.

Doña Ana es diabética y se apoya de un bastón para poder caminar cada día y, su esposo Don Alfonzo padece de estado vegetal. Su sueño es poder mejorar su hogar y recibir un bono solidario que la sustente.

Por otro lado, en el momento de vender, ella es quien da el ingreso a su hogar para que lleven lo que desean. Los bidones y gas están en la sala de su casa.

-¿Puedo pasar?- pregunta uno de sus vecinos, a lo que ella asiente con su cabeza denotando una gentil mueca. El vecino lleva su bidón y deja el dinero a Doña Ana, agradeciendo ella por la compra realizada. “Es la confianza por su vecindario que ilumina las mentes propensas de algunos que no la tienen”, asegura Ramón García, vecino y amigo de la señora Ana desde joven.

Al final del día, termina la luz para dar comienzo a la oscura noche, cuando el sol se oculta en el horizonte y las luces de los descuidados posters del barrio comienzan a titilar, Doña Ana no da culminada su jornada aún, sabe que existe la posibilidad de que alguien necesite de lo que ella ofrece. Con pequeños ingresos de su jornada, son el fruto y el sostén de su dignidad.

Ana tiene la mirada fija en el futuro, sigue adelante, sin rendirse, porque sabe que su existencia tiene un propósito y que su historia es una fuente de inspiración para todos los que tienen el honor de cruzar en su camino.

A las siete de la noche llega su hija con su nieto, ambos trabajan en el mismo lugar. Doña Ana se siente a gusto de que hayan llegado bien. La señora Benita no es la única que resguarda por la salud de sus padres, sus otros hermanos de vez en cuando la visitan para convivir un día de calidez hogareña.

Regresando al vinilo de la noche, la señora Ana comparte una cena con el resto de su querida familia. Entre el mutismo del momento y la temprana noche decide finalizar su jornada, porque a pesar de que ella trabaje en su casa todos los días, siempre está para recibir clientes así sea que esté en una situación de normalidad.

Nueve de la noche, cuando el eco de una tele prendida suena y un foco parpadeante se aprecia. Doña Ana finaliza su día recostándose entre pequeñas sábanas y una cama incómoda ante la mirada, pero suave para un cuerpo tan desgastado como el de ella.

Doña Ana es diabética y se apoya de un bastón para poder caminar cada día y, su esposo Don Alfonzo padece de estado vegetal incurable. Es orgullosa de haber crecido en el cantón Santa Ana, su sueño ahora viviendo en Manta es seguir mejorando su bienestar social.

Doña Ana aspira tener el llamado “Bono Joaquín Gallegos Lara” dado por el programa solidario Manuela Espejo, que consiste en una ayuda económica mensual de $ 240 dólares para las personas con discapacidad, enfermedades catastróficas o raras y extrema pobreza. Anhela este apoyo para mejorar y emprender nuevos negocios que la ayuden a pagar sus deudas de luz y agua potable.

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