Por Mayra Chilan
Lunes. seis y media de la mañana. Las primeras luces del amanecer iluminan el puerto de la costa central. Mientras las olas besan suavemente la arena y las primeras aves, en busca de su alimento sobrevuelan con un mensaje de bienvenida. En la esencia de este hermoso paisaje se avistan entre las orillas del mar botellas de plástico, acompañados de envoltorios y residuos de comida.
Por otro lado, una pequeña caseta que aguarda ser revisada pues a sus alrededores la agobia las pequeñas colillas de cigarro y un imponente mal olor. Todo esto revelando un espectáculo que desafía la belleza natural, donde la basura esparcida a lo largo de toda la zona opaca las pequeñas áreas verdes del lugar y se envuelven entre la arena hasta llegar al agua para ser arrastradas por la corriente, perdiéndose en alta mar.
La playa, en su calma matutina, es como una hoja en blanco en manos del océano esperando que la vida la llene de historias. Sim embargo, esta hoja ha sido mancillada por los susurros desgarradores del viento y las huellas de la humanidad, que como un pergamino entintado por el descuido refleja toda su irresponsabilidad.
LAS PRIMERAS VISITAS
En otro escenario se visibiliza las primeras visitantes del día. A plena vista se acerca un joven fornido, quien como si el mismo viento lo sacudiera corre en una danza de ejercitación. Minutos después un vendedor llega a abrir su puesto. Empieza preparando todas las frutas que van a ser licuadas y convertidas en un delicioso extracto. A su lado María Ramo, la dueña y más conocida vendedora de empanadas de la zona, quien en sus ojos llenos de energía refleja el ahínco por iniciar un día de labor.
A lo lejos en la entrada un pequeño, pero notable grupo se observa acercándose, que mientras más pasan los minutos cada vez se hace más grande, en ello se puede ver que están totalmente equipados de diferentes artículos como guantes y enormes bolsas de basura. A su alrededor emana una gigantesca dosis de entusiasmo, que se percibe desde muy lejos. Este grupo se dispone a iniciar su acción que consiste en ayudar a devolver el brillo a la playa.
EL PODER DE LA COMUNIDAD
Aquí jóvenes, maestros, mujeres y niños de la comunidad mantense, se unen para demostrar que la comunidad tiene un rol vital en la preservación de su amado paisaje costero. Por lo que con mucha pasión estos voluntarios se reunieron para cambiar este día normal para ellos en un día de limpieza costera.
A medida que el día avanzaba, más personas se unieron al esfuerzo. Vecinos y hasta los mismos turistas que vieron la buena acción se acercaron para ser parte de la actividad. Testigos del trabajo en grupo, no dudaron en unirse a la causa. La playa se convertido en un crisol de edades, donde todos estaban unidos por su amor hacia el mar y el deseo de protegerlo.
Algunos voluntarios, animados por la necesidad de cuidar su entorno, no dudaron en zambullirse en la tarea y emprendieron su camino, donde de punta a punta de la playa El Murciélago, planeaban recorrer para devolverle su esplendor. Botellas de plástico, latas de refrescos, fragmentos de vidrio y otros desechos que habían llegado a la costa eran recogidos con cuidado. Cada objeto retirado era un paso hacia la restauración del ecosistema.
Elena Ruiz, parte de Fundación Mingas por el Mar y líder de la actividad, aclaró el objetivo que como voluntarios cada uno tenía. “Todo lo que se ama se protege, si a alguien más no le es importante, como comunidad tenemos que ayudarnos a entender de que debe importarnos, ya que este es el presente y el futuro de nuestros niños, amigos y vecinos que esperan en algún momento visitar y disfrutar de este hermoso lugar”, afirmó.
Conforme el sol ascendía en el cielo, más personas se unían a la iniciativa. Los voluntarios no solo limpiaban, sino que también se acercaban a los visitantes y turistas para concienciar sobre la importancia de reducir los residuos y reciclar. Sus esfuerzos no solo estaban transformando la playa, sino también las mentes de quienes la visitaban.
En un descanso de la actividad los jóvenes voluntarios se acercaron a la caseta que está cerca del mar para tomar un respiro. En ello Amanda Lecrivain y Daniel Palacios joven pareja que forman parte de los voluntarios, no pudieron soportar el mal olor que provenía del lugar, así que como resultado de ese malestar decidieron ayudar y jugar un poco. Algunos voluntarios más tomaron las fundas de basura para llenarlas del agua del mar y poder limpiar a fondo los las paredes del lugar. Lo que aparentemente parece funcionar.
A su vez Josselin Bravo, admitió la realidad que hoy en día se vive, pues la humanidad en sí, se ha vuelto exasperante por sus malas acciones y la falta de conciencia, por lo que en cada actividad ellos intentan atraer a la comunidad para que se unan a estas acciones.
Mientras la brisa marina acariciaba la arena dorada, voluntarios locales se congregaban con bolsas de basura, guantes y una inquebrantable determinación que hacía más y más grande su trabajo.
UN FUTURO MÁS LIMPIO
El equipo de voluntarios se puso manos a la obra para terminar su trabajo y luego de algunas horas, empezaron a recolectar los desechos que habían llegado con la marea, además de la limpieza de la caseta. En otro lado algunos voluntarios acomodaban las fundas llenas de botellas de plástico y restos de envases, que eran retirados minuciosamente para prevenir que terminaran en el océano, donde amenazarían la vida marina.
El día de limpieza en las orillas de la playa va evolucionando y como resultado no solo dejó una costa más limpia, sino también un legado de concienciación. Los voluntarios se acercaron a los visitantes para educar e informar sobre la importancia de reducir los residuos y reciclar. Con la esperanza de que las próximas generaciones puedan disfrutar de la costa sin encontrar basura en el lugar.
CELEBRANDO EL ÉXITO
Finalmente, el sol se colocaba en lo alto y daba por terminada la jornada de limpieza, donde con una celebración en la playa, los voluntarios compartieron historias y comieron juntos, mientras intercambiaban sus números para tener en sus contactos a estos nuevos amigos. Todos disfrutaban de la vista renovada de la playa El Murciélago en la ciudad de Manta. Los participantes y una parte de la comunidad se fueron con la promesa de mantener su costa hermosa, y todos unidos en su compromiso de hacerlo. Con total 56 fundas llenas de plástico, 12 fundas con botellas de vidrios, casi 3 fundas de colillas de cigarro entre otras cuantas que se llenan de desperdicios de comida y prendas de ropa abandonados, junto a ello casi una docena y media de persona que fueron las encargadas de dejar y limpia la playa con su buena acción.
El día de limpieza en las orillas de la playa es un recordatorio de la fortaleza de la comunidad cuando se une en pos de un objetivo común. La costa recuperada es un tributo al poder de la acción local y al deseo de proteger el entorno marino para las generaciones futuras. Cada bolsa de basura retirada es un recordatorio de lo que es posible cuando nos unimos por un bien mayor.





