Por: Ana Mirian Santana Murillo
En la encrucijada entre cemento y esperanza, Jazmín Zambrano se erige como una arquitecta visionaria, tejiendo sueños con cañas y altruismo. En colaboración con voluntarios de la vibrante comunidad de “La Polvosa” en Montecristi, Zambrano ha forjado un oasis de espera para aquellos viajeros que a la sombra de su proyecto, encuentran alivio bajo el sol inclemente.
En esta sinfonía constructiva, cada ladrillo colocado es una nota de solidaridad, una partitura que resuena en los corazones de aquellos que ven materializarse la promesa de un futuro mejor. Zambrano, con devoción palpable, redefine el rostro de la arquitectura, convirtiéndola en un medio para tejer redes de apoyo comunitario.
En una danza entre planos y emociones, donde cada muro levantado es una expresión de esperanza y resistencia. Telmo Barberán, presidente de La Polvosa, es testigo agradecido de esta transformación. Expresa su gratitud como un poeta urbano, reconociendo que, gracias a Zambrano, los problemas que podrían asolar a la comunidad se desvanecen como sombras al mediodía.
La nobleza de su trabajo se extiende como una luz que ilumina las vidas de aquellos que más necesitan un sostén. Zambrano, con sus manos hábiles y su corazón generoso, es la arquitecta de un cambio tangible, un faro de esperanza que irradia a través de cada proyecto que emprende.





