Por Mayerly Zambrano
En Manta, estudiantes foráneos terminaron incorporando cansancio, carencias y horarios intensos como parte habitual de su proceso universitario. Lo que inicialmente solo representaba una etapa de adaptación, con el paso de los semestres comenzó a asumirse como el requisito indispensable para obtener su título.
Las mañanas en el campus empiezan antes de que el sol termine de aparecer. Desde muy temprano, decenas de chicos avanzan por las calles cargando mochilas con un rostro marcado por el desvelo acumulado. La mayoría de ellos revisa sus celulares mientras caminan severamente apresurados, como si su vida se tratara de una maratón. La ciudad apenas despierta, pero ellos parecen llevar muchas horas luchando contra el día.

La Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí (ULEAM), es el punto clave para las oportunidades educativas. Cada semestre, personas provenientes de todos los cantones de Manabí, Santo Domingo, Esmeraldas o zonas de la Sierra ecuatoriana llegan con la esperanza de construir un futuro profesional estable. Sin embargo, muchos terminan descubriendo que estudiar lejos de sus hogares significa aprender a sobrevivir bajo fuertes exigencias sin tener el apoyo cercano de la familia.
En diversos departamentos de la ciudad, las habitaciones son espacios muy reducidos que funcionan como dormitorio, comedor y área de estudio al mismo tiempo. Sobre escritorios improvisados descansan cuadernos, mochilas, comida, ropa acumulada, artículos de cocina y productos de cuidado personal. Los ventiladores parecen incapaces de aliviar el calor atrapado en las estrechas paredes.
En medio de rutinas marcadas por el desvelo y las carencias, gran parte de ellos parecen haber asociado este tipo de situaciones con el éxito universitario.
“Esta es la realidad, es lo que se tiene que hacer para llegar a la meta”, sentencia Kyra Minaya, estudiante oriunda de Chone.
La frase aparentemente ordinaria terminó repitiéndose en la mayoría de los testimonios.
El cansancio convertido en rutina
Se han mencionado las principales dificultades que se presentan cotidianamente, pero lo más revelador fue la manera en que varios universitarios comenzaron a asumir esta realidad como parte cotidiana del entorno estudiantil.
Dormir cuatro o cinco horas, comer comida rápida y poco saludable, o pasar semanas enteras bajo agotamiento físico y emocional dejó de percibirse como señal de alarma.

Thalía Muñoz, proveniente de Flavio Alfaro, cuenta que comparte habitación con dos compañeras para reducir gastos. Aunque reconoce el desgaste físico que implica estudiar lejos de su familia, asegura que todo es parte del proceso.
“Decidí venir a estudiar lejos, tengo que hacer el mayor esfuerzo, aunque me resulte muy difícil”, confiesa.
Estas respuestas revelaron un patrón recurrente, realidades que terminan incorporándose a la rutina de aquellos que abandonaron su hogar para poder forjar su futuro.
Esta situación es observada por personas que conviven diariamente con los universitarios. Vanessa Alonso, administradora de un departamento, comenta que el estudiantado suele ocultar las desventajas que enfrenta lejos de casa.
“Los padres no saben cómo viven realmente aquí. Muchos pasan agotados o con dificultades emocionales, pero tienen que soportarlo ya que ellos mismos eligieron estudiar”, afirma.
Con el transcurso del tiempo, varios jóvenes parecen acostumbrarse al deterioro físico y mental. La exigencia académica actúa como una gran barra cargada de peso que nunca logran soltar. Con el tiempo deja de dolerles, no porque desaparezca, sino porque aprenden a caminar cargándola.
Una investigación realizada sobre la población estudiantil foránea reveló que el 88% de los universitarios mantiene un rendimiento académico regular. No obstante, se registra que logran estos resultados descuidando su salud y ambiente personal, mientras que solo el 5% logra la excelencia académica bajo estos ritmos de exigencia.
El psicólogo Joe Riera Estrada, que cuenta con experiencia de varios años como docente, enfatiza que, “muchas veces al ser la primera persona de la familia en estudiar la universidad se autoexigen para no decepcionar a sus padres y poder sentirse suficientes”.
De acuerdo con ello, una investigación desarrollada en la Facultad de Ciencias de la Salud de la ULEAM, señala que numerosos alumnos invisibilizan problemas graves de la salud mental bajo la idea del sacrificio universitario.

El precio invisible del título
Esta carencia también se ve reflejada en la alimentación. En los exteriores de la universidad, puestos de comidas reciben diariamente a foráneos que buscan almuerzos económicos antes de regresar a su segunda jornada estudiantil.
La investigación también advierte que estudiantes de carreras como Medicina y Odontología llegan incluso a saltarse comidas debido a problemas económicos o falta de tiempo. Estas limitaciones terminan afectando tanto el rendimiento académico como la salud.

Maithe Molina, estudiante de Calceta, reconoció que, en muchas ocasiones, le toca comer fuera de casa alimentos poco saludables. “Cuento con una jornada extensa, por lo que tengo que recurrir a comidas poco nutritivas, porque, aunque no es saludable, es lo más rápido”, argumenta.
A esto se suma la dificultad para costear vivienda. En varios departamentos cercanos a la ULEAM, hasta tres personas comparten pequeñas habitaciones para reducir gastos de arriendo. “Vivo con una compañera para poder dividir los gastos”, relata Gregory Calderón, estudiante de Nutrición y Dietética.
La soledad tras la independencia
Muchos estudiantes describen la experiencia universitaria como una etapa de crecimiento personal, pero también de soledad, puesto que reconocen tener que pasar por momentos difíciles de adaptación en los nuevos entornos sociales.
Según los testimonios recopilados, los jóvenes suelen relacionarse tanto con compañeros locales como migrantes. Lisseth Cedeño, procedente de Chone, coincide con Maite Molina, en que quienes viven lejos de su lugar de origen, suelen encontrar mayor comprensión entre las personas que atraviesan realidades similares.
El ámbito académico influye en los hábitos emocionales y sociales, moldeando a residentes foráneos que aprenden a convivir diariamente con ansiedad, carga económica y desgaste emocional sin detenerse a cuestionarlo.
La docente Yenny Vera, con 33 años de experiencia, considera que muchos jóvenes no se encuentran completamente estables al inicio de esta etapa, como consecuencia al estar fuera de su entorno y lejos de su familia.
“Sufren hasta terminar adaptándose. He visto chicos que entregan mucho de sí para enfrentar estas situaciones”, explica.
Varios jóvenes coinciden en que sí se puede llegar a un equilibrio entre la vida universitaria y la personal, sin embargo, muchos admiten que todavía no logran encontrar esa solución. En el proceso han sacrificado, descanso, alimentación, hobbies e incluso momentos importantes con su familia. Poco a poco han convertido necesidades básicas en lujos secundarios.
La generación que aprendió a resistir
El verdadero problema no radica en que exista este tipo de vida con tanta precariedad, sino que muchos hayan aprendido a vivir con ella como un requisito para el camino académico.
La universidad continúa representando esperanza para los futuros profesionales, pero para la comunidad foránea, el camino formativo también se ha convertido en un territorio donde sobrevivir parece tan importante para obtener un título.
Entre pasillos, libros, aulas y departamentos diminutos, crece una generación que aprendió a adaptarse a rutinas permanentes de desgaste económico, físico y psicológico, convencida de que el cansancio es simplemente el precio para alcanzar el futuro que sueñan.




