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Tejiendo la cultura mantense

Carlos Cedeño por Carlos Cedeño
29 mayo, 2026
in Reportajes
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Tejiendo la cultura mantense

Tejiendo la cultura mantense

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Por Genesis Salazar 

El 80% de los daños al patrimonio arqueológico en Manta son causados por construcciones modernas, debido a la falta de protección y control, llevando como consecuencia una progresiva pérdida cultural. Mientras los edificios crecen, el desinterés por lo propio ha convertido costumbres en recuerdos frágiles. Esta investigación destaca que aunque se conservan más de 824 bienes arqueológicos y 65 de la reserva de arte, la modernidad les ha quitado el protagonismo, sepultando la historia local.

Tras la visita a un museo local en conjunto con información brindada por guías turísticos y opiniones de la comunidad, este reporte comprueba un hecho innegable, el patrimonio de Manta ya no se siente como parte de la vida de la gente. La cuidad ha estado perdiendo la esencia cultural que la caracterizaba. No solo se trata del olvido de costumbres, el sentido por lo propio empezó a perderse. Aquellas voces que narran costumbres, vivencias y tradiciones las cuales deberían ser el reflejo de identidad, hoy piden un grito de auxilio por no ser olvidadas en una ciudad donde la modernidad avanza sin cesar.

Ser mantense es escuchar la serena marea mezclarse con las voces de pescadores que aprecian un puerto que abraza la hospitalidad. Su extenso Pacífico alberga alrededor de quince playas, pero contiene un trasfondo más allá de solo turismo. La cultura Manteña, en su esencia, fue una sociedad marinera precolombina en el sur de la provincia de Manabí que se desarrolló entre los años 500 y 1534 d.C. Según el GAD Manta, los manteños se destacaron por su habilidad en la navegación, dando a lugar a su pulmón económico, el intercambio comercial marítimo, un oficio que convivió con la expresividad de sus artesanías, donde cada fibra tejida evoca identidad, cada barro moldeado por manos trabajadoras representa historia, y sobre todo, cada roca tallada es una vena que mantiene viva la memoria del puerto.

Explorar sus rincones es reconocer su herencia, aunque ese legado parezca invisible para muchos. Con una población de 271.145 habitantes según el Instituto Nacional de Estadística y Censos , la cotidianidad parece haber opacado la memoria colectiva, al punto de que un gran porcentaje de sus propios habitantes no mantengan un vínculo con su identidad. El Análisis Situacional del Centro Urbano de Manta de la ULEAM asegura que no todas las ciudades del país cuentan con un patrimonio abundante, esto a causa de la pérdida progresiva.

Manta, tierra de gigantes

El emblemático nombre que adorna esta ciudad surgió entre 800-1550 e.c., según fuentes coloniales españolas nació por la notable presencia de peces-manta o mantarrayas, no obstante, dentro de esta historia vive un hecho que busca salir de su cueva. Manta anteriormente no se llamaba así. Jocay fue el nombre que le otorgaron los antiguos aborígenes a una tierra donde la conexión entre la pesca y el mar gobernaba.

En su lengua nativa se vincula a “casa de los peces”, una lengua que se escondió en el silencio de la extinción sin posibilidad de haber sido completamente documentada. A pesar de que compartieron el extenso Pacífico de la mano de Jaramijó, Camiloa, Bahía y Cama, este dato resulta desconocido para gran parte de la población.

“Para nosotros resulta un verdadero misterio saber de dónde provino realmente el idioma de nuestros antepasados, aunque día de hoy exista registro de que muchos términos provinieron de una antigua lengua peruana llamada Mochica, lo cierto es que no hay una investigación que nos confirme con certeza el origen de lo que fue nuestra antigua lengua”, expone Álvaro Macias, guía turístico.

Obra recreativa de los antiguos aborígenes manteños

Tradiciones que el tiempo desaparece

Mientras la ciudad recorre plazas comerciales entre edificios modernos, los lugares recreativos donde la cultura florece, piden un grito de auxilio sofocante ante la falta de interés de la comunidad por conocer lo propio. Apreciar un panorama que resalte creencias y costumbres, resulta no tan común para algunos, pero para otros se convierte en aprendizaje.

“La cultura es lo que nos une. Más allá de una nacionalidad que nos identifica, nuestras raíces es lo que verdaderamente nos representa”, sentencia Laura Velez, guía local. Al igual que Laura, el comerciante Luis Basurto advierte que la modernidad está acabando con la tradición al reemplazar ciertas costumbres por otras.

Frente a esta desconexión social, existen proyectos que invitan a la juventud a escuchar la voz de su propio legado. Máscara Sonora fue un taller vivencial donde la memoria y la identidad mantense tomaron cuerpo de arcilla. Impartido por Javier Rivera, los jóvenes abrieron su mente para convertir la cultura comunitaria en barro mediante procesos artísticos que integra moldeado, quema tradicional y aplicación de pigmentos naturales, compartiendo esta creatividad al público.

Máscaras sonoras elaboradas con arcilla y barro

Máscaras sonoras elaboradas con arcilla y barro

Al igual que Máscara Sonora, Puerto Adentro fue una exposición elaborada por los artistas: Celeste Loor, Karla Zurita, Nicole, Andrea Mejía y Renata Ottati. Nació en un espacio recreativo donde las identidades, las migraciones y los intercambios culturales se combinaron en un mismo mapa de tradiciones colectivas.

Exposición artística Puerto Adentro

Huellas de arcilla y barro

El Museo Centro Cultural Manta, ubicado frente al Malecón con vista a la playa El Murciélago, late en todo el epicentro turístico de la ciudad, sin embargo, para la mayoría de los que pasan caminando, es un punto invisible en el mapa. Según el Viceministerio de Cultura y Patrimonio, este repositorio y centro cultural trabaja de manera constante, cercana y solidaria con la comunidad mediante programas continuos como talleres artísticos, exposiciones temáticas y temporales, programas de mediación educativa, entre otras actividades artísticas y culturales.

Es aquí es donde el pasado toma protagonismo. Detrás de las grandes paredes del museo, donde el ruido del tráfico parece no existir, reposan obras que guardan un legado histórico. No son solo simples objetos, son pedazos de barro, fuego y color que sostienen las costumbres de un pueblo. Cada pieza en exhibición es un puente hacia el pasado, obras de arte que esperan ser vistas ante un mundo moderno.

Figuras de la cultura Manteña, Chorrera y Jama Coaque

Los antiguos artesanos señalaron que el origen del oficio no proviene únicamente de los vestigios arqueológicos hallados alrededor de la costa del Pacífico, sino también de procesos de ensayos y errores continuos. Cuños fue el molde prehispánico con el que los primeros moradores dominaron de forma tradicional a lo que hoy, son solo objetos dentro de vitrinas.

Estas piezas eran el lenguaje con el que la tierra hablaba, pero hoy su voz se ha quedado atrapada detrás del cristal. “Para mucho de nuestros artesanos esta habilidad es como un rasgo hereditario que recorre por nuestra sangre” puntualiza Julián Bazurto, guía turístico.

Así como muchas de estas obras que tuvieron vida en antiguos pueblos que fueron caracterizados por los regalos que la naturaleza les entregaba, Manta a día de hoy, todavía conserva y expone uno de sus elementos más representativos.

 

Ícono representativo de la cultura Manteña, silla en forma de «U»

La silla en forma de “U” fue un trono relacionado con espacios de sacralidad y poder, un trono donde todavía descansa el orgullo de un antiguo pueblo pesquero. Fue esculpida en bloques únicos de piedra arenisca, zeolita y entre otras rocas de dureza similar. El Instituto Nacional de Patrimonio Cultural hace énfasis en que es deber del Estado proteger el legado de quienes alguna vez pisaron esta tierra.

Según Revista Manabí, se exhiben sillas manteñas en reconocidos museos de New York, Washington D.C. y New Haven en Estados Unidos, en Europa, Londres, París, Barcelona, Bruselas, Viena y Berlín hacen acto de presencia, mientras que en Sudamérica se puede apreciar este trono en Santiago de Chile y Buenos Aires.

Hasta la fecha, se ha reportado la presencia de aproximadamente sesenta sillas y fragmentos ubicados en museos alrededor del mundo que fueron extraídas de la parte alta del Complejo Arqueológico “Hojas-Jaboncillo” ubicado entre los cantones de Portoviejo, Montecristi y Jaramijó. Entre 1906 y 1908 se desencadenó una de las mayores pérdidas que pudo haber atravesado el corazón de Manabí, mientras el puerto descansaba, las expediciones financiadas por el filántropo George Gustav y lideradas a manos del arqueólogo Marshall Saville, despojaron más de 3,000 objetos invaluables de la cultura Manteña.

A pesar de que la historia esté marcada y documentada, no es un secreto a voces que la mayoría de los mantenses no son conscientes de la notable pérdida cultural que traspasó Manta en aquellos tiempos tras el saqueo de gran parte de su patrimonio cultural. “La verdad no sabía eso, a pesar de que he vivido aquí gran parte de mi vida, se me hace desconocido”, valida Vanessa Castro, moradora.

El imparable desarrollo de la ciudad y la falta de control están destruyendo lo que alguna vez, fue un puerto pesquero de herencia indígena.

Historia entre paredes

La modernidad avanza como un viento sigiloso entre las calles de Manta. El ritmo casi desenfrenado de los edificios, plazas comerciales y el consumo digital amenazan con sepultar las últimas huellas de lo que alguna vez fue un antiguo puerto indígena. Las costumbres que antes tejían a los ciudadanos, hoy no son más que hilos sueltos.

Muchas de las personas entre mantenses y turistas que transitan por estas calles le dan la espalda a la cultura que hay detrás de donde se encuentran parados, aunque el panorama se pinte más a lo moderno, el simple hecho de escuchar las historias, vivencias, creencias y tradiciones narradas por personas que abrazan sus raíces, hace que recorrer las calles de Manta se convierta en una experiencia única.

 

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