Por: Maite Delgado C/D
El colapso definitivo en 2023 de una red pública de agua instalada hace más de una década con la promesa de modernidad, ha dejado a más de 400 familias de la parroquia rural de San Lorenzo en un desamparo hídrico total. Esta crisis estructural provocada porque el Estado obligó a la comunidad a desmantelar sus pozos ancestrales para conectarlos a una infraestructura que apenas funcionó tres años y hoy carece de mantenimiento y voluntad política, ha forzado a los habitantes a sobreexplotar las vertientes del Refugio de Vida Silvestre Pacoche. Lo que comenzó como una escasez doméstica se ha transformado en un conflicto socioambiental que frena el turismo y amordaza la vida de un ecosistema protegido.
En la zona rural de San Lorenzo del Cantón Manta, el agua se ha convertido en venas vacías que ya no llevan vida a los hogares. Lo que comenzó como una dificultad pasajera se transformó en una crisis permanente, que obliga a sus habitantes a recorrer largas distancias en busca de fuentes naturales lejanas, como el Refugio de Vida Silvestre y Marino Costero Pacoche, para cubrir sus necesidades básicas. Durante varios años, la comunidad se ha visto obligada a inventar milagros diarios frente a una problemática que asfixia directamente a los moradores de esta parroquia.
Todos los días se vive la misma e indignante rutina, un eco de cansancio y necesidad. Antes del amanecer, docenas de familias hombres, mujeres y niños inician una búsqueda silenciosa arrastrando el peso de la incertidumbre junto con mangueras, baldes y tanques vacíos, cuyo golpe constante compone la triste música de la mañana. Al respecto, Fanny Reyes sentencia la profunda indignación colectiva que se vive día tras día ante este abandono sistemático
«Nos están quitando la vida de a poco. No es justo que nuestros hijos tengan que madrugar a buscar agua y se tengan que ir a la escuela cansados. Me da rabia saber que nuestra solución está enterrada aquí mismo bajo nuestros pies, pero completamente seca. Para mí esto ya no es un descuido, esto es engañar a los más pobres jugando con nuestra salud».

Para poder abastecer de agua a los hogares en las zonas rurales más periféricas, bajo el suelo, las tuberías instaladas hacen más de una década con la promesa de garantizar el desarrollo permanecen inertes son cicatrices de plástico secas y olvidadas. Desde el año 2023, la situación se agravó hasta convertirse en una realidad cotidiana con grifos que solo escupen aire y baldes llenos de sudor. Familias enteras caminan hacia este refugio, donde las vertientes todavía guardan como un tesoro el recurso que el sistema público no logra entregar. Todo esto demuestra que no es solo una falta de tuberías en buen estado, sino una profunda sequía de humanidad y de compromiso con el pueblo.
De la solución a la crisis
Hace unas décadas, antes del año 2000, San Lorenzo era dueño de su propio destino hídrico. Las vertientes naturales, los pozos artesanales y los manantiales cercanos eran los hilos de agua que permitían a los habitantes vivir sin depender de hilos políticos externos. El punto de quiebre llegó entre 2010 y 2012, cuando gracias a un proyecto vinculado a la Refinería del Pacífico, la parroquia se conectó a la red pública de Manta. La modernidad llegó disfrazada de medidores brillantes y tuberías nuevas.
Apenas tres o cuatro años. Después, el suministro se volvió un fantasma intermitente hasta desaparecer. “Desde 2023 para acá, la falta de agua es constante”, argumenta Ginson Alvia, líder barrial y activista de San Lorenzo. Lo que se prometió como un océano de soluciones se convirtió en una promesa de arena, que dejó a más de 400 familias nuevamente a la deriva.
A esta postura se suma la de Klever Rivera, habitante de la comuna Las Piñas, quien relata el desencanto histórico de la zona «Nos hicieron desmantelar los pozos antiguos trayéndonos el cuento de la modernidad. Nos desconectamos de nuestra propia tierra confiando en ese proyecto estatal y ahora actualmente no contamos ni con el uno ni con el otro. Nos hemos quedado atados de manos sin depender de nadie».
El problema no es solo la ausencia del líquido, sino el infarto técnico de las fuentes de abastecimiento. Carlos Delgado, habitante de la comuna Pacoche, explica que el mantenimiento deficiente es una enfermedad estructural: “Si no se limpian los nacimientos y las represas, el agua no llega. En épocas de lluvias, el lodo amuralla el paso, y el personal encargado trabaja con las uñas, sin maquinaria adecuada, solo haciendo remiendos superficiales que no resuelven el fondo del asunto”.
Esta parálisis es ratificada por el transportista de agua en tanqueros, Manuel Chávez, quien describe el colapso desde las venas del comercio “La red pública es un fantasma no tiene pulso, no trae ni presión ni cantidad. Como el agua no llega por los tubos, el teléfono no para de sonar y no damos abasto. Eso hace que el viaje sea más caro y difícil, dejando a las familias que viven en la cumbre, más lejos, en un naufragio total”.
El pulmón que da de beber
Ante el desierto del servicio público, la comunidad volvió a los brazos de la madre naturaleza. El Refugio Pacoche se convirtió en el santuario de la supervivencia. Allí, entre el follaje verde, brotan lágrimas de agua dulce que hoy benefician indirectamente a más de 1,500 personas de San Lorenzo, Pacoche y Santa Rosa, esta última convertida en la zona cero del olvido estatal.
Sin embargo, el acceso al agua se ha transformado en una batalla diaria contra el reloj. Como el caudal es un hilo delgado que no alcanza para todos a la vez, las familias tienen que tejer turnos en la oscuridad de la madrugada. Hombres y mujeres hacen filas mudas para ordeñar la montaña antes de que el sol de la tarde agote la paciencia de las vertientes.
Mariana Anchundia, madre de familia de la zona baja, pronuncia con angustia «En Santa Rosa la situación es desesperante, nos encontramos en un olvido absoluto. A nosotros como moradores nos ha tocado organizarnos para turnarnos, alquilar camionetas o caminar hacia la montaña para traer este líquido vital a nuestros hogares».
Pero este salvavidas natural tiene un precio ecológico muy alto. El desfile incesante de humanos cargando galones está hiriendo el silencio del área protegida Marilú Parrales, guía turística local del Refugio Pacoche, advierte sobre la silenciosa retirada de la vida silvestre “Antes veíamos muchas aves, monos y especies que dependen de la humedad, como las ranitas Machalilla o los cangrejos de río. Ahora, con menos agua y más actividad humana, esos animales casi no se ven. El ruido de las máquinas y la extracción desordenada los estresa y los aleja de su hábitat”.
Para Marilú, la solución es construir puentes entre la necesidad y la conservación, antes de que el bosque muera de sed: “Si se construyera un solo reservorio comunitario, bien diseñado, se evitaría apuñalar el bosque y se aseguraría el agua para todos. Pero la comunidad, desesperada, improvisas obras por su cuenta, y eso empeora la herida ambiental”.

Vida, salud y economía en riesgo
La escasez es un veneno que corre por todos los rincones de San Lorenzo. En el hogar, las horas se evaporan en el esfuerzo de almacenar agua. En la salud, los estómagos de los niños peligran al consumir un líquido que no ha sido bautizado por la potabilización. Pero el golpe de gracia lo recibe la economía.
La zona rural de Manta tiene en el turismo su motor principal sus senderos y playas son imanes de vida. Sin embargo, Ginson Reyes reflexiona con el peso de la realidad “¿Cómo podemos abrir las puertas a los visitantes si tenemos la casa seca? ¿Cómo ofrecer turismo si ni siquiera cubrimos nuestras necesidades básicas? La falta de agua es un freno de mano para nuestro crecimiento”.
Las reuniones con las autoridades del GAD Parroquial y la EPAM de Manta han sido un desfile de palabras vacías. “Hemos dialogado muchas veces, pero las promesas se quedan flotando en el papel”, expresa el líder barrial, Denis Montalván. La población no pide lujos, sino proyectos con raíces, duraderos y humanos.
Un recordatorio de hierro y olvido
Las tuberías mudas siguen enterradas bajo la tierra, como fósiles que recuerdan un futuro que nunca llegó. Mientras en las oficinas de la ciudad las autoridades siguen deshojando margaritas y debatiendo qué hacer, los habitantes de San Lorenzo siguen marchando hacia la montaña, trayendo a cuestas el agua que el Estado les quedó debiendo.
El agua no es una limosna, es un derecho. Pero en esta esquina rural de Manta, ese derecho es un espejismo por la falta de planificación. La montaña de Pacoche ha sido el escudo de la gente, pero hasta los escudos se quiebran.
La solución no requiere milagros, sino voluntad para diseñar proyectos que abracen a la gente y al bosque. Hasta que ese día llegue, San Lorenzo seguirá siendo un paraíso sediento un lugar donde la comunidad, con baldes vacíos y el alma cansada, debe seguir madrugando a mendigarle a la naturaleza el milagro que debió llegar por el grifo.



