Por Lenin Robles
En la Boca de San Jacinto, donde el mar besa los brazos verdes del manglar, el pulso de la vida se quiebra con cada golpe de machete y cada salpicadura de veneno. No son solo árboles los que están cayendo; son un muro que respira contra el cambio climático, un antiguo santuario que sangra en silencio.

El grito del bosque negro
«Más carbono es capturado por un bosque de manglares que por todos los ecosistemas del mundo combinados», dice Enrique Mero de Salvando Ecosistemas. No suena temeroso, pero hay una preocupación ancestral en sus palabras. «Son tan críticos para las comunidades costeras, para hacer frente a las mareas, para frenar la erosión y para ser un nido vivo para los peces, para las aves, para los seres que viven allí» dijo.
En el corazón de este ecosistema, las raíces del manglar forman un abrazo abierto, un abrazo con la vida y tal vez con la muerte: bolsas y botellas de plástico, agroquímicos y desechos industriales.

Contaminación río arriba, tragedia río abajo
No es solo agua lo que fluye en las aguas del río Portoviejo: es veneno. «Los agroquímicos son venenosos, y los contenedores sobreviven a las promesas políticas», escribe irónicamente Mero sobre el impacto mortal del l agua en la fauna acuática. El pH crítico del agua se reporta al océano donde los peces dejan de desovar. La pesca disminuye, la comida escasea y las redes regresan vacías.

Los camaroneros: ¿aliados o verdugos?
La intrusión de la frontera de la acuicultura es una amenaza silenciosa. Las granjas de camarones despejan tierras para construir. Deben tener espacio para expandirse, pero al expandirse, matan su propio escudo orgánico. «Están alimentando a los camarones con químicos, ¡y estos residuos llegan a los ríos!» denuncia Mero. Es una ironía brutal: destruyen lo que los protege.

El extranjero que se volvió defensor
Desde otra orilla, la voz de un forastero resuena con ternura. Michael Horswell, PHD estadounidense enamorado de la Boca, lo dice sin rodeos: “Este ecosistema protege a la comunidad. Verlo destruirse por la tala y la contaminación es ver morir la vida que alimenta a los peces”.

Aves sin nido
Las aves migratorias ya no visitan con tanta frecuencia. Las aves migratorias han dejado de visitar tan a menudo. Con este equilibrio armonioso de este hermoso ecosistema destruido, muchas aves ya no encuentran residencia en este bosque negro.

El manglar no es solo paisaje: es defensa
Los manglares son escudos contra tormentas, escudos climáticos y la despensa natural siempre llena. No protegerlos es desamar la tierra ante el enemigo más implacable: nosotros mismos

El activista y defensor de los manglares, Claudio Vélez, lo deja suficientemente claro:
«Los manglares son nuestros centinelas marinos las nuestras costas. Son esos brazos verdes donde la tierra se encuentra con el mar, y no solo adornan el paisaje, sino que también nos defienden contra las olas, la erosión y el olvido. Pero la tala incontrolada los ha puesto en grave peligro. La parte que muchos nunca ven de estos bosques es que millas de especies viven en ellos. Cangrejos, peces, aves migratorias… todos dependen de este ecosistema para su sustento.
Por eso, en La Boca, nos organizamos de alguna manera. No queríamos verlos desaparecer ante nuestros ojos. Con otros amigos, comenzamos otros proyectos de reforestación que no se detendrían en la siembra: estábamos montando viveros caseros con riego automático, alimentados por paneles solares y con sensores de humedad. De esta manera, cada plántula recibe precisamente el agua que necesita sin que se desperdicie ninguna. Es tecnología al servicio de la naturaleza.
Y ya estamos cosechando los beneficios. Animales que no se habían visto en décadas están regresando. El turismo también ha aumentado; la gente venía ahora a ver las aves, a caminar entre los estuarios, a conocer esta lucha. Así es como resistimos: se planta un futuro, se planta vida.»

¿Qué podemos hacer?
- Participar en jornadas de limpieza comunitaria.
- Exigir control de desechos industriales y agrícolas.
- Promover la educación ambiental en las escuelas.
- Apoyar a organizaciones como Salvando Ecosistemas.
Cada manglar que muere es un poema no escrito, una historia sin futuro. La Boca de San Jacinto aún respira, pero necesita que escuchemos el susurro de sus raíces… antes de que sea un eco perdido.





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