Por: Coraima Alvia Flores
Sale el sol, el reloj marca las seis con doce minutos de la mañana. Se reúnen un grupo de cinco personas en la parada de bus, dos conversan y ríen entre ellas, los otros tres bostezan y se arriman a las paredes como si fueran camas. Los sonidos de carros y motos se comienzan a escuchar como alarmas para avisar que empieza el día.
Diversos automóviles pasan por la calle, unos más apurados que otros. El semáforo se torna rojo y quedan cuatro vehículos en fila. La espera de la señal verde parece infinita, el primer conductor se rasca la cabeza, el segundo está acompañado, el tercero agarra su celular para echar un vistazo al tiempo y el cuarto trae el parabrisa a lo alto. Más carros aparecen cuando el farol da luz de avanzar, mientras la otra vía se detiene.
Al rato dos colegialas llegan, una trae el uniforme de cultura física y la otra lleva falda, se colocan en la parada junto con los demás y una de ellas le pregunta a Juan Santana si el bus ya había pasado, “no, aún no da señales de vida”, aclaró con una voz sutil.
El reloj ya marca las seis con treinta minutos, “ya van más de quince minutos y nada que baja el bus”, susurró Ana Pacheco molesta. Su compañera de trabajo parece estar de acuerdo con la queja. El brillo del sol se expande y toca las pieles de las personas. Se aparece otro estudiante de escuela acompañado de su madre, alargando la línea de espera.
La desesperación y la ansiedad vuelan en el aire junto con la brisa que circuló por un segundo y las caras soñolientas parecen haber sido iluminadas. Las dos estudiantes del colegio Pedro Balda se cruzan de brazos y dejan caer un suspiro, “vamos a llegar tarde a clases”, aseguró Stefany Mendoza mientras miraba a su amiga con angustia.
Pasaron cinco minutos y otro ciudadano se suma en la estación. Ya van diez personas que están a la espera de los buses. Unos caminan de un lado a otro para verificar si el transporte urbano asoma las narices, pero nada. De repente subuó uno, “entonces ya ha de estar cerca el bus”, rezongó Patricia Robles, amiga de Pacheco.
Después de otros cinco minutos bajó el bus, “ya era hora”, vociferó Antonio Zambrano. El reloj marcaba las seis con cuarenta minutos cuando este medio de transporte apareció. Transcurrieron veintidós minutos y nuevamente la parada de bus se encontraba con moradores. Esta vez, el bus pasó al plazo establecido.
Ciudadanos iban y venían consecutivamente como el viento. El aroma a café y pan ya se desprendía de los hogares. Los negocios como las farmacias, barberías y peluquerías estaban abriendo y el ambiente se tornó más cálido.
“Ojalá el bus no demore en bajar”, murmuró Michelle Pereira mientras buscaba una zona con sombra para cubrirse de la estrella brillante, sumándose Nahomi Loor, estudiante universitaria. Eran las ocho y catorce de la mañana cuando un bus subió, pasaron diez minutos y volvió a remontar otro, pero no bajó ninguno.
Las señoras que hacen bailo terapia en la cancha de al fondo del sector, hasta las ocho y treinta, desfilaron en el paso, dando apertura a lo tarde que ya era. A los pocos minutos sube un tercer bus, “esto tiene que ser una broma”, musitó la universitaria Loor. El autobús aterrizó luego de media hora y las mujeres se embarcaron con desazón.
Los carros pasan como pájaros y el día parece avanzar con normalidad. Desde niños, adolescentes y adultos, hasta perros y gatos parecen disfrutar del aire fresco.
Después de varios horas, se acercó el mediodía con un despampanante destello de luz, marcando el reloj las doce con treinta minutos. Estudiantes del colegio Costa Azul se avecinaban a las paradas. Los buses parecen llegar más rápido a este período, “es la hora pico y a ellos les conviene”, admitió Carlos López cuando salía de su casa.
Los autobuses suben y bajan repletos, que a lo lejos parecen un saco de papas. Se puede ver a personas sentadas y paradas, unas casi que sobresalen de las puertas y ventanas. Con un tono de voz baja Jordano Mendoza insinuó que el recorrido será lento y asfixiante.
Pasan dos largas horas, la rutina sigue igual, la embarcación continúa en su vaivén.
Ciudadanos que aguardan en la esquina, dan a flote su desesperanza, “nuevamente vienen tarde estos buses”, esbozó un señor. Duró quince minutos ese ambiente pesado, como las bolsas de compra que llevaba una señora y los dos buses ya se asoman, se topan cara a cara en la calle C.35 y se desvían en la C.K-1. La línea 1 que cruza por la calle principal y la 9 que va por la secundaria se aproximan. Unos dejan ir la uno por irse en la nueve que es más rápida, otros ya habían partido en un taxi rumbo a su destino.
En el barrio Costa Azul de la ciudad de Manta, los transportes urbanos demoran en transitar entre treinta a cuarenta minutos, aún cuando tienen un tiempo estipulado de diez minutos para marcar. La multa por cada minuto de atraso es de $1.
Con la luz del día y la sombra de la noche, moradores aguardan las estaciones en espera de las dos únicas líneas que atraviesan el sector. En la ciudad costera, existen un total de 180 autobuses distribuidos entre cuatro cooperativas y una compañía de transporte, las cuales no satisfacen las necesidades y se interponen en la marcha del día al día de las personas que quieren volar hacia otros senderos.





