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La lucha cotidiana

Carolina Molina por Carolina Molina
27 octubre, 2023
in Crónicas
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La lucha cotidiana

Llamas de esperanza

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Por: Kathiusca Moreira

En un día soleado en una pequeña casa, donde las calles polvorientas serpenteaban entre las casas, en aquel horno de ladrillo, con su encanto y su imponente presencia, es el corazón de su hogar y el epicentro de su creatividad culinaria para preparar el pan de cada día.

En el horno de ladrillos los sabores se entrelazan  entre el aire, mientras secaba su sudor con una blusa desgastada, en su mirada se observaba lo cansada que esta, pero su gran amor y su sonrisa encantadora, hacia que esos detalles tan importantes pasen de percibido.

Con sus manos sucias de carbón, esta lista para servir la comida, mientras que el fuego se apagaba lentamente como un atardecer. Cada bocado era un viaje al pasado hablando sobre su experiencia que conectada a los recuerdos compartidos y vividos en su infancia y adultes.

Dando vuelta por su pequeña sala, mientras pregunta por la hora, para dirigirse a su jornada laboral siendo las 14:00pm, sale rumbo a su trabajo que consiste en lavar ropa ajena a mano, ganando apenas lo suficiente para su sustento diario.

El sol seguía brillando con fuerza, pero Charito no se rindió. Terminó de lavar y colgar cada prenda, sabiendo que su esfuerzo valdría la pena dando gracias a dios por un día mas de vida y todas las bendiciones que tiene.

En medio del calor aplastante del mediodía, Charito demostró su resiliencia y determinación, la tarea de lavar a mano, aunque desafiante, era para ella una expresión de amor y cuidado por su labor. Cada prenda lavada y colgada era un testimonio de su fuerza interior y su dedicación inquebrantable. Charito, una mujer fuerte bajo el sol abrasador, es un recordatorio de que la vida cotidiana a menudo requiere un esfuerzo extraordinario.

A pesar de las duras condiciones de trabajo y la incertidumbre económica, Charito siempre tiene una sonrisa amable y una palabra de aliento para sus familiares y amigos más cercanos.

Sus manos, ahora libres, revelaban la historia de su día, los dedos, marcados por pequeñas marcas e hinchados, es testimonio de su habilidad y esfuerzo, sus uñas frágiles y desgastadas su cabello despeinado y su rostro de cansancio.

Charito se tomó un momento para estirar sus dedos adoloridos y flexionar sus muñecas. A pesar del cansancio, su determinación seguía intacta. Sabía que su trabajo era fundamental para mantener a su familia, y nunca dejaba de dar lo mejor de sí misma.

En el camino a casa era un paseo tranquilo, donde el murmullo de la ciudad se desvanecía gradualmente en su mente, Charito repasaba las tareas que la esperaban al llegar a casa: la cena por preparar, los deberes de los niños por revisar y, quizás, un momento de merecido descanso.

Al entrar en su hogar, Charito se quitó los zapatos y miró sus manos cansadas una vez más, aunque mostraban signos de esfuerzo, también irradiaban un orgullo silencioso por su trabajo bien hecho. Sabía que, a pesar de las manos cansadas, su trabajo era una fuente de fuerza y dignidad, eran las manos de una mujer que enfrentaba el mundo con valentía y determinación, dispuesta a dar lo mejor de sí misma día tras día.

Mientras Josselyn, su hija menor prendía el horno mientras hablaba de su madre, “ella lucha por nosotros cada día sin descansar ya quisiera ser mayor edad para trabajar y ayudarle a mi madre”, afirmó Josselyn mientras el horno ardía lentamente. Así Charito, se sumergió en la preparación de otra comida, cortó finamente cebollas, ajos y tomates, y los salteó en una sartén de hierro fundido, el aroma del aceite y las especias llenó el ambiente, creando una sinfonía de olores que transportaba a sus seres queridos a la infancia y a los momentos compartidos alrededor de la mesa.

El horno está caliente y listo, Charito deslizó con cuidado la leña que crujía y chisporroteaba mientras el horno hacía su magia. Era un momento que representaba la culminación de su esfuerzo y amor por sus hijos.

Pero Charito era más que una simple trabajadora de lavandería, “ella me enseñó el valor del respeto, ser solidario con los demás y tratar bien a los animales”, mencionó Luis Macías hijo mayor de Charito. Se puede notar  que tiene unos hijos amorosos y dedicados, cada noche, a pesar de la fatiga, les cuenta a sus hijos historias sobre el mundo exterior, llenándolos de sueños y esperanzas, les enseña la importancia de la educación y la honestidad, y les recordaba que, aunque fueran pobres, siempre podrían ser ricos en valores y sueños.

La vida de Charito estaba lejos de ser fácil, a menudo, enfrenta la adversidad, cuando no hay agua y no puede realizar trabajos por la falta de aquello y esto provoca dejar de trabajar por semanas. Pero Charito no se rinde, con determinación, busca oportunidades alternativas y comenzó a criar pollos y vender huevos desde su casa.

En barrio El Prado, donde se hizo conocer por su amabilidad y generosidad, Ana Molina menciona, que pese a lo poco que tiene Charito siempre está dispuesta a ayudar sin esperar nada cambio. Charito Macías,   quien tiene 50 años de edad, con una mirada feliz y tranquila sonriendo ante la luz del alumbrado, donde se refleja sus arrugas, esas líneas de expresión que marca vida.

Mujer trabajadora, es un testimonio vivo de que la determinación y el compromiso pueden superar cualquier desafío, abrazar la vida con gratitud y a enfrentar cada día con resiliencia y amor. A pesar de su pobreza material, era rica en amistades, en amor por su familia y por su trabajo diario.

 

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