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Democracia madrugadora

Carolina Molina por Carolina Molina
27 octubre, 2023
in Crónicas
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Democracia madrugadora

Papeletas de votaciones

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Por: Melany Montero 

La alarma sonó cuatro veces intentando robarme el sueño, pero el frío de la madrugada era como un canto de arrullo, envuelta entre sábanas gruesas no quería levantarme a cumplir con mi deber cívico, pero un toque en la puerta de madera me terminó de convencer, “ya despierta Nicole que después llegas tarde”, advirtió mi madre, con lagañas en los ojos y el cabello alborotado. La puerta seguía cerrada, pero pude adivinar su cara porque así me levanté yo, todo con tal de estar a tiempo en el recinto electoral que me habían asignado.

Una ducha me despojó del sueño y me dejó el cuerpo temblando como un cachorro con frio, las luces de las casas salían de las rejillas del baño o de la cocina, las salas continuaban oscuras como advirtiendo que, una sola persona en cada morada, debía ser miembro de alguna junta receptora del voto.

Como desayuno, un tigrillo para aguantar la tempestad del día, el cielo no lloraba, pero vestía un manto gris que advertía de su bipolaridad, “ya viste como está nublado, no trajimos paraguas”, musitó levemente mi padre, para no despertar a los dueños de casa con su voz de trueno como hace en Manta, en nuestro hogar.

Salí de casa de mi tía jugando carreras con el sol, pero él llegó primero al recinto electoral. La Unidad Educativa Eugenio Espejo en el cantón Chone era donde me habían asignado, un militar fornido me recibió en la puerta con ojos coquetos y un hablar suave que no combinaba con el fusil que portaba. “Mesa 43 de mujer, entre a esa aula del fondo, ahí le toca”, explicó el uniformado mientras con su dedo señalaba un olvidado salón al fondo del plantel.

Aunque Chone es pequeño, la cola en aquella entrada era larga. El trajín puertas adentro empezó a elevar el volumen de los susurros, que no se acabarían hasta el atardecer, después de que la ultima firma se impregne en la hoja de algún color que intentaba recordar de la capacitación a la que fui.

La sirena del plantel dio su grito de guerra, las juntas receptoras del voto comenzaron a recibir a los guardianes de la democracia, algunos traían su propia pluma color azul, por un rumor que oyeron en sus grupos de WhatsApp y les quitó el sueño la noche anterior.

“Yo firmo con mi propia pluma, porque las que tienen aquí son borrables”, denunció una anciana peculiar, aunque no tanto como su nombre. “En qué pensaba la mamá cuando le puso Ecuménica”, renegó la secretaria de mi mesa en voz baja, mientras con sus dedos pasaba las hojas del talonario electoral como contando dinero.

La mañana era gentil, el rocío en las hojas de jardín del plantel eran señal de que estaba fresco afuera, aunque poco a poco la gente empezó a quitarse sus abrigos. Y calentó los ánimos de la gente además del techo de zinc que cubría a hombres y mujeres, raramente agrupados en el mismo lugar, cosa distinta a ocasiones anteriores.

El día transcurría y a veces se formaba una pequeña fila, otras, no entraba nadie al salón, los veedores se dormían arrullados por el hambre, los estómagos rugían como leones. Llegaron las 11 de la mañana, saqué de mi bolso una tarrina con ensalada de fruta, la vocal a mi derecha me había brindado galletas de sal que acepté con gusto, “luego mi mami me trae almuerzo, quieres que te traiga para ti”, preguntó, una sonrisa se dibujó en mi rostro. Habíamos intercambiado palabras un par de veces, y ya me estaba ofreciendo almuerzo, así que acepté. Ese gesto de bondad me alegró la mañana, aunque todavía faltaba la tarde y la jornada era incierta.

En un momento mis brazos sirvieron de almohada y dormí 15 minutos hasta que el grito de un hombre hizo que me soltara del regazo de Morfeo. Era un padre furioso, con las venas dibujadas en la frente y la ira desbordando de sus ojos. Su hijo había firmado en el padrón electoral, pero juraba que no había recibido papeleta, ante los ojos incrédulos de los varones de la mesa 43. La discusión pasó a mayores y un militar intervino para cortar como con machete la raíz de la discusión.

Compartir un aula con la mesa 43 de varones no fue satisfactorio, algunos problemas surgieron además de la discusión superada. “Estas plumas no rayan, llamen al coordinador”, vociferó el presidente de mesa, y en un minuto un pequeño pero prepotente hombre entró por la puerta, “a ver, quién me está haciendo problemas aquí para hablar con los militares”, cuestionó con un gesto de desagrado en sus labios. Por momentos esos pequeños roces mantenían abiertos los ojos cansados de los miembros de mesa.

El silencio en el recinto y el aburrimiento por no contar con un plan de datos en mi celular hicieron que reflexionara como un filosofo de la antigua Grecia. Los miembros de mesa son testigos de la reunión involuntaria de primos, tíos y hermanos, algunos no se vieron, otros bromearon y saludaron a sus conocidos de una fila a otra. Se notaba que la gente compartía sangre, a veces en las cejas, las orejas, la dentadura, siempre había una característica que los unía y otras que los colocaba distantes, aunque estuvieran en la misma fila, como el dinero.

Los Montero con plata, desfilan por el aula con su perfume extranjero, con sus gafas de sol y su caminar estilizado, los más humildes en cambio, sin ropa de marca y con la esperanza en el rostro de que el presidente que escogerán mejore de una vez por todas a este país agonizante.

Una que otra vez una mujer de chaleco rosado llegó caminando junto a un militar, para llevarse el talonario en una bolsa plástica, además de una papeleta, el presidente de mesa se encargaba de acompañarlos y precautelar la transacción que se conoce con el nombre de voto asistido.

Algunas miradas vetustas se encontraban con otras igual de cansadas, entonces dos amigos de la infancia se encontraban vestidos de arrugas, para soltar una carcajada y una conversación poco privada. En la mesa de mujeres no sucedía eso, pero si parecía un reinado con algunos rostros hermosos. De las 350 féminas que debieron presentarse a votar, solo llegaron 307.

Ya casi eran las 5 y todos esperábamos ansiosos la sirena que proclame el cierre de la puerta del plantel. Los más afortunados recibieron almuerzo gratis, los más sabidos intercambiaron turnos para salir a comprar algo y así lentamente concluía un nuevo proceso electoral.

La sirena lloró, vaticinando que los resultados no serían lo que los manabitas esperan, pero la esperanza era más pesada que los candidatos de cartón, por eso algunos votaban y se persignaban mirando al cielo, como si estuvieran en misa.

Después de un conteo rápido y algunos apretones de cuello para disipar el estrés, la jornada para mí había concluido, limpiamos lo que pudimos y guardamos cada cosa en su lugar, “firmen bien y guarden las hojas donde corresponde”, vociferó hasta el último minuto el coordinador.

Con una caminata lenta y cansada hacia la puerta en busca de un taxi, cerré mi jornada ciudadana, con muchas reflexiones bajo el brazo y alunas metáforas que se grabaron en mi mente, salí victoriosa del recinto, con muchas ganas de volver a Manta y escribir sobre mi primera vez en la mesa electoral.

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