El Estadio Jocay de Manta se vistió de una atmósfera inusual, casi fantasmal, este domingo 24 de mayo. El escenario que habitualmente se convierte en un rugido feroz cuando Barcelona Sporting Club visita su gramado esta vez se mantuvo en silencio forzado. La rigurosa prohibición del ingreso de instrumentos musicales, desde los ruidosos bombos hasta las trompetas, donde se minimizó la identidad festiva de la “Sur Oscura”, dejando un vacío en el que el único sonido era el eco del golpe contra el césped y los gritos de los asistentes.
Cerca de las 15H00 los alrededores del coloso mantense, lucían una calma engañosa, las aglomeraciones se hacían esperar, en el que el rigor policial se volvió en un ejercicio de revisión, empezando por pedir retirar los zapatos a los que iban llegando, después observar el no ingreso de cinturones cuales también son prohibidos y para terminar validar las entradas adquiridas para el encuentro. Todo transcurría con normalidad para ser un duelo de tal relevancia.
Sin embargo, conforme iba a avanzando hacia el horario estipulado para el partido, el cual era a las 18h10, la situación cambió drásticamente, la zona de entrada sur colapsó bajo la marea humana que andaba buscando su ingreso a como de lugar. En medio de la tensión policial las puertas fueron cerradas, lo que desató el caos, la fuerza pública arrojó gas lacrimógeno para separar a la gente convirtiendo este acceso en un lugar de conflicto donde hubo consecuencias mínimas siendo separadas para recibir atención médica ante la asfixia provocada por la sustancia lacrimógena.
Conforme el sol bajaba su intensidad sobre el puerto manabita, el estadio comenzó a poblarse, antes de que el juez central del partido diera inicio, el cielo mantense se convirtió en el primer protagonista de la tarde noche. Una exhibición paracaidista militar rompió la cotidianidad de los encuentros deportivos, tres uniformados descendieron desde las alturas en una avioneta, maniobrando el contraviento con suma profesionalidad hacia el centro del campo para entregar el esférico oficial. Los aplausos fueron el único sonido alrededor de las gradas que aumentaba el entusiasmo en medio de la restricción que hacía vivir la experiencia de forma diferente.
Mientras los jugadores saltaban a calentar, el ambiente se volvía denso, un olor sumamente feroz comenzó a propagarse por las gradas. Un olor a estupefacientes se infiltró en el aire volviéndose cada vez más pesado, algo denominado como normal para los integrantes de la “Sur Oscura”. Por su parte, el delfín intentó darle sonido musical en medio de la agonía silenciosa de los gritos, inundando los parlantes con salsa, un intento de activar al público de un estadio que parecía, en ocasiones, un desolado escenario mudo.
El partido arrancó con Barcelona sintiéndose extraño en un terreno donde su gente solía mandar, la voz que chocaba contra la realidad de un delfín que, al minuto 36, aprovechó una jugada de Thiago Ozaeta fue finalizada por Erick Mendoza para abrir el marcador. El golpe fue inmediato, el 1-0 ponía al ídolo con la presión encima.
La segunda mitad trajo un resurgimiento necesario. Barcelona salió a comerse el campo, logrando el empate al minuto 70 mediante un golpe letal de Milton Céliz. El partido se convirtió en una partida de ajedrez. Un centro permitió a Javier Báez marcar lo que era la ventaja para la visita, pero el video arbitraje (VAR) dictaminó un fuera de juego que para la grada visitante era inexistente, lo cual fue revisado por el árbitro central y ratificó la invalidación del tanto, aumentando la frustración general pues se sentía como si el partido terminara con una derrota, debido al mal presente que vive Barcelona.
En los 10 minutos de adición, el mismo Báez encontró su segunda oportunidad, quien minutos antes había visto esfumarse la ilusión de la remontada, con un cabezazo letal tras un tiro de esquina. El 1-2 definitivo desató el caos absoluto, saltos, abrazos y hasta lágrimas de alivio recorrieron las gradas del Jocay, al pitazo final el público que durante el encuentro pareció sumiso de ruido se tiñó de amarillo lleno de felicidad. El agónico sufrimiento de los noventa minutos que transformó en frustración en la paz de la victoria. Haciendo ver que la fe barcelonista es como un faro, mientras la noche sea más silenciosa, siempre se logra guiar el equipo hacia la luz de la victoria.





