Por: Ginyer Véliz
Una gota de sudor resbala por la frente de Andrés Delgado, sus venas brotan por la fuerza que hace bajando varillas de hierro de un camión de Diverzu. Este mes reconstruirá su casa que un incendio redujo a cenizas. Una ramada improvisada defiende celosamente del sol
Gina Solòrzano, y su familia con lágrimas en los ojos evoca la tarde donde el sonido insistente de una llamada telefónica vaticinaba el cruel destino que tendría en su hogar.
“Ñaña se incendia tu casa”, que helaron la sangre de Gina petrificando su cuerpo como una descarga eléctrica. Sus manos soltaron el vaso con agua que sostenía, “del susto me corté un poco los pies, pero no me di cuenta hasta cuando alguien me dijo de la sangre”, atestiguó la mujer, mientras sirve Coca Cola para su esposo a quienes bajan el material de construcción.
Gina trabaja a escasa cuadras del lugar, pero el rumor llegó primero que el olor a sueños quemado, en una carrera corta pero eterna, arribó solo para ver cubierta su casa de un manto de fuego hambriento que provocó un espero.
El llanto inundó los ojos de Gina al presenciar como las llamas acariciaban el cielo, un grito desesperado emergía de sus extrañas, sus rodillas impactaron contra el suelo, el fuego les había arrebatado todo, como el viento se lleva las hojas, el esfuerzo de las bocinas por apagar las llamas no sirvió para nada.
El sonido de las sirenas se oía venir a lo lejos pero el incendio había grabado con carbón su veredicto sobre un terreno caliente. La valiente mujer deja escapar un suspiro y continúa narrando los detalles del suceso, acotó que las pericias de los bomberos le dejaron un trago amargo en la boca, el incendio fue provocado por un cortocircuito dentro del inmueble, pero una corazonada hace que desconfié y golpea insistente su mente como la gota sobre la roca.
Los ojos de Gina se vuelven agua mientras evoca los sentimientos que aquella tarde se impregnaban como el humo en su alma, los abrazos de consuelo iban y venían, la brisa arrastraba las cenizas de lo que tanto esfuerzo había costado, ningún abrazo secaba el mar de llanto en el que navegaba, “es algo difícil de describir”, esbozó Gina con mirada marchita.
Algo que agita la calma son los rumores que recorrían el barrio, dijeron que un hombre rondaba el lugar sospechoso unos decían que roció con gasolina la propiedad y provocó el incendio, que nadie pudo hacer nada porque huyó como alma que lleva el diablo. “Yo oí decir a doña Camila que había visto a un negro alto dos días seguido por aquí” previó don Olmedo, el albañil más veterano del barrio, que trabajó en la construcción de su casa.
“No tenemos idea de quien fue”, indicó Cristina con la impotencia brotando de sus poros. En la casa de construcción mixta habitaban cuatro personas, ella junto a su esposo y sus dos hijos, felizmente visitaron a su abuela esa tarde. “Yo fui a verlos porque ya eran las cuatro de la tarde, la casa quedó sola, ahí aprovecharon”, admitió Andrés, mientras descansa unos segundos, oyendo atento la conversación.
Los hijos de Andrés y Gina son mellizos, ambos están en segundo año de escuela y además de su ropa y juguetes, perdieron la alegría de sus pequeños corazones. Un silbido penetró en la conversación, el saludo de dos vecinos marcó una pausa en el relato, son dos albañiles del barrio que vienen a ayudar con la mano de obra y Andrés los recibe con una sonrisa amistosa, “ahí llegaron los propios”, vociferó don Olmedo con el acento típico de un maestro hacia sus subordinados. “Ya sabe Olmedito”, respondieron al unísono Edy y Manuel, sus albañiles de confianza.
Don Olmedo es un veterano solicitado, la mayoría de las casas del barrio 1 de Enero las construyó él, ha visto crecer a los niños del barrio hasta convertirse en hombres, por eso le partió el corazón ver a los hijos de Andrés buscando sus mochilas en los montículos de sueños que todavía humeaban desde el día anterior.
Una clásica melodía de Alci Acosta que suena a lo lejos adorna la jornada de la familia, mientras Gina prepara un ceviche improvisado para el almuerzo. Su esposo toma la posta en los misterios que empañan el suceso que los dejó sin casa, se acomoda en el asiento de caña y comienza el relato.
“Las cámaras de aquí el barrio si grabaron a un hombre alto de piel negra, dos días seguidos, pero como son cámaras de las baratas no se logra ver bien el rostro”, lamentó Andrés. Aunque su rostro fuera revelado por la cámara más moderna del mercado, la pareja de jóvenes esposos no tiene enemigos ni deudas con el amor, por eso aquel hombre afrodescendiente que husmeó por el barrio siempre será un misterio.
Él mismo recibió el documento que indicaba que el incendio comenzó en la cocina de la vivienda, que un cortocircuito sería la causa. Para Andrés no tiene sentido, “el cableado era nuevo, porque habíamos cambiado de zinc unos meses antes”, denunció con tono de impotencia en su voz.
Él y su familia rezan la frase que se oye cuando hay tragedia, pero no se pierden vidas, “fue una desgracia con suerte” aventuraron dos de los presentes. Al pie del camión los dos hijos de Andrés juegan con un muñeco de Toy Story que su vecina le regaló cuando los vio llorando por sus juguetes calcinados.
La conversación se ve interrumpida por la llegada de una camioneta de balde, esta vez es piedra y arena, que según don Olmedo, será para hacer un piso que los separe de la tierra, “los vecinos han sido buenos con mi familia, me aportaron bastante y eso siempre lo llevaré presente”, agradece Andrés con una sonrisa de esperanza y la mano en su pecho.
La mayoría del material fue comprado con los ahorros de Andrés y Gina, que con su sudor y sacrificio querían terminar el año con un carrito nuevo, pero los vecinos también aportaron para la reconstrucción de su hogar.
“La pareja siempre se han caracterizado por ser personas caritativas y optimistas”, ratificó su vecina María, que gracias a que es docente universitaria cuenta con los recursos para ofrecer su granito de arena a la familia.
Gina se despide de los demás con un cálido apretón de manos, los maestros y su esposo se quedarán trabajando, ella llevará a sus dos hijos a casa de su hermana, para que hagan tareas y se quiten el polvo con una refrescante ducha.
La tristeza de dejar su terreno y mirar los escombros no se nota a simple vista, pero se refleja en el fondo de sus ojos, aun así, conserva la esperanza de que mejores días vendrán, y lo que perdieron será recuperado tal como se obtuvo, a base de su esfuerzo y trabajo arduo.





