Por: Melissa Rodríguez.
Bajo el sol ardiente de Playita Mía, en la ciudad costera de Manta se despliega un lienzo de arena dorada y aguas que alguna vez fueron cristalinas. Esta pequeña comunidad costera, enclavada en el corazón de la costa ecuatoriana, alberga una diversidad de vidas y realidades que convergen como las olas en la orilla del mar.
En la mañana de Playita Mía se despliega una ola de comerciantes con muchos sueños y anhelos de poder vender sus pescados, llamando a su clientela de una manera peculiar, desde ‘’venga mi amor que buscaba’’ o ‘’mi reina yo le atiendo’’.
En este vibrante rincón del mundo, el alma de la playa reside en sus comerciantes, cada uno tejiendo su propia historia en los hilos de la arena. Raúl Franco, comerciante de más de 15 años en Playita Mía, se visualiza como un pescador incansable. Tiene tres hijos y ellos ya conocen el oficio de su padre, los ha llevado para que estén donde las papas se queman. Raúl compra el fruto del mar a los barcos que vienen desde San Lorenzo, Esmeralda guiados por el rastro de las olas y cuando estos ya tocan tierras manabitas son desplazados por las correntosas olas en lancha hacia la playa comercial, en la que ellos madrugan para proveer su negocio con los mariscos para así poder ser vendidos.
Raúl atiende a sus clientes de una manera muy respetuosa, mientras interactúa con su cliente para concluir la venta, rebana un trozo de pescado dorado adicional y le pone de ‘’yapa’’ a Cristian Conforme quien vestía de gorra blanca y camiseta. Cristian llegó a comprar mariscos para su familia que lo visitaba de la sierra.
Don Franco confesó que hay días en que las ventas son un festejo, otros, un suspiro de incertidumbre, pero su sonrisa no conoce el ocaso. El optimismo es su brújula, y su pasión por la pesca es un legado que ha perdurado a través de las generaciones de su familia.
A unos metros de Raúl, estaba Enrique Cevallos, un caballero de tercera edad, quien no deja su gorra por el sol resplandeciente de la mañana. Enrique destila picardía y alegría desde su puesto de dulces y salprieta. Con dos décadas de experiencia establecido en la playa, sus productos siempre son frescos, y su clientela le es leal como el mar a su orilla. Pero en su voz, se cuela la preocupación sobre las ventas que bajan en temporada y eso le afecta de manera directa, por otro lado, detalla que, la seguridad policial es muy ausente en la playa lo cual hace que la brisa marina que antes invitaba al turismo ahora trae consigo un temor latente entre los comerciantes. Los días de sol no disipan la sombra de la incertidumbre.
Más allá de unos pasos se encontraba Sabina Vera, una colombiana que desborda encanto. Con solo dos años en Ecuador, esta madre soltera de cinco hijos ha tejido su futuro entre trenzas coloridas. Y a pesar de que el ritmo de vida que lleva en este país no es el mismo que el de Colombia, no deja de sonreír ya que esa es su mejor arma para batallar con sus pensamientos internos y así poder sacar a sus hijos adelante. El precio de las trenzas que realiza varía según el cabello y la creatividad, pero su destreza no tiene costo. Sabina destila gratitud por un país que le ha dado una oportunidad y un cálido recibimiento. Su historia es un ejemplo de valentía y adaptación en esta tierra nueva.
Después de caminar por la zona con un sol tajante y vibrante que encandilaba la vista estaban los restaurantes que, con su diversidad gastronómica, son faros de atracción en Playita Mía. Sus trabajadores compiten en un juego de astucia y carisma para atraer a los comensales
Alejandro Alcívar, hijo del dueño del restaurante Arrecife, se destaca entre ellos, con ojos azules y una habilidad innata para llamar la atención. Revela la importancia de la proactividad y la atención al cliente. Destaca que los días son frenéticos de temporada, pero lo primordial es mantener el servicio impecable. La asociación que formaron con otros restaurantes y la municipalidad de Manta han transformado sus cabañas, aunque no sin costos, ya que cada mes contribuyen al sostenimiento del lugar que les da vida.
Playita Mía es un reflejo de la vida misma, un crisol de historias, luchas y sueños que se entrelazan en la arena caliente y las aguas inquietas. En este rincón del mundo, donde el mar es tanto fuente de sustento como fuente de inquietud, los comerciantes siguen tejiendo sus días como hilos en un tapiz interminable, con la esperanza de que las olas les traigan un futuro más brillante.
A lo largo de los años, Playita Mía ha evolucionado en un epicentro comercial y turístico. El precio de esta evolución es la preocupación de los comerciantes por la seguridad y la constante lucha por mantener sus productos frescos en un negocio que empieza a las 3 de la madrugada. La asociación de Playita Mía, con sus 35 locales y más de 200 personas comerciantes, es un faro de esperanza para la reactivación pesquera y turística en la ciudad de Manta.





