Por Nataly Estefanía Álvarez Bailón.
En las faldas del majestuoso cerro Montecristi, donde el tiempo parece detenerse, las historias de lucha y superación se entrelazan con la neblina que cae en las mañanas, en este lugar se encuentran ubicados tres comunidades llenas de historia, cultura y resiliencia, hombres y mujeres llenos de superación y empuje por su comunidad.
Héctor Anchundia, un nombre que resuena como eco en las montañas, es un personaje reconocido de la comuna “Los Bajos de Pechiche”, del cantón Montecristi . Sus mañanas comienzan con serenidad de quien ha vivido muchas trasformaciones y quien continúa escribiendo la historia de su tierra, en este lugar, donde el pasado se asemeja a un antiguo libro.
Héctor, con una sonrisa dibujada en su rostro con emoción, recordaba las travesías de su padre Alfredo Archundia Alfaro, que con la garra de Alfaro como su apellido lleva, logró para esta comunidad una trasformación irrevocable, con 103 años de vida su padre fue el hombre que fundó y participó en varias obras que marcaron el inicio de la trasformación de este lugar, “recordar es vivir cuando uno desempolva recuerdos bajo llave, es inevitable no sentir emoción”, aseveró mientras tocaba sus manos.
El olor penetrante que emanaba de los árboles de pechiche, fruta con la que su madre y varios de los comuneros realizaban el manjar color negro como las noches, el que endulza y representa su cultura, es por ello por lo que lleva ese nombre este emblemático sitio que antes era conocido como “El Pechichal”.
El pueblo quien destaca en sus tres hemisferios se sectorizó debido a los pozos que crearon para abastecerse del líquido vital que les ofrecía, su principal fuente, aquel cerro que, no solo, embellece el paisaje, sino que fue su principal aliado para establecerse como comunidades, con el pasar del tiempo como raíces que buscan la tierra fértil, ellos buscaron educación para florecer y ser faro de esperanza para su pueblo, con aquellos profesores que llegaban desde Portoviejo a compartir sus conocimientos.
“Mi padre aprendió a escribir su nombre y los números, él después venía a enseñarles a sus vecinos y amigos los conocimientos que iba adquiriendo por sus profesores; así fue como los comuneros se comenzaron a destacar en varias profesiones”, destacó Anchundia mientras atendía su negocio.
Recuerda que con el pasar el tiempo la profesora y mejor amiga de su padre, Ilda Palacios, les dio la idea para que se agrupen y saquen la vida jurídica del sitio y el pueblo sea legalmente reconocido por la Constitución, en el año de 1948 emprendieron ese camino de lucha para poner a su pueblo en el mapa, fueron tres años de batalla con papeles y palabras en el año 1951 un 31 de julio con el acuerdo ministerial 341 se logró constituir el nombre de la comunidad Los Bajos de Pechiche.
Roberto Bello fue el primer presidente de la comuna, hasta el sol de hoy han pasado 27 mandatarios comunitarios, pero este destacado personaje marcó un hito en esta historia, en el año de 1974 se tramitó el seguro social campesino que funcionaba en casa de Franklin Delgado, que se convirtió en faro como guía en el crecimiento económico de los ciudadanos de esta zona, es así como empezaron a desarrollarse.
A partir de este precedente comenzaron a llegar las obras de desarrollo 1978, la llegada de la electrificación al sector sembró el comienzo para aquellos que mantenían la esperanza en que su pueblo se convertiría en una ciudad desarrollada.
Para los comuneros la educación era el pilar fundamental para su crecimiento poblacional como en sus inicios, querían que sus niños tuvieran las mismas oportunidades como aquellas ciudades ya desarrolladas, “su lucha seguía y seguía, lo que para otros era incasable, ellos seguían en pie para lograr las obras”, enfatizó con la voz fuerte, así fue como en 1982 solicitaron la creación de la primera institución educativa en el sector, ya que muchos niños no tenían accesos a este programa educativo porque eran considerados de bajos recursos económicos, pero la oportunidad llegó en 1982 alrededor de 60 alumnos conformaron el colegio Daniel Acosta Rosales, Héctor fue fundador de esta obra que estará presente en la historia de los montecristenses asentados en Los Bajos.
El olor del hornado que salía de la cocina de María, su esposa, enmarca una de las tantas tradiciones que caracteriza a los lugareños del sector, quienes se han dedicado por años a cultivar sus raíces heredadas de sus ancestros. La cultura en esta comunidad es un tesoro que se manifiesta de muchas formas, y una de las más resaltantes es la habilidad de Juan, hijo de esta tierra, que se dedica con pasión a la creación y venta de productos en madera y laurel. Sus manos son como pinceles que dan vida a las tradiciones y artesanías que han pasado de generación en generación. En cada tallado y en cada pieza, se refleja el profundo amor por la cultura local y la riqueza de la naturaleza que rodea este lugar. Las creaciones de Juan no son solo objetos, son expresiones de la identidad de su comunidad, un testimonio vivo de la resiliencia y la creatividad que han sido el sello distintivo de esta región.
Alrededor de 107,785 habitantes tiene en el cantón Montecristi, según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, al menos el 25% reside en el sector Los Bajos, que está constituido por tres comunidades, Los Bajos de Pechiche, Los Bajos de Afuera, Bajos de Palmas, en estas comunidades la actividad que más se realiza y que caracteriza a su cultura es la agricultura, ganadería con total de 13.285 de personas que realizan esta actividad, la manufactura de muebles y artesanías es otra de las actividades autóctonas este sitió alrededor de 2.395 realizan esta actividad.
Los comuneros llenos de historia, tradición y garra Alfarista siguen, luchando para el crecimiento de sus comunidades, Héctor Anchundia, espera ver a su lugar natal como unas de las ciudades con potencial, así como su padre le inculcó desde niño.
Así, Los Bajos de Pechiche es un testimonio de lucha, resiliencia y comunidad, cada capítulo de su historia es una prueba de que, como las raíces que buscan la tierra fértil, esta comunidad buscó educación y crecimiento para florecer y ser un faro de esperanza para su pueblo. Su legado continúa, como un tapiz enriquecido por los hilos de una historia que nunca dejará de tejerse.





