Por, Kerly Jamileth Cevallos Pico
Las reconocibles paredes blancas y naranjas, las bancas grises y el cartel que indica salud es sin duda el ingreso a navegar a un océano de enfermedades, donde el olor que circula entre el aire es el aroma de medicina anunciando la mejora. El silencio invadía en cada pasillo, pero un llanto fue la alarma de despertar de los internados como un gallo en el amanecer, indicando que el sol va a comenzar a aparecer al fondo del horizonte.
7 am las bancas grises son ocupadas por adultos y niños que llegan por situaciones distintas, pero en busca de un mismo objetivo, la pronta recuperación, pero los gritos infantiles comienzan a taladrar odios alertando la inquietud por la alta temperatura que es un gran enemigo, el tiempo transcurre lento como un reloj de arena y la desesperación comienza a llegar.
La lista de espera comienza a aumentar y los enfermizos dejan de ingresar a los pasillos de terror o salvación, los susurros no se hicieron esperar. Una anciana mujer, de tez blanquecina y ojos de color miel, buscaba ser atendida, se levanta de su rígido asiento con un poco de dificultad sosteniéndose de su bastón y camina hacia donde estaba el guardia de seguridad.
-Buenos días señor guardia-
-Buenos días, señora-
-Quisiera saber porque no ingresamos para poder ser atendidos-, interrogó la mujer con un poco de dificultad.
-Los médicos se encuentran haciendo cambio de guardia, lo cual retrasa el ingreso de los pacientes, les pido que tenga paciencia-, declaró el alto hombre, que vestía con un uniforme negro y un chaleco antibalas, ante los demás pacientes.
-Gracias por la información-, susurró sutilmente la mujer.
Se abren las puertas de vidrios de emergencias las cuales están recubiertas de plásticos para que lo interior no sea visible al exterior. Comienzan a desfilar las batas blancas hacia afuera indicando que el cambio de turno ha culminado. Marco Zambrano, médico cirujano, con su rostro cansado, sus ojos rojos y un bostezo confesó que no pegó ni un sueño en la noche.
“La noche fue muy concurrida, llegaron pacientes los cuales tuvieron que ser ingresados para ser evaluados constantemente, traté de ayudar a mis dos compañeras de turno para que descansaran”, determinó Zambrano mientras sostenida en su mano su bata blanca cuyo significado es salvar vidas.
Las sirenas de la ambulancia comenzaron a escucharse a lo lejos y que cada vez se acercaban más, anunciaba una emergencia que venía en camino, los médicos se alertaban y el desespero llegó. Un accidente de moto sufrió un joven el cual venia inconsciente en la ambulancia, su tez morena se veía envuelta en sangre. Los golpes y raspones en gran parte de su cuerpo fue lo más visible llamando la atención de propios y extraños.
-Mi hijo no-, vociferaba una mujer con sus ojos cristalizados y las lágrimas que rodaban por sus mejillas, la cual se encontraba sentada en un muro esperando respuesta del terror que estaba viviendo.
Juan Barre, tío del joven, admitió que lo que pasó con el joven fue responsabilidad de él mismo, no tiene control en las motos, corre a toda marcha como un correcaminos, sus padres pasan preocupados cada vez que él sale ya que no saben si algún momento pueda pasar algo, pero ese día llegó.
“Me duele mucho lo que está pasando, pero sé que en parte lo tiene merecido porque él sabe lo peligroso que es, sin embargo, no hacía caso cuando sus padres se lo decían y hasta salía molesto, espero que esto le sirva de lección”, determinó Barre cuando caminaba de un lado a otro esperando respuesta de parte de los médicos mientras sus manos las tenía entrelazadas.
El tiempo pasaba y los pacientes salían y entraban, buscando la esperanza de recuperar la estabilidad de su salud, parecía todo transcurrir con tranquilidad, pero una nueva emergencia alertó a los pacientes que esperaban ser atendidos, un señor de contextura delgada entró corriendo en busca de ayuda -por favor una silla de ruedas-, clamó con desesperación, su esposa la cual llegaba con fuertes dolores, lo que anunciaba la llegada de un nuevo miembro para su familia.
Los pacientes no dejaban de llegar, con sus rostros que demostraban dolor o sufrimiento, muchos prefieren llegar por sus propios medios, sin pedir ayuda a la ambulancia, debido a la demora que se lleva. Marina Mendoza, licenciada en enfermería, argumentó que cada vez que existe una emergencia las personas comienzan a quejarse, porque no son atendidos con rapidez, se trata de atender a primera instancia a la emergencia.
“Las personas se enojan cuando no son atendidas rápido, porque la emergencia necesita la intervención de los médicos, el lugar es muy concurrido debido a que es el único establecimiento de salud pública, pedimos siempre paciencia debido a que no hay muchos médicos”, aseveró Mendoza cuando se encontraba sentada en el mesón de recepción, mientras tomaba la presión arterial a un señor.
Enfermedades y heridos ingresan a los pasillos exigiendo salud a los héroes de batas blancas como que si la oscura sombra de la muerte los acechara. Sin embargo, los médicos son parte de esos temibles procesos, debido a que cuando la muerte llega a un paciente son señalados como los responsables. Los enojos y lágrimas es el pan de cada día en el subcentro de salud pública en el cantón Santa Ana donde los habitantes llega a cualquier hora del día o de la noche en busca de recuperación.





