Por, Mayely Cobo Lascano
En la vida hay recuerdos que son mejor borrar, o al menos no traerlos al presente. A pesar de ello los recuerdos son la única máquina del tiempo que tienen las personas, esos fragmentos de tiempo que, en cualquier momento, minuto, o día sin planearlo, dibujan una sonrisa o marcan tristeza.
Pero ¿qué pasa cuando el disco duro de las personas que se nutre de una fuente de experiencias, anécdotas, proyectos de vida, y hasta traumas se borra?
Muchos podrían sentir que es un aliciente para calmar heridas, para otros una maldición, pero para quien lo vive en carne propia llega a ser un laberinto sin escapatoria.
Desde el año 2018 y las 24 horas del día de Santa Moreira, una chonera casi nonagenaria que prácticamente vive en el limbo. Ya ni en recuerdos existen aquellas madrugadas cuando el reloj biológico de esta abuelita se anticipaba a la llegada de la aurora.
Hoy, cada mañana la mirada de Santa es esquiva, acompañada algunas veces de frases como “Dalia, Dalia, ven a la cocina mija”, lamenta Antonio, quien acompaña a esta adulta mayor como un bastón. Santa se pierde en el horizonte de un mundo que ni siquiera sus familiares que llegan a verla podrían descifrar. Así lo atestiguan otros vecinos, personas como Antonio Lucas son quienes en ausencia de la familia extienden sus alas cuales ángeles guardianes para de alguna manera cubrir con un manto de bondad las necesidades de Doña Santita como se la conoce en el sector.
Espíritus solidarios que por lo general habitan sectores pobres como Leónidas Proaño, son quienes más conocen de necesidades y quienes están dispuestos a dejar de llevarse un pan a la boca por ayudar al prójimo, más aún si son personas amables.
El desayuno a Santita no le hace falta. No hay un día que el reloj no marque las 9h00 de la mañana y ella no tenga su desayuno en la mesita que está al lado de su cama, aseguró Lucas. Cuando es el turno de mi familia de velar por ella, personalmente camino media cuadra con una taza de leche, un pan con queso y jamón, a veces, esto para que nuestra abuelita no tenga el estómago vacío tan temprano, culmina Antonio.
De inmediato, Cecilia su esposa, detalló como hacen el día que su familia es la encargada de echar un ojo a la abuelita, como también la conocen en el barrio. Mi esposo luego de pasar dejando el desayuno se va a sus labores, no sin antes esperar mi llegada; estoy con ella hasta tipo once y media porque a las doce uno de sus hijos que vive en Manta le trae el almuerzo, ratificó Cecilia.
El sol se sitúa a la máxima altura del cielo y marcando el medio día Cristóbal Delgado el último hijo de Doña Santa trae. Con comida en mano todos los días este hombre lleva esta rutina de manera religiosa desde hace más de 5 años.
Todo lo que era mi mamá se desvaneció como por arte de magia. Una mañana los vecinos nos informaron que estaba actuando raro, y con el pasar de los días la situación empeoró, describe Cristóbal, con un semblante nostálgico, mientras sirve un caldo que aún emana humo a medida que lo vierte en una sopera para luego enfriarla con una pequeña cuchara.
Delgado cumple la tarea acordada con el resto de su familia de manera disciplinada, refiere que no puede tener a su madre en su casa porque su horario de trabajo es irregular y significaría dejarla igualmente sola en un sector que nadie la conoce, acotó que al menos en el barrio que lo vio nacer y crecer la gente les extiende una mano.
Pasando las trece horas, el menor de los hijos de Santa debe despedirse. Junto al hasta luego, lo acompaña el desconsuelo de que su madre no lo haya reconocido una vez más, ni su voz, ni su rostro; llevando a cuesta la cruz de no saber cuánto más ese vacío ocupará la mente de la mujer que hoy debe cuidar como si fuera un bebé, pero sin la recompensa de que mañana susurre su nombre.
El resto de la tarde se detiene sobre una cama que rechina, un mosquitero a medio alzar, y cuatro paredes de cal grises. El tiempo y el espacio desaparecen para Santa Moreira, sólo una ducha dada por almas piadosas que cuidan a Santita irrumpe en su nueva forma de existencia antes de caer la penumbra de la noche.
Muchos aseguran es evidente que el abandono y la falta de calor familiar son la oscuridad que empieza a desvanecer la llama de vida de una mujer que a decir de quienes la conocieron, hizo todo lo humanamente posible por cumplir con quienes trajo al mundo como la ley de Dios y el hombre manda.
Según la Organización Mundial de la Salud cada año se registran 10 millones de nuevos casos de personas con Alzheimer. En Ecuador se estima que aproximadamente 120 mil personas tengan esta patología, siendo un 63.11% pacientes de género femenino publicó la Junta de Beneficencia en su último reporte en septiembre del 2020. No existen suficientes centros médicos especializados para tratar esta enfermedad degenerativa, es aquí donde personas como Santa Moreira se convierten en adultos mayores vulnerables en estado de abandono.





