Por: Steven Pérez
En las arterias empedradas de un inhóspito rincón urbano, yace un barrio envuelto en las telas sombrías de la negatividad. Sus calles, que alguna vez estaban llenas de sonrisas y bullicio, hoy se respira una melancolía inmensa ante la fría caricia de quienes intentan dañar su hogar.
Pisadas rápidas y miradas al suelo de personas indiferentes, se reflejan en las desérticas calles azotadas por el resplandor del intermitente sol. Miedo y precaución exhalan sus habitantes, hacia personas escondidas o amontonadas en sus callejones y esquinas del sector.
“Es como si no existiéramos”, puntualiza Rafaela Pacheco, lugareña de la zona, denotando un desgastado y temeroso rostro por las adversidades que ha soportado desde que era niña. Pacheco, suspirando tristeza, ve sus recuerdos como un tesoro en lo profundo de su interior.
Barrio Nuevo Montecristi es su nombre. Los vecinos ni sabían que se llamaba así. Fue Marcelino Muentes, “Don Marzo” para los más cercanos, quien explica que el barrio, hace un par de años, venia de la mano con el vecino barrio Santa Ana, era uno solo.
Sin embargo, Don Marzo desconocía el motivo por el cual el barrio Nuevo Montecristi se divorció con aquel sector. En aquellos tiempos los residentes del lugar se sentían seguros al salir. Caminaban con pasos de tortuga sin temor alguno, conversaban entre ellos hasta dejar secas sus gargantas e incluso revelan haber dejado sus puertas sin llave por lo tranquilo y seguro del entorno.
“Será por eso que el barrio se ha vuelto inseguro. Según esta zona pertenecía a la ciudad de Manta, pero después dicen que siempre perteneció al cantón Montecristi”, confesó Klever Bolívar, dando a entender que Manta cuidaba mejor su lugar de residencia.
Bolívar describe que desde muy temprano se ve abrazado por el helado ambiente que lo rodea. “Adolescentes en edad temprana se anidan en puntos muertos para consumir esos venenos envueltos. Era como si una niebla tóxica envolviera a aquellos chicos para nunca ser encontrados. Me compadezco por ellos”, lamentó Elisa Castro, esposa de Klever Bolívar, esbozando pena y frustración por no hacer nada ante la situación.
Es en la calle 323 donde suceden estos acontecimientos, los vecinos aseveran haber visto y presenciado como desde somnolientas horas de la mañana se acumulaban niños en pleno auge de florecimiento hacia el declive del mundo de las drogas.
Son las personas quienes hacen de la vista gorda por lo que aprecian, el vandalismo y temor a actos innombrables, son las causas de que ellos no reclamen o llamen a las autoridades. Las amenazas asechan en constancia a la población.
En la calle 323 se observa desde lastre acumulado, montículos de tierra para ralentizar a los adictos a la velocidad, nidos de basuras, cableados como telarañas, posters dañados, puestos de comidas y los principales en este escenario, jóvenes fumando. Como un sendero hostil, las personas y visitantes prefieren rodear esta vía. Pues el robo es otro enemigo escondido que se presenta.
Depredadores esperando a sus presas pasar, hacen de este camino difícil el andar de sus lugareños. “Me han robado varias veces, cuando caminaba e incluso dentro de mi hogar. Las autoridades… oídos sordos”, exclamó Josselyn Velázquez, madre con dos hijas menores de edad, preocupada e incierta por lo que pueda pasar el día de mañana.
Dicen los habitantes que la Policía son otro problema. Aseguran que, la mayoría de actos criminales del sector han quedado en la orfandad, y que no realizan sus labores de manera adecuada. Los residentes admiten que antes hacían patrullaje en toda la zona, con esto alejaba a los malhechores y drogadictos del lugar. Eran héroes respetados para ellos. No obstante, ahora afirman ser como una bombilla de luz que en algún momento dejaron de brillar.
“Por casualidades de la vida vivo en una casa esquinera. No es agradable siendo sincero, son todos los días de la semana que muchachos del vecindario y algunos que ni conozco, se paran de pie al frente de mi vivienda para fumar esa pestilencia”, explicó Ramón García luego de espantar en ese momento a unos chicos. García tiene 78 años de edad y detalla que, siendo alguien de tercera edad aún tiene los pantalones bien puestos para enfrentarse a estas personas, sin embargo, cuando el miedo le invade por los numerosos que son, los asusta con llamar a la Policía.
En el barrio Nuevo Montecristi, las personas en sus casas desteñidas por el tiempo, cubiertas de polvos y hojas, en cada ocaso que acontece se inhala un olor fusionado por el humo de los cigarros y la basura acumulada que reaparece en las mismas ubicaciones. Un matiz malvado empapa los días a los más pequeños de la casa.
Yadira Sornoza es madre de una niña con discapacidad en el habla, para ella el olor es insoportable y nada tolerante, su hija con apenas 4 años de edad está en constante desarrollo y crecimiento de sus habilidades. Sornoza culpa al libre consumo de drogas que, como un golpe al mentón, noqueó la mente de los jóvenes.
Son pocos los visitantes que se asoman a este sector, pero a pesar de ello se escucha el mismo comentario, “No vayas allá, es muy peligroso”. Los habitantes, descoloridos de ánimo, asienten que si es verdad lo que dicen de su entorno en donde viven. Sus únicos anhelos son que por segunda vez se hable bien de su barrio.
Las calles empedradas son otro símbolo de descuido por parte de sus autoridades locales. “Esta calle donde ven, no estaba así, era peor. Nada más vinieron a rellenar con lastre y aplanar. Queríamos que se pavimente la calle, no esto”, refutó Jorge Arteaga, una de las personas que junto a otros vecinos hace meses hicieron un llamado al alcalde de Montecristi para arreglar esta vía.
Sus habitantes llenos de esperanza, siguen con la idea de que el barrio será un lugar calmado y tranquilo, como un mar sereno luego de una tempestad, para ellos y sus hijos, circulen sin temor por las calles, y llegar sanos a sus hogares sin tener que preocupar a sus seres queridos.
Los habitantes del barrio Nuevo Montecristi, además de vivir abrazados de la delincuencia. No cuentan con un sistema de alumbrado y alcantarillado que cubra todo el sector. Las autoridades hacen caso omiso a sus peticiones desde hace más de 15 años.





