Por: Adriana Cartagena
En el umbral de un nuevo amanecer, cuando el sol apenas despunta sobre el horizonte del puerto manabita y la ciudad aún duerme en su bullicio distante, un grupo de estudiantes universitarios de la facultad de educación se reúne en la entrada de la institución educativa, del alma máter.
La primera de las odiseas empieza al momento de buscar un transporte seguro que los lleve a su lugar destinado, los escogidos son los taxistas informales que por lo general son los más económicos, fieles testigos de estas odiseas académicas, aguardan en fila como un convoy de aventureros modernos. Los estudiantes abordan, y el motor arranca con un rugido discreto pero lleno de significado.
Los rostros reflejan una mezcla de emoción y ansiedad mientras las ruedas comienzan a dar vueltas y la universidad se desvanece en el horizonte viéndola desaparecer en el espejo retrovisor de la unidad escogida. El trayecto hacia el conocimiento es distante, es un rito que se repite cada semana. La distancia geográfica se traduce en horas interminables de carretera y autopista.
Los estudiantes, con sus laptops, libros y material didáctico, aprovechan el tiempo para estudiar y prepararse para las prácticas, pero también para compartir risas, anhelos con sus casos y anécdotas que se convertirán en parte de su memoria universitaria que, aunque no lo saben aun, llegan hacer episodios de sus vidas que no volverán y que algún día ansiarán que regresen.
El recinto anfitrión, esta vez ha sido ¨Los Bajos 3¨, con su calma y su cultura única, se revela a medida que el automóvil se sumerge en su núcleo. Los estudiantes se ven inmersos en un mar de vegetación, carreteras poco concurridas y un sol brillante y ardiente que contrasta con el ambiente más ruidoso de su facultad universitaria. Los árboles altos se convierten en sus aulas, y las calles y viviendas de los casos suministrados por los maestros se tornan laboratorios de experiencias en el mundo real.
A pesar de los desafíos logísticos y las largas jornadas, los estudiantes encuentran un valor y aprendizaje innegable en estas prácticas en zonas urbanas distantes. Se enfrentan a problemas del mundo real, interactúan con comunidades diversas y se sumergen en la vida cotidiana del campo y ruralidad. Esta experiencia les proporciona una perspectiva única que no se puede obtener en las aulas de clases.
Melissa Rivera estudiante del 5to semestre de la carrera de Educación Especial detalla, ¨cuando llegamos a la casa de la zona en la que nos tocó, resulto un poco lejano, iba con ansiedad de descubrir como sería trabajar con el caso asignado, puesto que la discapacidad intelectual siempre va hacer un reto, al llegar fue grade mi sorpresa, encontrarme con una adolescente del tamaño de un niño de dos años, pronto la ternura de su personalidad me invadió y todos mis miedos se tornaron en una gran motivación para poder de alguna manera ayudar a que tenga una vida más llevadera¨.
Marcela Quijjije madre de la estudiante con capacidad especial aseveró que, ¨la unidad educativa en la que estudia la adolescente tienen como caso de estudio, mi hija no cuenta con una docente que esté capacitada para ayudarla didácticamente pues la profesora con la que cuenta solo la hace hacer planas y la pone a pintar, es una niña de 13 años que se comporta como una adolescente cognitivamente pero que en cuestión de sus estudios no está más arriba de un niño de 5 años sus estudios están muy por debajo de lo que deberían de ser ella si puede aprender más estoy segura pero al no tener un docente capacitado su intelectualidad está muy limitada. ¨
El regreso a la universidad al final de la jornada es un momento de reflexión. Los estudiantes, agotados pero enriquecidos, miran por la ventana mientras el campo en toda su belleza se desvanece en el horizonte. Han dejado huella en su camino y han adquirido un conocimiento que va más allá de los libros de texto que les puedan proporcionar en las aulas educativas y toda la teoría que los maestros catedráticos puedan brindar.
La crónica de los estudiantes que se enfrentan a la problematicidad de realizar prácticas universitarias en zonas urbanas distantes, pero estos estudiantes demuestran una determinación inquebrantable. Son pioneros de la educación, rompiendo barreras geográficas para alcanzar su potencial y aprender de manera inmersiva. Su legado será un recordatorio de que la educación va más allá de las aulas, se encuentra en cada calle y en cada experiencia vivida.
La problemática de ir a zonas urbanas distantes para realizar prácticas universitarias puede ser es un testimonio de la dedicación, la pasión y el espíritu de aventura que caracteriza a la juventud en busca del conocimiento. A medida que el sol se pone en el horizonte, estos viajeros modernos continúan su travesía, construyendo su futuro con cada kilómetro recorrido y cada experiencia ganada en las calles de la maravillosa zona urbana.





