Lunes 06h00, como de costumbre, una luz resplandeciente anunciaba la mañana alumbrando los rostros de quienes con manos limpias y años de experiencias hacen más fácil la labor de otros. El sueve viento del mar adormece la cara de los jornaleros de agua salada, alistándose con guantes y cuchillos para la obra maestra.
Corazones que palpitan como tambores resonando en una Marimba sin bailar, esperando con ansias la llegada de una especie qué con aletas y branquias navegan por las aguas de la profundidad.
La brisa y el olor a pescado están presentes, pero no se pueden acariciar, son como las seis y media de la mañana y los obreros del mar empiezan a llegar, con canecas y mallas, variedad de mentes que de apoco sacan los pescados del mar. En el fondo las aguas infinitas brillan como una vasija de oro, y la emoción por llegar a tierra.
La llegada de los barcos
Un silbido anuncia la llegada a tierra de los ricos mariscos que llevan y traen las olas del océano, almas que se embarcan en canoas de madera viva junto con una bandera flameante con las brisas del mar.
Son más de cuarenta limpiadores de pescados que se alistan para su jornada. Dedicados a limpiar pescados de todo tipo entre el dorado, el picudo, albacora. La plaza de pescado en Playita Mía está conformada por pescadores, evisceradores, venta de pescado por libra y hasta los ricos encebollados con pescados frescos que van desde el mar hasta la mesa.” Limpio y vendo pescados de todo tipo al por mayor”, asevera Manuel Rodríguez, un limpiador de pescados, mientras sacaba las espinas al pescado dejando solo la carne, la mayor parte personas que se dedican a esta labor, tienen horarios tempranos, porque deben de pasar la venta a pequeños vendedores, qué venden por libras.
Experiencia viva
Manuel Rodríguez, se encuentra ejerciendo esta labor desde hace 20 años. Sus manos curtidas reflejan el trabajo arduo que realiza día a día, mientras que en sus ojos se ven el cansancio y fatiga, demostrando lo valioso qué es esta labor; donde a la mayor parte que se dedica a esta actividad les toca madrugar y hacer un enfuerzo en conjunto. Frente al mar quedan los puestos, como faros solitarios en la playa, iluminando el camino de aquellos que buscan delicias, comerciantes de pescado, los días que no hay tanta producción es como un calvario para ellos, pero sus almas se hacen mas fuertes para sustentar sus hogares.” Cuando hay veda en algunas especies afecta, no solo a mi si no a todos los comerciantes, se nos hace pesado, porque no hacemos ni la mitad de día”, añade Rodríguez mientras limpiaba sus manos en un tacho blanco con agua.
El valor de la pesa
Las aves en el cielo rodean el lugar están a la espera de agarrar con sus picos los desperdicios para alimentarse, el murmullo constante de conversaciones y risas ante los trabajadores en una banda sonora en medio del sacrificio y la experiencia, Una vez que el pescado ha pasado por manos exertas de los limpiadores llega el momento de los comerciantes locales, Marcos con sus albacoras en exhibición, con pocas unidades hace un llamado a la gente que se encuentra en búsqueda de mariscos” Venga venga lleve, barato barato la albacora, qué se termina”, detalla Marcos, Zambrano mientras cuidaba que las moscas no se le pegaran a los pescados.
A los lados se encuentra Marcos negociando con una señora, hasta en cuento le podrías dejar los precios de los pescados.
- ¿En cuánto está la albacora? – Pregunta la señora.
- Por general la albacora está en 4$ dólares – acotó Marcos Zambrano.
- Estoy buscando un pescado bueno, que no sea marisco puntualizó la señora, cargando dos fundas sobre su muñeca.
- Si usted gusta le doy la Albacora o prefiere el Dorado, ese es un buen pescado – puntualizó Marcos Zambrano.
- Mejor deme el dorado – afirmó la Señora.
El regateo es como un juego de habilidades y paciencia, las conversaciones surgen de apoco con risas mientras hacen acuerdos, los comerciantes conocen el valor de su trabajo mientras que los compradores buscan calidad y precios accesibles, la venta de mariscos es el motor principal de la cuidad.
El beso del mar
“Los pescados más pequeños son frescos por lo general esos son de aquí mismo, los más grandes los traen los barcos que se van por meses”, añade Marcos Zambrano, la experiencia de quienes viven el amor por la pasión, el mar es inigualable la limpieza y la venta de pescado es una tradición transmitida de generación en generación.
El olor de marisco se percibe rápidamente, para quienes no están acostumbrados es perturbarte, en cambio para quienes hacen esta labor es un deleite limpiar con sus manos mágicas, y agua cristalina los pescados recién salidos del mar, descamando, haciendo tiras largas, sacando el espinal.
Maestros de la chuchillas
El trabajo constante de Manuel es filetear los dorados, por los años de experiencia para él es una tarea fácil y sencilla, como pan comido, con sus chuchillos filosos sin temor a cortarse lo hace con rapidez como un atleta en competencia, en la caneca de desperdicios se evidencian los tantos esqueletos de los cuerpos descarnados de los pescados.
Las pequeñas mesas en donde realizan sus trabajos son del color azul del mar a diferencia de que los peces ya no están en lo más profundo, si no, en liso de la mesa, siendo ahora pescados para cortar y comercializar. Canecas, tachos, fundas y más son los implementos que utilizan para guardar las carnes fileteadas.
El limpio silencio
Cuando ya no queda nada más, los soldados del mar limpian sus armas que mas que escudos son implementos de producción y selección, detrás de la fascinante danza comercial, los guardianes del ecosistema marino. Aportando a la sostenibilidad, llevan un equilibrio con lo natural, porque no solo se sienten comerciantes, sino, conservadores que protegen y reservan la salud del mar para las próximas generaciones.
Con tachos llenos de agua y escobas empiezan a limpiar, los pescadores enfrentan desafíos como capitanes de barco en una tormenta, luchando con la sobrepesca contaminación y cambios climáticos que amenazan sus fuentes de sustento.
Huella
Sus legados perduran como las huellas en la arena, la ardua labor, comerciantes y limpiadores los pescados en Playita Mia, la herencia que los pescadores dejan en el sector es como una ola infinita que, aunque caiga, se regresa y vuelve a nadar. Playita Mía acoge a propios y turistas, unos que exhiben el arte de pescar y otros qué laboran sin cesar, percibiendo el amanecer acompañado de olas de las costas en la cuidad. Manta océano de variedad y tradición, donde las costumbres perduran y los sueños se cumplen.





